Con el libro que lleva ese título, William Ospina construye sobre la búsqueda apasionada de un tesoro perdido: el espíritu romántico de los siglos XVIII y XIX.
Por Jorge Guebely
A veces novela, a veces ensayo, ‘El año del verano que nunca llegó’ (William Ospina, 2015) fue elaborada con un lenguaje lúcido. Mágicamente nombra realidades nuevas con palabras frecuentemente usadas. Prodigio del lenguaje. El lector disfruta un festín de imaginación, información y sabiduría, durante 289 páginas. Avizora además los desmanes de la razón: las revoluciones francesa, industrial y tecnológica. Escucha al grito de Hörderlin: ‘…el hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando piensa’. Un bello texto literario.
Busca a partir de Villa Diodati, verano de 1816 frente al lago suizo de Lemán, lugar donde surgió Frankenstein. De allí, se extiende en múltiples direcciones: ‘Leí mucho rato en la noche: por todas partes…en mi propio rastreo por libros y países’. Desfilan diversos sitios del mundo: La Mojana, Bogotá, Madrid, París, Roma y Ginebra, por supuesto. Abundan poetas y filósofos que dibujaron la sociedad con sus intuiciones. También los amigos y escritores que testimonian su indagación.
El final de la aventura devela una epifanía, una forma limpia y nueva de ver el alma del monstruo. Lo describe como una paradoja: el hombre triste concebido por una mujer (Mary Shelley) y nacido en laboratorio, con descarga eléctrica en vez de alma sobrenatural. Ninguna mano materna alisó sus cabellos. La monstruosidad residía en su espantosa soledad. ‘Pero cuando me acerqué a buscar el monstruo, en vez de un ser siniestro hecho de odio y maldad me encontré con un niño asustado perdido en un cuerpo deforme: un desvalido ser sin recuerdos, sin madre, sin pasado, pidiendo comprensión a un mundo que sólo responde a sus propios terrores, y que es incapaz de aceptar lo distinto’.
Metáfora eficaz para visualizar al hombre deformado por la era de la razón. ‘No era ella, (Mary Shelley) quien estaba fabricando el monstruo: era la época, la vasta colmena de laboratorios y de factorías que comenzaban a levantar sus humaredas…’.
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William Ospina.[/caption]
Imperceptiblemente el mundo se nos pobló de frankensteins. Continuamente hoy nos tropezamos con personas desacralizadas. ‘Todavía hacemos templos pero ya nadie sabe si Dios habita en ellos’. Trocamos la virtud de lo divino por el vicio de la ambición.
Sin embargo, nuestra época quiere ‘testimoniar ese otro templo cuyas columnas son peñascos, cuyo suelo es el mar, cuya cúpula está de verdad tachonada de estrellas’. Hoy queremos resucitar el espíritu romántico para codearnos de nuevo con la sacralidad del mundo y de las personas amadas.
Nota del Editor: cuando el escritor William Ospina leyó esta reseña sobre su libro, envió un mensaje a Jorge Guebely, autor de la columna. A continuación compartimos el mensaje:











