Jorge tiene el mismo tono de voz de su hermano Édgar, pero reconoce que el apego al trago le ganó la partida para poder triunfar. (Serie: Édgar Perea en ´blanco y negro´)
Por: Francisco Figueroa Turcios
Jorge Palacio Arias bajó la cabeza y con la mano derecha le dio golpes leves al ataúd de Édgar Perea Arias. Le salían lentamente lágrimas por el dolor de la muerte de su hermano. Luego, en voz alta dijo: «Hermano, usted tenía la razón cuando me mandó a luchar por mi sueño de ser locutor».
Édgar Perea Arias tuvo cinco hermanos de parte de madre: Leocadia Sánchez Arias, Carmen Tulia Moreno Arias, Zenadia Serna Arias, Hernedes Mosquera Arias y Jorge Palacio Arias.
Jorge quedó huérfano de madre a los seis meses de edad, cuando Georgina falleció en Condoto, Chocó, de un derrame cerebral. Su hermana mayor, Leocadia Sánchez Arias, se hizo cargo de él. A duras penas alcanzó estudiar primaria, pero desde que tuvo uso de razón tenía claro que su pasión era la radio. Cuando Jorge Palacio cumplió los 20 años decidió viajar a Cartagena para conocer a su hermano Édgar Perea y aprovechar para pedirle que le diera una mano para ser locutor.
Todavía retumban en la mente de Jorge la frase que Édgar le dijo: «Si quieres ser un locutor exitoso tienes que joderte el cuero como yo le he hecho». Jorge no atinó en el momento a responder una sola palabra. Quedo en shock. Édgar le contó con pelos y señales cómo fue la primera vez que narró béisbol.
La primera vez que Édgar Perea narró béisbol
«Me le acerqué a Julio Cantillo, gerente de Emisora Fuentes, y le dije que quería narrar béisbol porque mi fuerte era el deporte y no lector de noticias. ‘¿Usted sabe narrarlo?’, me preguntó. Yo nunca he narrado béisbol, pero lo he jugado, así que conozco la dinámica. Entonces me volvió a interrogar el gerente: ‘¿Usted en serio se le mide a narrar béisbol?’ Yo no dudé un segundo, le mostré seguridad. Él tomó un papel y escribió brevemente un mensaje, que decía: ‘Estimado Napo, por favor darle un inning cualquiera al portador'», le contó Édgar.
Napoleón Perea Castro era el narrador estelar de béisbol de Emisora Fuentes y el rey de la sintonía en Cartagena.
«Al día siguiente me fui para el estadio 11 de noviembre, recuerdo que ese día jugaban Colpuertos y Alcalis. Me presenté ante Napoleón Perea, le entregué el papel, lo leyó y no me hizo ningún comentario. Yo me quedé en la cabina confiado en que me daría la oportunidad de narrar. Séptimo inning, el partido estaba Colpuerto 11 carreras, Alcalis 0. Napoleón Castro anunció en ese momento: ‘¡el octavo episodio, oyentes, lo van a escuchar en la voz de Édgar Perea!».
Édgar tomó el micrófono y en fracciones de segundo el pánico escénico se apoderó de él. se le perdió de la vista el pitcher, Alcibíades Jarramillo; también el catcher, Francisco Marrugo. «Pero gracias a la Virgen del Carmen, que me iluminó y pude pasar la primer prueba de fuego».
Al día siguiente que llegó a los estudios de la emisora, Julio Cantillo lo mandó a llamar. Le metió tremendo regaño. «Me imagino que se orinó del miedo», le dijo. Pero Édgar notó que tenía confianza en sus capacidades y le dio más oportunidades de ir narrando, hasta que tomó confianza. «Fue un inicio duro, no creas que de una me salió todo bien», le dijo Edgar a su hermano Jorge aquella mañana lejana que ahora, por el impacto de la despedida, viene como una nítida imagen del amor.
Le guardaba rencor a Édgar
En el momento en que Édgar Perea Arias le habló fuerte para que labrara su propio camino en el mundo de la radio, su hermano no asimiló el mensaje, por lo contrario pensó que era un egoísta. El tiempo fue el mejor juez.
Jorge comenzó a tocar puertas para trabajar en la radio. La Voz del Atrato fue la primera emisora donde comenzó a hacer sus pininos, y al poco tiempo mostró talento para ser contratado. Pero tenía un problema: le gustaba mucho el licor.
Al año lo despidieron por la indisciplina causada por el cansancio neuronal y físico que genera el licor. Un año más tarde trabajó en Ecos del Atrato, pero se volvió a repetir la misma historia: el licor le jugó una mala pasada.
«A los dos meses después, ya los amigos no escuchaban mi voz en la emisora, me localizaron para saber porqué no estaba trabajando y no me quedó de otra que decirles la verdad, que por el licor me habían vuelto a despedir. Otoniel Mosquera me dio la idea que comprara un megáfono y en la plaza del mercado promocionara a las diferentes colmenas. Así me ganaba el pan de cada día. De eso he sobrevivido desde entonces, y eso que tenía la voz y el talento para seguir los pasos de mi hermano. Nadie más que yo mismo, por el licor, arruiné mi vida», reconoce Jorge Palacio Arias.
Lo que no se perdona, dice Jorge, es que no pudo decirle a Édgar que él tenía la razón cuando lo mandó a labrar su propio camino. «El tiempo le dio la razón», señala.
Hoy a los 76 años de edad, Jorge Palacio Arias quisiera tener la magia para devolver el tiempo y luchar por ser un gran locutor como lo fue su hermano, que se hizo a puro pulso hasta alcanzar la cima del éxito y haber transmitido las gloriosas gestas del deporte nacional.














