In memoriam Álvaro Miranda.
In memoriam Álvaro Miranda
Por William Castro A.
Resulta bastante acertada la manera como Gustavo Tatis Guerra se refiere a Álvaro Miranda como uno de los mejores poetas y narradores que ha tenido el Caribe colombiano. Sin embargo, me parece que sus palabras no hacen valer del todo la labor del escritor samario, quien desde muy temprana edad se va a vivir a una tierra que prácticamente representa la cara opuesta del Caribe, donde aún al borde de una fría cordillera mezclada con grises e insomnes nubarrones, concibió un paisaje tropical bañado de los mismos ríos y frutas que consumieron nuestros antepasados.
“Yo no era yo, sino lo que la palabra tejía de mí”, dice de sí mismo al encontrarse, quizás, en uno de los momentos más reveladores de su vida, en el que más allá de sentirse o no caribeño, lo importante eran aquellos momentos que recogiera su memoria, para algún día ser el encargado de desdibujar y dibujar tantas verdades y mentiras lacerantes de la historia nacional.
Es bajo esta condición que Miranda viaja a Bogotá, cautivado por los pasajes bíblicos que de niño le recitaba su madre (primer acercamiento literario), despertando después en él un profundo afecto por la historia de un tal Jiménez de Quesada, al que en vez de identificar como el gran conquistador y fundador de la capital ahora conocida, relacionaba más bien con la delirante figura caballeresca de Alonso Quijano.
Su abuelo, el barranquillero, contribuiría también durante su niñez y juventud a alimentar su curiosidad e imaginación, con la idea de que en Cartagena existían unas murallas y castillos tan imponentes como para librarnos de ser alguna vez colonia inglesa.
Y sin poder adaptarse nunca a las normativas católicas de las escuelas tradicionales, Miranda acaba estudiando en el gimnasio Boyacá donde, sin saberlo, se toparía con dos promesas novísimas de la narrativa colombiana: José Luis Díaz Granados, antiguo amigo de la familia que le impulsa a publicar sus primeros poemas en El Espectador, y Luis “el turco” Fayad, cuya novela Los parientes de Ester constituye una fundamental alegoría de cómo se vive desde dentro la violencia en Colombia.
De las múltiples tertulias efectuadas por su vasto grupo de amigos, asiduos lectores de Holderlin y “Marx” Twain sobre los andenes, florece la vocación de filólogo e historiador en Álvaro Miranda, quien se gradúa de la Universidad de La Salle e inmediatamente publica con veintiséis años su primer poemario, Indiada, tras haber absorbido uno a uno los episodios del Descubrimiento e Independencia de América (pues según él la colonia era “otra cosa aparte”), para conjugarlos en un texto de esencia barroca que conserva la oralidad y los arcaísmos propios del español precolombino, expresados en voz de indígenas y españoles inmersos en la ilustración de diversos paisajes.
Ya con Cuatro de Lebrija, su segundo poemario publicado sobre la misma década del setenta, el verso de Miranda se vuelve más romántico y costumbrista al evocar esta vez un paisaje local perdido en el espacio tiempo de la memoria histórica, cuya descripción realiza para dar cuenta de la existencia de una naturaleza viva, de hombres mestizos y aromas endémicos que le rodea, y que rugen al establecer un contacto directo con su poesía.
Pero volviendo a lo que para mí es fundamental destacar de la obra y el legado extracaribeño de Miranda, su generación, son ineludibles las influencias que a manera de columnas sigue sumando con el paso del tiempo para la construcción de su propio reino del Caribe, de parte de arquitectos de la palabra como María Mercedes Carranza, Juan Gustavo Cobo Borda y Darío Jaramillo Agudelo, todos y cada uno de ellos pilares de una llamada generación sin nombre.
Esta, de acuerdo con Harold Alvarado Tenorio, comienza a partir de la reiterada década del setenta, curiosamente en coincidencia con la publicación de la Antología crítica de la poesía colombiana (1974) de Andrés Holguín, la caída del Frente Nacional, y el inmediato auge nadaísta que se desencadena en el país. Su consigna es la de una unión no programada, sin identidad estética preestablecida, que reúne en su núcleo una singularidad de voces provenientes de todas partes, para ejecutar conjuntamente un proyecto ruptural de los esquemas poéticos y narrativos instalados por las exaltadas corrientes de vanguardia.
En 2019, Maria Paz Guerrero perpetúa estas voces del pasado en su Antología para una Generación sin nombre, en la que se refiere particularmente a Miranda como renovador de la poesía colombiana contemporánea y principal explorador de un reino, donde antes habían habitado los poetas del Caribe antillano, Saint John Perse y Derek Walcott, pero que ahora resguardaba la huella de su producción literaria en tercera y última fase de evolución, cuando ha fijado en su estilo un modo de parodia grotesca, pícara y humorística del que se nutren el resto de sus obras posteriores como Los escritos de don Sancho Jimeno (1982), Tropicomaquia (1996), Simulación de un reino (2005), entre otras que rayan el campo de la novela como La risa del cuervo (1983 y 1992) y Un cadáver para armar (2007).
Por lo anterior, es de repensarse cómo el escritor samario debe enormemente su recreación del reino caribeño a una generación en mayoría no caribeña de escritores que formó parte de su crecimiento artístico, y que derivó precisamente de nuestra fracturada historia colombiana para en última instancia gestar una literatura lúdica, de carácter sencillamente humano, tratada en alma y espíritu a la hora de rescatar del olvido tantas voces perdidas en el tiempo por la oficialidad de la historia, cuando no la oralidad y riqueza de una literatura indígena, resiliente, descentralizada del Canon Universal e Hispano.
Álvaro Miranda fue y seguirá siendo el rostro cabeza de una generación importante para el desarrollo de las letras colombianas contemporáneas. De nosotros, los lectores, depende mantener vivo ese legado.











