Por Alejandro Rosales
Leer las 209 páginas de la obra de Manuel Zapata Olivella (1920-2004) “El fusilamiento del Diablo” me revolvió. Sentí cólera, me quitó el sueño, me prometí no continuar con su lectura, pero qué va, seguí adelante recorriendo las tragedias, una tras otra, de la vida de Manuel Saturio Valencia, el último fusilado legalmente en Colombia.
La historia se desarrolla a principios de siglo XX, en medio de “la segregación de Panamá, el fin de la Guerra de los Mil Días y la conclusión del Canal Interoceánico por parte de los Estados Unidos”, como lo describe el escritor loriquero.
Valencia es ese colombiano negro al que la sociedad lo golpea sin parar. Los mestizos que se creen reyes, los gringos que se adueñaron de las minas de oro y contaminan los ríos, los mismos negros que trabajan para los gringos, los curas, los militares y hasta su propia sangre.
Manuel Saturio Valencia, su historia, es violencia pura y cruda, real, infame, despiadada, es cosmogonía negra e indígena, brujos, hechicería, seres de otras dimensiones que habitan en la selva, es Atrato, San Juan, Baudó, el Golfo de Urabá, Quibdó, es hambre, fuego e injusticia.
“El Fusilamiento del Diablo” debería ser una de esas obras que nos ponían a leer en los colegios como “La Vorágine”, “La rebelión de las ratas”, “La María” o “Cien años de soledad”. Lo que ahí describe Zapata Olivella aterriza a los lectores en un país desconocido para millones donde aún reina todo menos el Estado social de derecho.
Como en la novela, hoy esos territorios en los que se desarrolla la historia continúan en manos de los violentos. Hoy los ríos no los contaminan los gringos, sino los ejércitos de narcotraficantes que se disfrazan de revolucionarios o paracos. Sus habitantes, sin importar que sea un gobierno de izquierda, centro o derecha, si el gobernante es negro, blanco o mestizo, siguen abandonados a su suerte, esperando su fusilamiento, como Manuel Saturio Valencia, el Diablo que no le temía al fuego de llamar las cosas por su nombre.












Gracias Alejo.
QUedé con ganas de más en tu relato. BUscaré el libro, por supuesto.