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El hincha camaleón

O Los negocios paisas en la Costa con empleados costeños que se vuelven aficionados de los cuadros de la Montaña, pero de boca para afuera.

Por Alfonso Vivero Figueroa/Chacharero

Aprovechando el paroxismo contaminante que han generado los triunfos de Tú Papá y sin temor a quedarme tuerto, apuesto uno de mis ojos a quien encuentre en cualquier parte de la geografía caribeña, un paisa, – léase de Medellín o Antiqueño – que sea hincha o fanático del glorioso Junior de Curramba.

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Casi todos los negocios de tiendas y abarrotes son de paisas y los empleados costeños, quienes se vuelven hinchas de Nacional o Medellín para salvar la papita.

Los paisas venidos a estas tierras Mariscales con su fanatismo, casi idólatra, por El Atlético Nacional y con sus negocios de compraventas, almacenes, depósitos abarrotes, etc., contratan a muchos de nuestros coterráneos generando una fuente de empleo que es plausible en esta región plagada de desocupados, desplazados, de la galopante pobreza y carente de políticas e infraestructuras industrial y comercial, requeridas con extrema urgencia.

Para sorprendernos. Estos coterráneos sabaneros pertenecientes a la emergente nómina laboral paisa, de la noche a la mañana han sufrido una mutación asombrosa e inteligente: trastearon su henchido pecho rojiblanco hacia el Verde, Verde de la Capital de la Montaña. ¿Están en su derecho y gusto, o no?  ¿Vos qué opinás parcero? Claro está: El Nacional con sus triunfos y glorias obtenidas se ha ganado simpatizantes de todos los géneros y de todas partes. Cuando se disputa un torneo internacional, cualquier equipo nuestro participante es Colombia, amén de, los resultados.

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En Corozal es en donde más se ve el caso del hincha camaleón. Foto: Jorge Barona Paniza

Algunos hermanos sucreños haciendo gala de un arribismo bien intencionado asumen ciertos roles paisas, con ello les elevan el ego a sus patrones, sin descontar la puntualidad, honestidad y entrega a su trabajo, aseguran el sustento personal y el de sus familias. Otros por falta o desconocimiento de una identidad cultural sufren un proceso de desculturización (transculturación), y se convierten en definitiva en “Antioqueños Sabaneros”: toman aguardiente, hablan como cachacos, se enganchan la camiseta verdiblanca, gozan o lloran con la derrota de su “nueva” casaca verdolaga.

(Para evitarme complicaciones semánticas, hago un pare apoyándome en Juan Freide: Aculturación y Desculturización en Letras Nacionales 1966, quien afirma: “La transculturización – en todo sentido – tiene dos etapas: Primera: La aculturación: sugiere una acción de adicionar, de mejorar la cultura “inferior” integrándola con elementos de la “superior”. Segunda: La desculturización: Es la “mutilación” de la cultura de un individuo, de un grupo, o de un pueblo entero, es decir, la pérdida de una parte de la cultura general.” Despejadas las dudas, continúo.)

Los pertenecientes a la primera, astutos y audaces, les hacen el quite a los paisas de ser los “vivos” del paseo. Los segundos des configuran su conducta y mutilan su identidad. Soy testigo de excepción: Muchos de ellos y varios de mis familiares cambiaron la imagen del Sagrado Corazón de Jesús por el cuadro enmarcado del Metro de Medellín, y el afiche del Junior por el de la nómina ganadora de La Copa Libertadores de América del Atlético Nacional.

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Como buenos paisas, desde antes del partido ponen la banda y buen aguardientico para que todos sus empleados le hagan fuerza a Medellín o Nacional.

Ahora cuando esta especie de hinchas camaleones observaban el último partido jugado y los parceros ejecutaban los tiros desde el punto penalti, cruzaban los dedos y como si estuvieran sonando maracas batían sus manos, escondidas dentro sus bolsillos, para que los cachacos fallaran. Se les cumplió el saurio deseo.

Entonces, desfilaron transidos de dolor alrededor de los mostradores verdiblancos de los depósitos donde laboran y a beber aguardiente con sus jefes como gesto de solidaridad etílica y deportiva en la derrota.

Carilargos y compungidos añoraban ser partícipes de la caravana motorizada triunfante que festejaba la gesta del onceno costeño; hinchas reprimidos.

Por ello el día que un paisa, sólo uno, festeje con aguardiente, bandera rojiblanca, tambores y pitos los triunfos de MI JUNIOR DEL ALMA, lo veré con un ojo. ¡Entonces… carajo, he perdido la apuesta!

 

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