Grandes profesores del Simón Araújo de Sincelejo Sucre
Por : Eddie Jose Danielsgarcía:

Sonetista,cronista,gramatólogo y crítico literario
Dentro de la profusa lista de educadores que han integrado el Magisterio colombiano y han sobresalido por dedicarse al cultivo de otras artes, diferentes a la especialización que ejercieron en las aulas, se encuentra el apreciado profesor Rodrigo Hernández Buelvas, quien prestó sus servicios docentes en el Instituto Simón Araújo, en los años dorados de esta renombrada institución, los cuales estuvieron enmarcados en las décadas posteriores a la fundación de este plantel, el 1 de marzo de 1939. Fue una época de oro, en que la existencia del Simón Araújo estuvo iluminada por varias generaciones de profesores, quienes, respaldados con sus títulos de licenciados, llegaron a este plantel atraídos por la fama y el prestigio que lo había dado a conocer en todas las regiones de Colombia. Una fama insuperable, que hacía eco en el Ministerio Educación Nacional y lo había hecho merecedor de una categoría especial y de un puesto de honor en el corazón de esta entidad. Esta fue la razón esencial para que el profesor Rodrigo Hernández Buelvas y, también, muchísimos contemporáneos de su generación, tomaran la determinación de sentir “el orgullo” de estar vinculados a la nómina docente del Instituto Simón Araújo.

Rodrigo Hernández Buelvas
Comenzaba el año1969, y el Instituto Simón Araújo estaba próximo a coronar el trigésimo aniversario de su nacimiento, cuando el profesor Rodrigo Hernández Buelvas, quien acababa de recibir el título de Licenciado en Matemáticas y Física de la Universidad del Atlántico, ingresó, lleno de una inmensa expectativa, al cuerpo docente de esta institución. Llegaba muy emocionado y deseoso de poner en práctica su innata pasión por los números. Le dio una cordial bienvenida don Marco Ramírez Mendoza, natural de Zambrano, Bolívar, quien se encontraba al frente de la rectoría desde los inicios de julio de 1967. Ese año, había llegado del Instituto Nacional San Juan del Córdoba de Ciénaga, Magdalena, plantel, donde había tenido que capotear un tremendo movimiento estudiantil que terminó trasladándolo para el Simón Araújo. Don Marco remplazó en el cargo al rector, Simón Almanza Castillo, oriundo de Soplaviento, Bolívar, quien, gracias a su ideología visiblemente progresista, ha sido uno de los rectores más recordados por los estudiantes del Simón Araújo, que tuvieron la oportunidad de conocerlo y tratar con él, en los catorce meses que permaneció en la rectoría de esta institución, entre abril de 1966 y junio de 1967.
Sin embargo, aún no había cumplido el profesor Hernández dos meses de haber iniciado su debut en las aulas araujistas, cuando fue bautizado, a mediados de abril, con una estruendosa huelga estudiantil que impulsó la comunidad educativa para sacar a don Marco de la rectoría, quien, desde el año anterior, a causa de su temperamento egocentrista y su espíritu dictatorial, venía cargando en sus espaldas la antipatía de gran parte del profesorado y el rechazo implacable de todo el universo estudiantil. Tras varios días de enfrentamientos y protestas callejeras, el Ministerio de Educación intervino en el problema y puso fin a la “luna de miel marcorramirista” en el Simón Araújo, trasladándolo a los pocos días para una institución de Santa Marta. Como caso curioso, ésta era la cuarta huelga estudiantil que había vivido don Marco en los últimos diez años. Entonces, desde que abandonó a Sincelejo, en los albores de mayo de 1969, nunca más se volvió a saber de él, y más de 50 años después, solamente es recordado con la frase “Mi férvido y aquilatado amigo”, que fue la expresión con que se hizo célebre en esta ciudad, pues la utilizaba de manera efusiva para saludar a las distintas amistades que se encontraba en las calles.
Para solucionar el problema de la rectoría, el Ministerio de Educación encargó provisionalmente al profesor Eliécer Mulett Borja, quien hacía dos años estaba al frente de la Prefectura de Disciplina y gozaba de una aceptación inmejorable en la comunidad educativa. Más tarde, a finales de julio, fue designado rector, don Carlos Paz Charris, quien ejercía como supervisor de educación nacional y fue el encargado de culminar el año escolar. Desde su llegada en febrero de 1969, el profesor Rodrigo Hernández se ubicó en la sección matinal, que era la jornada tradicional del Colegio. La vespertina había comenzado en 1967 con ocho salones, gracias a la gestión que hizo el rector Simón Almanza Castillo, basado en el decreto del Gobierno, que autorizaba a partir de ese año el funcionamiento de la doble jornada. En un comienzo, los salones de la tarde seguían la nomenclatura de los grupos de la matinal, y cuatro años después se diligenciaron de manera independiente. Como caso curioso, en 1969 la población estudiantil bajó considerablemente y sólo se abrieron 22 grupos, los cuales fueron repartidos de manera equitativa: 11 en cada jornada. Esto significa que a partir de este año las secciones quedaron, prácticamente, iguales.
