CrónicasNacionales

El día que me quieras, historia de un asilo

Sobre una alta pared pintada de blanco, tapizada de promesas políticas sobresalían puntiagudos vidrios parecidos a una penitenciaría.

Por: Ubaldo Manuel Díaz

Como si desde adentro alguien quisiera fugarse o desde fuera alguien quisiera meterse. La canícula de la una de la tarde es abrasadora, nada se mueve, nada pasa. Oprimo el timbre varias veces por el desespero del calor. Del fondo emerge una diminuta mujer que se acerca lentamente. Entiendo que tiene todo el tiempo del mundo. De su cara redonda sobresalían diminutos y oblicuos ojos parecidos a los de una muñeca de porcelana china.

El maquillaje barato de sus mejillas contrasta con el carmesí profundo de sus labios semejante a la sonrisa morbosa del guasón. Un manojo de llaves tintineantes sobresalía de sus desgastados bolsillos. Comprendí que aquí también se manejaba el poder. Era la portera. – ¿Puedo hablar con la madre superiora? – le pregunté-. Gruñó y se alejó con pasos de elefante, despacio, muy despacio. El tiempo se había detenido, no se movía una hoja en los arboles circundantes. Dicen que en los asilos el tiempo se detiene. No existe. Hombres y mujeres que viven en estos sitios aplican la frase de San Agustín proferida en sus delirios seniles: “Si me preguntan que es el tiempo no lo sé, más si no me lo preguntan entonces sí sé que es, porque lo que fue ya no es, ni mucho menos será y lo que estoy viviendo ahora en el acto ya dejó de ser. Siendo así, presente, pasado y futuro están en mí, como yo siempre he participado de ellos”…
La mujer que seguía comunicándose por medio de gruñidos me hizo seguir por un sendero de adoquines hasta una puerta que vomitaba un penetrante olor a medicamentos. Al lado del postigo sobresalía una diminuta placa en piedra labrada con una inscripción en letra gótica: “madre superiora”. Madre superiora, madre superiora…. seguí repitiendo esa frase en mi mente. Vagamente vino a mi memoria la célebre novela de Gorki llamada la madre. Pero aquella no era superiora. Súbitamente me vi parado frente a una delgada y rigurosa mujer. La nieve de los años se había derramado sobre su cabeza que hacía juego con su impecable hábito blanco. En sus delicadas facciones aún se
notaban rasgos de una belleza juvenil acompañada de una sonrisa con olor a santidad. Al saludarla respondió gentilmente con una ligera inclinación de cabeza.

Al fondo sobresalía una foto en blanco y negro, de la madre General, tal vez. Por sus rasgos reconocí que era una de esas mujeres francesas del siglo XVIII, su rostro severo y adusto producto de los ayunos y elevados misticismos; privándose de los placeres de este mundo y del otro, propio de la regla de san Benito. Un abejorro entró por la ventana como kamikaze inmolándose en las aspas del ventilador de techo, que despedía un sopor intenso. Desde un pequeño vestíbulo se escuchaban murmullos y voces acompañados de un lamento quejumbroso. Era la segunda diálisis del día a un anciano. Una veladora artificial, eternamente encendida alumbraba la imagen de san miguel blandiendo su espada acompañado de unos angelitos regordetes, una bendición pontificia sobresalía en medio de un cuadro de condenados abrasados en llamas que alzaban las manos al cielo, ante la mirada de una virgen con un niño en sus brazos. La divina comedia de Dante en versión criolla. Abajo estaban cosas más terrenales, un mullido sillón en cuero, una linterna. Un reloj que marcaba siempre la misma hora, Una muñeca de trapo. Era una habitación triste.
Por la misma ventana que entró el inmolado kamikaze, a lo lejos, al otro extremo en un quiosco, abuelos se mecían pausadamente en sus poltronas, pensativos, meditabundos, descargando sus lejanos pensamientos sobre sus relucientes bordones.

