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De idólatras a ciudadanos

Por Jorge Guebely

Desde hace 26 siglos viven las profecías de Jeremías: “Oíd ahora esto – decía el profeta -, pueblo necio e insensible, que tienen ojos y no ven, oídos y no oyen”. Siguen vivas para Colombia, tan contaminada de mucha idolatría y de escasa ciudadanía.

Como cualquier religión, las colectividades políticas se rebajaron a dogmas, a iglesias electorales. Políticos y pastores hacen del mundo un infierno real. Lo mismo una guerra por un dios de los cielos o por uno de la tierra, igual un feligrés que un militante.

Dogmas que enceguecen, petrifican el alma, crean máquinas de carne y hueso. Distorsionan hasta la última célula cerebral para que no vean lo que miran, ni oigan lo que escuchan, ni razonen lo que piensan. Iglesias que cercenan lo divino, partidos políticos que sepultan la realidad del país, sólo perpetúan la esclavitud humana a través del dogma.

Sin ojos para ver, ni oídos para escuchar, el idólatra político es nada. Es una cosa democrática, un voto que respira. Un prisionero del dogma que deviene idólatra, jamás ciudadano. Su ceguera crea pavorosos jerarcas políticos, verdugos que lo succionan hasta dejarlo en cascarón viscoso.

Jerarcas que lo viven, que piensan por él, que manipulan su vida. Deplorable absurdo; como subirse al Airbus A380, la aeronave más grande del mundo, piloteada por un ignorante del pilotaje, por un locuaz.

De nuevo tiene razón Platón, la democracia es el gobierno de los peores marrulleros, antesala de cualquier autocracia. También tiene razón Flaubert, escritor francés, pensaba que, en las democracias, los imbéciles harían mayoría.

Sin embargo, hay momentos en que la idolatría política entra en crisis, que exige pensar antes de votar. Conocer los candidatos antes de elegir, no por lo que dicen sino por lo que han hecho. “Por sus obras los reconoceréis”, afirmaba Cristo contra los sofistas, los políticos de la época.

Obligados a elegir entre un cáncer prostático y uno de hígado, corresponde, entonces, reconocerlos para equivocarse lo menos posible. Digno es errar por sí mismo; imbécil es errar adhiriendo a la equivocación de un jefe político.

Urge liberar la consciencia para avanzar hacia el ser humano, al auténtico ciudadano como lo proponía Kant:  persona con capacidad de “…usar la propia inteligencia sin la imposición de otro”. Para elegir como ciudadano, no como idólatra.

Consciente de nuestra miseria política, elegir al menos dañino. Consciente también de que ninguno, de los actuales candidatos, es tan dañino como el presidente Duque. Tan nocivo como cualquier mandatario del uribismo: tan sanguinario, tan inhumano, tan locuaz, tan mentiroso.

jguebelyo@gmail.com

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