Homenaje a las víctimas que cayeron en los sórdidos intentos por doblegar la integridad de un pueblo.
Por: Hernán de la Ossa
¡ Colombia remozó! O está viviendo un sangriento “TBT”. La nación en distintas etapas históricas ha estado a merced de grupos subversivos que por razones e intereses similares han flagelado y mancillado la paz y la cordialidad del colombiano. Los registros históricos hablan por sí solos, nos cuentan sobre guerras civiles, conflictos políticos, el afán de lucha contra la droga, la delincuencia común, registros que se atiborran cada decenio y en los que desgraciadamente la escena es la misma.
Con distintos atavíos se ha presentado la violencia en nuestro país, incluso se vistió de nobles causas como las que capitanearon nuestros próceres que nos brindaron la libertad que en el siglo XXI echan por la borda, una vez más. El tema en cuestión (del cual emerge la dedicatoria en estas líneas) es el estado de desprotección de quienes nos protegen. Nunca bien ponderada, la policía nacional que merodea en horas lóbregas las calles de nuestros pueblos y ciudades resguardando en sus ínfimas fuerzas la seguridad de sus semejantes, es vilmente demacrada por varones cuya única recompensa es la sangre aún caliente de estos uniformados legales.
¿Quién protege a los protectores? La divina providencia. Las alocuciones ministeriales y los altos mandos militares prometen acciones contundentes que se reflejarían en bajas y capturas, mientras en las calles corren ríos de sangre humana e inocente y las madres, hijos y cónyuges acompañan a sus interfectos parientes. Esta escena de terror la hemos vivido antes y estamos en medio de un “TBT”. Cambiaron los verdugos, pero las bombas, los atentados, los inescrupulosos informantes, los sicarios en motocicletas, las altas sumas de dinero a cambio de cadáveres, siguen siendo las mismas que otrora la prensa cantaba, hoy con otros nombres, pero con la misma esencia de un crimen ejecutado. El casete se rebobina una y otra vez.
En todas las guerras, indefectiblemente los grandes damnificados son los miembros de la fuerza pública y desde luego sus cercanos. Los sórdidos intentos por resquebrajar el brazo armado legal de la nación han facturado cifras inimaginables, en lo que podríamos llamar una guerra, pero que a la postre del derecho es un crimen de lesa humanidad en el que Colombia se mantiene con las manos atadas a la columna, así como Jesucristo, recibiendo humillaciones, golpes y muertos, más muertos.
“lo que se ha hecho no se puede deshacer, pero se puede evitar que se haga de nuevo” Ana Frank. Parece ser que Colombia olvidó sus históricos muertos y que el empeño de botar a la basura el terrible argumento de esta sangrienta novela de dolor e impotencia colectiva, no es más que la demagógica ilusión que figura como un consuelo general.