Aunque, el profesor Rodrigo Hernández Buelvas solo alcanzó a disfrutar de las aulas araujistas durante trece años, es decir, hasta 1982, los cuales fueron interrumpidos con dos años que se residenció en Cúcuta, vinculado al Inem José Eusebio Caro de esa ciudad, entre finales de 1972 y 1974, su permanencia en el Simón Araújo, estuvo caracterizada por su idoneidad académica y la solvencia didáctica que lo asistían en el manejo y la pulcra enseñanza de la física y las matemáticas. Por esta razón, sus clases, que siempre fueron consideradas amenas y llamativas, se convirtieron desde su llegada en un referente obligatorio para todas las generaciones de egresados que pasaron por sus manos, no sólo en el Simón Araújo, sino en los diversos planteles privados donde, también, se lució con el manejo de “la tiza y el tablero”, entre ellos figuran: Colegio de las Mercedes, Liceo Panamericano, Gimnasio Juvenil y Liceo Juan XXIII, plantel donde también se desempeñó como rector, durante dos años: 1979 y 1980. Actualmente, son infinitos los araujistas que recuerdan al profesor Rodrigo Hernández Buelvas con mucho respeto y admiración y le profesan un profundo agradecimiento por la influencia de sus conocimientos.
No obstante, algunos estudiantes muy lúcidos en los recuerdos suelen preguntarme por él con el apodo que supo ganarse, gracias al bigote refinado que lucía en sus años araujistas: “Doctor Daniels, déme razón del profesor Charles Bronson”, me interrogan con frecuencia. Y otros, sólo, a manera de referencia, comentan: “A mí la física me la dictó el profesor Charles Bronson”. Además, como nunca faltan las anécdotas, muchos alumnos simplemente lo recuerdan, “como el profesor que dejaba caer la tiza para probar la ley de la gravedad”. Otros, evocando los hermosos tiempos simonaraujistas, afirman que también les decía: “Fulano, tome el borrador, vaya y aprenda manque sea a borrar el tablero”. Todos estos apuntes forman parte imborrable de los repertorios escolares que atesoran los estudiantes en sus recuerdos, los cuales son comentados de manera folclórica cada vez que las promociones se reúnen para celebrar los cuarenta, cincuenta o más aniversarios de la graduación. Personalmente, he tenido la fortuna de asistir a muchos encuentros araujistas, como invitado especial, y he apreciado de cerca el placer y la emoción que arroba a los estudiantes cuando refieren las anécdotas de sus queridos profesores.
El profesor Rodrigo Hernández Buelvas, como muchos docentes de la época dorada del Simón Araújo, también tuvo la oportunidad de habitar en las residencias “Araujito”, donde residían los educadores foráneos que llegaban a esta Institución. Allí, gozando de la sombra placentera del “campano centenario” que flanqueaba las alcobas, compartió vivienda con otros recordados docentes, como, Francisco Roll Marimón, Juan Rocha Goenaga, Antonio Rúa Melo, Julio Lamboglia García y otros, cuyo tránsito por las aulas araujistas fue tan efímero como la iluminación de un rayo en la oscuridad. También le tocó al profesor Hernández participar en la organización de la “marcha de la silla”, que se realizó el lunes 1 de marzo de 1971, siendo rector Eliécer Mulett Borja, para trasladar el Simón Araújo a su nuevo edificio, construido en la Carretera Troncal. Fue una fecha histórica que vivieron los más de mil estudiantes que se habían matriculado ese año, quienes marcharon ordenadamente con la silla en el hombro, decididos a ocupar la nueva edificación que aún estaba inconclusa y abandonada desde 1969. Como caso insólito, nadie tuvo la precaución de tomar una fotografía que, por supuesto, hoy nos aportara un bello recuerdo.
El jueves 31 de agosto de 1972, deseoso de poner fin a la soltería, como era natural, el profesor Hernández realizó su enlace matrimonial con la distinguida señorita Libia Andrea Ávila Arrieta, hija de don Adrián Ávila Santiz y doña Ercilia Arrieta Cerro, ambos oriundos de Buenavista, Sucre, pero radicados en Sincelejo, donde gozaban de mucho aprecio en la ciudadanía. Inicialmente, se establecieron en Cúcuta, donde permanecieron cerca de dos años, y el profesor Hernández tuvo la oportunidad de prestar sus servicios, además del Inem José Eusebio Caro, en la Universidad Francisco de Paula Santander de esta ciudad. A finales de 1974 retornaron a la capital sucreña, añorando su tierra querida, las brisas sabaneras y, sobre todo, el rencuentro con sus familiares. El Matrimonio se vio santificado con la presencia de tres hijos: Rodrigo Gregorio y José Rodrigo, el primero y el último, bachilleres del Liceo Panamericano, graduados en ingeniería civil en la Universidad del Norte y con varias especializaciones cada uno, actualmente, ambos laboran como profesores titulares de la Universidad de Sucre, y Ercilia, la segunda, bachiller del Colegio de las Mercedes, arquitecta y especializada, también de la Universidad del Norte.
