Por Roberto Flores Prieto
El #9deAbril de 1948, asesinaron a mi abuelo, Carlos Flores Silva, en la puerta del diario La Prensa, en Barranquilla, un periódico conservador propiedad de los Martínez Aparicio. Mi abuelo era liberal, pero ellos eran sus amigos y acudió al lugar intentando calmar los ánimos.

Esta es la fachada, intuyo, antes del ataque. Luego destruyeron oficinas, máquinas de escribir, teléfonos, escritorios y sacaron rollos de papel que, incendiados, rodaron hasta el Paseo Bolívar. ¿Está mi abuelo allí? ¿Es ese hombre de blanco que se dirige a la multitud?

Una versión de La Prensa culpaba a un oficial del Ejército, pero luego se retractaron. Hace años, hojeando un libro en la @Lib_Nacional acerca de hitos de la historia local, descubrí el nombre. Ni mi padre lo sabía, ¿mejor, quizás? No compré el libro, olvidé nombre y autor.

Tenía 52 años. Su muerte se produjo en “circunstancias desconocidas”. Lo cierto es que murió a las 4 de la tarde por “proyectil de arma de fuego”, como consta en su acta de defunción. Tenía 3 hijos: Carlos (mi padre), Hemel y Marina, que no está en la foto.

Mi abuelo y sus hermanos abandonaron Ocaña por La Violencia. De niños, en su casa, jugaban a adivinar de qué arma provenían los disparos cercanos, qué forma de crecer. Mi padre recordaba con cariño sus excursiones de caza juntos, pero evitó armas en nuestro hogar. Gracias, papá.

Aquí mi viejo tenía unos años menos que el suyo al morir. Un poco después cumplió 52 y yo, 6. Pasó ese año temiendo morir a la misma edad de su padre, quizás eso atrajo el Guillain Barré que superó por completo. Amaba la vida, vivió 91 años, pero lloraba en silencio a su padre.

Ya casi cumplo 52, tengo dos hijas que amo y temo faltarles. El país sigue igual, la vida no vale nada. Sueño que vivan en un lugar, como dijo Gabo, “en donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad”.