Una enfermera con su traje blanco impecable de panadero escuchaba desde una descascarada grabadora los decibeles de un estridente reguetón. Un pasillo me condujo a un jardín cuidadosamente arreglado, la pared se había convertido en galería de cuadros con apologías a la tercera edad, sobresalían leyendas como: cuando sea viejo, Hijo no me abandones, el día que me quieras, cuando yo ya no pueda…. Todo un muro de lamentaciones. El refrigerador del otro lado de la pared zumbaba como las turbinas de un avión lejano. Una horda de chiquillos uniformados invadió el kiosco, algunos se acercaban con pasos cautelosos, ante la catequesis maniqueísta de la maestra, una mujer enjuta con el rostro delgado como el greco. Otros miraban furtivamente las manos temblorosas, ellos respondían con una sonrisa tierna. Al final de la tarde las risas de los niños se confundieron con la de los abuelos en una ronda infantil donde estos últimos caminaban y cantaban pausadamente. De esa ronda no participaba Juan, un anciano enfundado en una descolorida camiseta de un equipo de fútbol.

donde lo único visible era un escudo con un tiburón que hacía juego con el pantalón de una reconocida empresa estatal, se mecía indiferente en la poltrona con su mirada perdida y preñada de nostalgia como la de los ciegos. La fanática de Daddy Yankee barría y comentaba que hacía cuatro días no se levantaba de la cama, había entrado en una de esas crisis de nostalgia que le duraban toda la semana. Quería hacerlo todo en la cama. Esto me hizo acordar lo que dijo Onetti en su ancianidad que en la cama se nace, se muere, se hace el amor, se duerme…
Un perro adormilado lanza furibundas dentadas capturando moscas que lo molestan, la fanática del reguetón pontifica acaloradamente con una compañera sobre si quien es mejor entre su ídolo y otro reguetonero. Un cielo metálico se había instalado con manchas mandarinas, un loro repetía un monosílabo triste. La campana había sonado para la dormida. Estaba anocheciendo. Unos jóvenes conversaban con un padre anciano debajo de un árbol prometiéndole que volverían a visitarlo. Por lado y lado de las habitaciones se encontraban literas de catres, pegados a una desnuda y blanca pared. A la entrada de los salones había un letrero que decía: Hombres – mujeres. Como si la senectud en los hombres, nos hiciera olvidar el género, ¿de dónde venimos, quiénes somos?. Juan reacio había contestado algunas de mis preguntas, seguía ahí, metido en su nostalgia, en su silencio. Me acordé de Borges cuando dijo que la belleza y el silencio son esos misterios hermosos que no descifra la psicología ni la retórica. Ante mi angustia existencial y profesional, con un viejo en frente mío que, a estas alturas de la tarde, era amo y señor de su silencio me lanzó su oráculo demoledor: usted tiene conocimiento; yo tengo la sabiduría-. Comprendí que el primero me había servido para ganarme la vida, la segunda a él le había ayudado a vivir.

Mascullando palabras casi inaudibles me contó que había sido marinero, que había pasado por el sitio donde el pirata Ingles Drake dijo que primero jugaba bolos y luego derrotaría a la invencible armada española; que en los cuentos del mar se decía que un chino había venido a las Américas antes que colón. Ante mi sonrisa, ripostó: – no, no es un cuento chino, es cierto. Con sus ojos llenos de picardía y en un susurro me confesó que no se levantaba de la cama porque era el único sitio donde soñaba y deliraba con las mulatas de tetas al aire que había dejado en muchos puertos. Todos caminaban absortos en hilera hacia sus camarotes como aquellos judíos de los campos de concentración. Una de ellas se
aparta de la fila y va directo a la oficina de la madre superiora para que le entregue su muñeca de trapo, porque sin ella no puede dormir. Ahora entiendo menos el porqué de los vidrios puntiagudos en la blanca pared. De aquí nadie se quería escapar. Esto Me dice que como si estar en un asilo fuese pagar una pena por el simple hecho de haber vivido. O lo que hemos vivido es un eterno presente como lo dijo el poeta Octavio Paz. Muchos de nosotros no sabremos donde será nuestro definitivo hogar, tal vez para ese tiempo los políticos de los carteles de la entrada hayan cumplido sus promesas, tal vez para esa época aquella mujercita de ojos de porcelana china me regale una sonrisa.
*Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Email: sinuano1817yahoo.es

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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