Pocos hombres en la historia han escrito su victoria sin usar la fuerza de las armas. En África surgió un líder negro que usó el poder de la sonrisa para devolver todo un país a quien en realidad pertenecía.
Escrito por: Jorge Sarmiento Figueroa – Editor
Cuando decimos «África», la raza negra es la primera por excelencia. Pues no. Durante muchos siglos y durante casi todo el siglo XX, los negros fueron avasallados en su propia tierra. Hasta cuando Mandela llegó.
Nelson Mandela es a Suráfrica lo que el Mahatma Gandhi es a la India. De hecho, el líder político y espiritual hindú fue la fuente de inspiración que utilizó el africano para soportar 27 años confinado a calabozos y salir sonriente para cumplir su propósito: libertar a la raza negra del yugo de los blancos (primero los holandeses y luego los británicos) y devolverles el poder luego de siglos de conquista y colonización de los venidos de Europa.
Esa lucha le duró a Nelson Mandela toda una vida. Desde cuando nació, en 1918, a pesar de ser descendiente de sangre «real» de una de las tribus de su país, sufrió en carne propia el aplastamiento de los derechos de su raza, que se recrudeció luego de sus protestas y se convertiría en una de las más horrendas figuras políticas de la historia, bautizada como el apartheid.
Con el apartheid, los holandeses y británicos prohibieron a los africanos lo impensable, en su propia casa. No podían, entre muchas otras cosas, bañarse en la playa, tomar tranquilos un autobus o seducir a una bella dama o un varón de otro color. Ni visitar a un amigo en el 80% del territorio en el que vivían, porque ellos solo podían quedarse allá, en el lado de los «negros».
Si en aquel momento los británicos y holandeses decentes veían en el patio de sus casas a sus mascotas dormir a la intemperie y con sobras de comida, seguro ignoraban que por culpa de sus colonias muchos seres humanos estaban peor solo por tener la piel distinta.
Por pelear por esa realidad, Mandela duró en prisión de 1964 a 1990. Nunca dejó que sus convicciones desfallecieran. Dejó las armas y no grito más, pero no aceptó la libertad condicionada que le ofrecían. Cuando en verdad salió libre, antes que armar una guerra, armó la paz. Unió sus manos con el entonces Presidente Frederik Klerk y devolvió los derechos a los de raza negra sin devolver la bofetada a los blancos.
No lo hizo y en 1995 culminó el gran logro de su grito de libertad al ser el primer Presidente negro de Suráfrica, elegido democráticamente. Con él, su país se convirtió en poco tiempo en modelo de integración y desarrollo.
Hoy, cuando su nombre era usado como símbolo mediático de integración racial por blancos, negros, amarillos y todos los colores de piel, Nelson Mandela murió dejando en su tierra el legado de un grito que, a pulso, se convirtió en sonrisa de libertad. ¡Ah! y cómo olvidar aquel heroico equipo de rugby que, inspirado en la mística de Mandela, ganó el campeonato del mundo y elevó el autoestima del pueblo surafricano.