Mi amistad con el profesor Rodrigo Hernández Buelvas se inició en 1977, cuando llegué como profesor a la jornada vespertina del Simón Araújo. En esa época también compartíamos trabajo en las secciones matinal y nocturna del Liceo Juan XXIII, y ambos fuimos grandes amigos de don Remberto Montes Hernández, propietario de este plantel, quien, años antes, había sido profesor del Simón Araújo. Desde las primeras luces de nuestra amistad, la cual se fortaleció con el paso del tiempo, pude apreciar el interés que sentía el profesor Hernández por el manejo del lenguaje y las curiosidades expresivas que rodean el habla popular. Asimismo, pude observar el gran amor que sentía por la Literatura, en particular por el cuento y la poesía, y siempre nuestras reuniones amistosas y veladas etílicas terminaban convertidas en un concierto de relatos populares y, también, en un recital de fábulas, décimas, sonetos, madrigales, romances, coplas, sátiras, calambures, retruécanos y otras formas líricas que causan un deleite emocional en el espíritu. Para honrar nuestra amistad, en abril de 1990, tuve el honor de nombrarlos padrinos, junto con su querida esposa, de María Eugenia, la segunda de las tres Marías, mis hijas queridas.
El profesor Rodrigo José Hernández Buelvas, su nombre completo, abrió los ojos en la vida terrenal, el 26 de junio de 1944, justamente, hoy cumple 80 años, en la antiquísima población de Corozal, perteneciente en ese entonces al departamento de Bolívar, cuando aún faltaban muchos años para que se creara el departamento de Sucre. Fueron sus padres, don Miguel Antonio Hernández Martínez, aficionado a la ganadería, y doña Sacramento del Altar Buelvas Sarmiento, dedicada a los oficios del hogar. En esta hermosa población, calificada en el entorno caribeño como “La perla de la Sabana”, vivió los años de su infancia, apreciando con suma curiosidad la exuberancia de la vegetación, la belleza de las planicies montañosas y el brioso caudal de los numerosos arroyos que nutren los suelos sabaneros. Tras cursar la escuela primaria, ingresó al Liceo Carmelo Percy Vergara, donde estudió los tres primeros años del bachillerato. Posteriormente, viajó a Barranquilla e ingresó al prestigioso Colegio José Eusebio Caro, donde culminó la secundaria en 1964. Deseoso de cursar estudios superiores, y amante de la línea docente, como buen corozalero, ingresó a la Universidad del Atlántico, donde recibió el título de Licenciado en 1968.
A mediados de 1982, tras haber permanecido trece años en las aulas simonaraujistas, el profesor Rodrigo Hernández, abandonó su ocupación docente para vincularse a la administración educativa en el departamento de Sucre. Inicialmente, fue nombrado Jefe del Distrito Educativo # 1, con sede en Sincelejo, cargo perteneciente al mapa educativo, una nueva reforma del Ministerio de Educación Nacional, creada para organizar todas las instituciones educativas en los respectivos departamentos del país. Años más tarde, frente a nuevas disposiciones oficiales, el mapa educativo despareció a finales de siglo, entonces, fue designado supervisor de educación departamental, puesto donde permaneció hasta el 2010, cuando le tocó retirarse al cumplir la edad del retiro forzoso. Sin embargo, durante este tiempo, siempre deseoso de enriquecer sus conocimientos, se dedicó a la lectura literaria y a la investigación de muchos temas costumbristas que alimentan las tradiciones en la región sabanera. Asimismo, aprovechó para cursar una Especialización en Docencia Universitaria, estudios que le sirvieron para ejercer la cátedra superior, en la Corporación Universitaria del Caribe, Cecar, y en la Universidad de Sucre.
También, desde hace muchos años, la vena artística del profesor Rodrigo Hernandez Buelvas se ha visto embellecida con el hábil ejercicio de la composición musical. A esta actividad se ha entregado con muchísima consagración y actualmente es autor de más de trescientas canciones, compuestas en diferentes ritmos: paseos, merengues, boleros, porros, puyas, cumbias, corridos, rancheras, bambucos, valses, salsa, etc., todas ellas grabadas por diferentes conjuntos y agrupaciones. Y, lógicamente, esta vasta producción musical lo ha hecho merecedor de un rango especial en la Sociedad de Autores y Compositores de Colombia, Sayco. Y como su pasión por la literatura no podía pasar inadvertida, también es autor de los libros: “Antología poética”, “Briznas Sabaneras”, “Un poco de mi pueblo en Espinela”, estructurados en poesía y en narrativa, donde son palpables la esencia y el fulgor de su talante costumbrista, y los libros, “Construyendo décima” y “Construyendo soneto”, ambos pertenecientes al género didáctico. Actualmente, es miembro activo de la Unión de Escritores de Sucre, UES, de la Asociación de Compositores de la Sabana, Ascosa, y del Círculo de Escritores Corozal, CEC. El 12 de diciembre de 2019, en la sesión solemne, el Instituto Simón Araújo le hizo entrega de una Mención de Reconocimiento y Gratitud por los servicios docentes prestados a esta institución, su larga trayectoria en la Supervisión Educativa del departamento de Sucre y su consagrada dedicación al bellísimo arte de la creación musical.
Sincelejo, miércoles 26 de junio de 2024











