También podría decirse que en esta gallera hubo un gallo basto que salió corriendo. Quienes promueven estos debates deben pensar, de manera sincera, en la paz.
Se admite y aplaude que siga siendo el Capitolio el pulmón de la democracia colombiana. Es de ponderar, que en ese sagrado recinto, se convoquen todos los debates de interés público, y más, cuando se permite la presencia de las barras.

El odio que ambos sienten es por el mismo motivo. Pero con el odio de ambos no van a revivir a sus respectivos padres. Deben pensar en la paz, por los colombianos.
Para el debate de este miércoles convocado por el senador Iván Cepeda Castro, estaba citado el expresidente y hoy Senador Álvaro Uribe para que respondiera sobre si eran ciertos sus presuntos vínculos con el paramilitarismo.
En el formidable relato que aparece en este portal, escrito por el Editor General Jorge Mario Sarmiento Figueroa y la colaboradora Andrea Corro, queda todo dicho. Hubo una pelea de boxeo con un solo peleador en el ring. Y como dicen los galleros. “El otro salió gallo basto”.
Mirando el asunto sin sesgos ni pasión, defrauda por completo un analista que uno creía más serio, como Alfredo Rangel, ahora Senador por la bancada uribista. Ahora sí que peló el cobre como guerrerista duro y puro.
Lo que se debe tener presente es el origen del odio de los dos bandos que hoy montan un tinglado innecesario y nefasto en el Congreso.
En Iván Cepeda Castro y Álvaro Uribe Vélez tenemos el ejemplo nítido, a la mano, de lo difícil que será el perdón entre pueblos, familias, combatientes, de uno y otro bando.
Iván Cepeda Castro, hijo del Senador Manuel Cepeda Vargas, de la Unión Patriótica, un movimiento político de izquierda exterminado por grupos paramilitares y por grupos del propio Estado.
A Manuel Cepeda Vargas lo mataron en Bogotá agentes del Estado disfrazados de maleantes el 9 de agosto de 1994. Dejó dos hijos, María e Iván, y una viuda de un corazón todo dulzura. Alma bondadosa, no merecía esa suerte. Ella también murió joven, de cáncer.
Desde luego, se entiende ese sentimiento de rabia, de dolor, que Iván Cepeda Castro lleva por dentro.
El caso de Álvaro Uribe Vélez es fiel copia. El 14 de junio de 1983 un comando de las Farc, en un intento de secuestro, mataron a Alberto Uribe, padre de Álvaro. En ese mismo episodio queda mal herido Santiago, hermano menor de Álvaro.
Álvaro Uribe Vélez sintió más el dolor porque ese día él estaba destinado a acompañar a su padre y no Santiago. Y más dolor, que hubiera sido asesinado por las Farc.
Ese odio a muerte que se muestran estos dos protagonistas brillantes de la política nacional, justo es reconocerles su talento político, es dañino para el país. Es injusto. Infame. Porque todos los demás sectores han expresado que están dispuestos a perdonar con tal de que se acabe esta guerra fratricida sin sentido. Los colombianos se están matando por odios superados en casi todos los rincones del planeta.
Cómo es posible que 31 años después de la muerte de su padre, Uribe Vélez, que tanto ha hablado de la paz en los últimos 15 años para conseguir lo que quiere lograr en el escenario político, sea tan mezquino y siga alimentando ese odio y, por el otro lado hablando de una paz que, ateniéndonos a su actitud, es falsa, no es sincera. Mejor dicho, es una farsa.
Y por el lado de Iván Cepeda Castro, más afecto, cariño y admiración no se le ha podido demostrar en este portal. Porque conocimos bien a sus difuntos padres.
No es bueno para el espíritu de un joven capaz, estudioso, inteligente, decidido, seguir almacenando en su corazón el odio cerril contra el paramilitarismo que mató a su padre. Es que llegó la hora de la paz. Quienes tengan anidado en su alma el odio por lo que le pasó a un familiar amado tiene que expulsarlo. Y mirar la vida de una manera distinta. Con optimismo, con fe, con alegría. Sin odios. Las familias de Jaime Pardo Leal, Bernardo Jaramillo, José Antequera, han seguido viviendo sin odios.
No les queda nada bien a Uribe y a Cepeda, tratándose de dos líderes, de dos orientadores del pueblo, de dos honorables congresistas, seguir dando ese mal ejemplo de gallera de pueblo. ¡Por Dios!, busquen el perdón. No sean tercos. Ambos tienen que derrotar el odio que han almacenado en su alma por tanto tiempo, para no vivir amargados, y menos aún, que con sus riñas le amarguen la vida al país. Sí, porque al ver una nación atónita una reyerta entre dos personas elegidas por el pueblo para que mejoren las condiciones del país, busquen disminuir la pobreza y lograr la paz, pues encuentran justificado que por cualquier motivo dos amas de casa en la tienda se halen de las mechas. ¿Cómo se va a lograr la paz en Colombia si en el escenario natural de nuestra máxima clase política se da la más cruda y cruel muestra de odio entre dos Padres de la Patria?
Los colombianos ya no somos tan bobos. Ya no tragamos entero. Sabemos que muchos polticastros usan la paz para torticeros fines políticos. María del Rosario Guerra, hija de uno de los más grandes terratenientes de Sucre y Córdoba, como lo es José Guerra Tulena, es la que menos tiene que hablar de ataques injustos a su jefe político. Ellos han dejado sin tierra a humildes parceleros en varios resguardos indígenas sucreños y cordobeses. En varias ocasiones han sido acusados de masacres a grupos indígenas para apoderarse de sus tierras. Nunca se les ha podido comprobar nada.
Entonces, hablemos claro sobre quiénes realmente están dispuestos a perdonar en un sacrificio monumental por la paz, y quiénes utilizan el discurso de la paz como vulgares payasos de circo, como farsantes. El ejemplo debe comenzar por los llamados Padres de la Patria. Esa sesión de este miércoles fue deprimente. Fue una vergüenza para quienes todavía tenemos esperanzas en la paz.











