Opinión

Auscultando la codicia

Por: Jorge Guebely 

Razón tiene el profesor Marcelo Bergman: no es la pobreza el origen de la violencia, semeja más su consecuencia. Basta recordar el empobrecimiento de Colombia después de la guerra de los mil días. Imaginemos la indigencia del pueblo palestino después del infame genocidio perpetrado por la extrema derecha israelí, facción incrédula de Cristo, profeta del amor. Ellos aún esperan su Mesías, siguen la Torá, Antiguo Testamento poblado de acontecimientos violentos. 

Es la codicia capitalista la fábrica de todas las violencias. Convierte a las personas en avaras, máquinas programadas para mezquinar y criminalizar. Deshumaniza con la obsesiva aspiración de riqueza. Al pobre lo instiga a soñar con ser rico: al rico, con amontonar más hasta diluirse en lo amontonado. Enfermedad mental, destroza cualquier sensibilidad humana, ignora a los caídos en la miseria. Verdaderos salvajes, banderean el salvajismo del capitalismo salvaje.

Estómagos voraces, origen de todas las delincuencias económicas, de todos los delincuentes terrenales. De muchos crímenes, lo predijo Balzac a su manera. De múltiples negocios ilícitos: drogas prohibidas, minería ilegal, repuestos automotrices, robo de celulares, prostitución organizada, extorsiones, robo de gasolina, saqueo del erario público…

Temibles codiciosos, operan en bandas jerarquizadas, desde las más pequeñas: delincuentes callejeros, atracadores, fleteros, vendedores de drogas… Pasando por bandas de medianas envergaduras: Maras de El Salvador, Tren de Aragua en Venezuela, Rastrojos del Pacífico Colombiano, Paisas en Medellín, Pachencas del norte colombiano… 

Hasta alcanzar estatus de bandas mayores: traque-guerrilleros, Clan del Golfo, Paramilitares… 

Por encima de ellos, la banda de “los patrióticos”, codiciosos del erario. Políticos y empresarios con rostros de delincuentes ocultos en máscaras sociales. Los de ahora: Olmedo López, político; Luis Eduardo López Rosero, empresario. Los locales: Cielo González Villa, política; Germán Trujillo, empresario. Los nacionales: Luis Alfredo Ramos, político; Carlos Mattos, empresario…

Y más arriba, Ellos. Los poderosos de la codicia, Las elites mundiales, beneficiarios de todas las violencias de la tierra, cima suprema de la avaricia. Sus excesos de voracidad y de clandestinidad los convierten en eminencias del terror, depredadores de cualquier paz, verdaderos criminales agazapados en el prestigio económico.

Codicia, modo esencial del capitalismo, “origen de todos los males”, según André Maurois. Germen de la descomposición moral personal y social. Convierte en sandeces la existencia y en fúnebre la vida. Arrea hordas jadeantes detrás del dinero, transportadas por la peor miseria en la consciencia y la peor debacle en el alma. Abrazadora sed insaciable, tejedora de muchos horrores. “La guerra es un negocio. Con mucha frecuencia, es la codicia y no el patriotismo lo que la alimenta”, afirma con razón Robert Kiyosaki, autor del libro “Padre rico, Padre pobre”.

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