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Clases de béisbol para tenistas

Por: Oscar Tobón P

El pasado domingo asistí a la segunda jornada de la recién inaugurada temporada del béisbol profesional colombiano, para observar el encuentro entre los Caimanes de Barranquilla -actuales campeones- y Tigres de Cartagena.

A simple vista para un periodista como yo, dedicado a cubrir exclusivamente el tenis, parecería más una visita al zoológico que una contienda deportiva. Cuando crucé la puerta número dos del que los expertos en cuestiones beisboleras llaman diamante, por su parecido en la forma a la joya preciosa, según me explicó durante el juego mi colega y amigo Boris Páez.

Sobre el mencionado diamante o play, como también se suele denominar al terreno de juego, no encontré  la lucha entre anfibios y felinos que yo esperaba cual función del circo romano. Por el contrario, hallé a dieciocho atletas enfundados en unos vistosos uniformes, unos flexionaban su cuerpo lo que en el deporte blanco llamaríamos activación, y los otros dentro de una jaula cuales fieras hacían un swing muy parecido al que hacen los tenistas, con la diferencia de que estos lo hacen con un garrote al cual llaman bate (aquí mi amigo Boris esboza una leve sonrisa en su ancho rostro para darme el nombre técnico del manduco).

Mientras eso pasaba, una voz que salía del fondo del escenario como del más allá  decía los inicialistas o line up, a lo cual los presentes respondían con grito de júbilo; esa bulla se hizo inmensa, honda, profunda, cuando la voz de ultratumba mencionó a un tal Harold Ramírez. Parecía como si el gran Roger Federer saliera a jugar el match final de un torneo ATP. Viendo esto le pregunte a Páez por qué la reacción  de la gente, y él, con un hablar muy caribe, me dijo: «Ese man es un Grandes Ligas, o sea el mejor béisbol del mundo, el de los Estados Unidos; ahí donde tú lo ves con esa pinta de roquero lleva dos años en la gran carpa con los Indios de Cleveland».

Terminado el ritual de la presentación, todo quedo listo para la confrontación beisbolística. Un equipo, o novena, se acomodó dentro del campo ocupando unos cuadritos blancos a los cuales les dicen bases, que están en una zona de arena, ahí se acomoda parte del team, los jugadores restantes se sitúan en el área verde o jardines, los cuales cómo cosa rara no tienen flores, hay dos beisbolistas muy importantes: el lanzador, que se para en la lomita que no es más que el centro del terreno, y el cátcher, que se arrodilla detrás de algo a lo que llaman plato  como si estuviera rezando en cuclillas, luciendo una máscara metálica y una pechera.

En eso llega uno de los hombres de los Tigres con casco y bate en manos, se para en el plato y en seguida un hombre vestido de fúnebre también enmascarado gritó con fuerza «¡play ball!». Ese señor es el umpire, lo que para los tenistas es el juez de silla. Cuando eso pasó yo pregunté a cuántos sets se juega, a lo cual el eminente periodista Andrés Noé Gómez entre risas me respondió: «no, aquí no hay sets, son innings y son nueve, se acaban cuando sacan los tres outs correspondientes».

La gente gritaba «¡ponche!» cuando el beisbolista no podía pegarle a la bola y yo me preguntaba cuál ponche si aquí solo venden agua, cerveza y gaseosa. Ya sobe la parte final, Ramírez mandó la pelota fuera del estadio y Boris dijo alegremente «¡home run! Lástima que no fue un grand slam».  Boris me miró: «Antes de que preguntes, grand slam es cuando las bases están llenas, o sea, hay hombres en cada cuadrito blanco. Y home run no es que corras a tu casa, sino que el bateador le da la vuelta al diamante de manera libre, base por base, porque ha logrado anotar carrera cuando bateó la bola fuera del campo». D

Después de esa jugada cayó el ultimo out del octavo inning. Entraron a batear los Tigres, no pudieron hacerlo y con esto los Caimanes se engulleron a los Tigres 5 a 3 y yo pude entender, creo, al llamado rey de los deportes.

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