Días después de los ataques coordinados en Francia parece que todos se creen secretarios de Estado.
Por Juan Carlos Conde Potes
Súbitamente, cada persona tiene un conocimiento enciclopédico de diplomacia e historia del Medio Oriente. Pero el tema es uno mucho más complicado que el que quieren abordar. Y a la vez es mucho más sencillo.
La mayoría cree estar en el lado correcto de la historia. Que su moral define la misma naturaleza de los tiempos que viven. No solo esto, pero están dispuestos a perpetuar la Falacia del Historiador. La idea de que si estuvieran en los momentos más importantes de nuestra historia compartida, se hubieran comportado de manera honesta y altamente moral. Que si estuvieran en 1939 y Alemania empezara el proceso que culminaría en el Holocausto, ellos defenderían a los judíos de una manera tan apasionada y humanitaria que harían ver a Oskar Schindler como un perro ciego.
Sin embargo, a la hora de la verdad los ataques terroristas de DAESH (o ISIS) han acabado con la vida de miles de musulmanes y han convertido a los ciudadanos de un Estado perdido en refugiados e inmigrantes buscando desesperadamente un hogar y la oportunidad de reconstruir sus vidas. Todo el mundo ha decidido que sus vidas no valen el riesgo (inexistente) a que alguno de ellos sea un terrorista infiltrado. A pesar de que los ataques terroristas en Paris, ni siquiera fueran perpetrados por refugiados de Siria.
Esta retórica sumergida enteramente en el racismo ha convertido al refugiado en un monstruo escondido debajo de las camas del hombre blanco, a pesar de que éste es responsable por la situación en el Medio Oriente. Las administraciones de Obama y Bush son directamente responsables por acelerar la caída violenta de cualquier estabilidad que pudiera haber existido en esos Estados.
Si no asumimos compromiso con las vidas que nuestros impuestos, alianzas, creencias y demás han destruido, ¿qué clase de seres morales somos?
Cuando el Presidente francés responde al terror que se ha infligido en su ciudad capital con un gesto humanitario tan enorme como abrir las fronteras para los refugiados mientras que el congreso estadounidense decide congelar el proceso de admisión para los mismos, hay que preguntarse qué tipo de lógica justifica la idea de ser un servidor público y tener tan poco gusto por la supervivencia humana o social.
Y mientras Canadá empieza a restaurar el daño creado por un Primer Ministro racista cuya dedicación a la exclusión de los musulmanes del proceso político y de la vida canadiense solo puede ser eclipsada por su incompetencia, la derecha política decide incrementar la intensidad de su retórica aún más.
La historia del siglo veinte está llena de millones de personas que perdieron su hogar debido a las guerras pugnadas por los Estados Unidos y los refugiados en busca de un hogar y la posibilidad de supervivencia que tocan en las puertas de las muchas pseudo-civilizadas naciones del oeste. Si consideramos la narrativa del Siglo XXI como una en la cual tratamos de evitar los errores del siglo XX, la prioridad más grande es entonces la priorización de la vida humana.
El negar la posibilidad de supervivencia y hogar a los refugiados basados en premisas falsas como el hecho de que puedan desestabilizar la economía (lo que es enfáticamente incorrecto) o que puedan ser terroristas en secreto (una idea basada en que los ataques en Francia fueron causados por refugiados Sirios, que por cierto, también es incorrecta) sería equivalente a negar refugio a los judíos durante la Segunda Guerra Mundial o a los Campos de Concentración donde miles de familias asiáticas fueron puestas en los Estados Unidos mientras que la guerra explotó en el frente pacífico.
Es injusto, inhumano, cruel y completamente innecesario. Y mientras esas palabras apliquen a una situación sociopolítica, tal vez haya que cambiar el tono y el tema de la conversación.











