Por: Francisco Figueroa Turcios
—¿Estás seguro de lo que vas a hacer? —me preguntó Karen Ortega al otro lado del teléfono, mientras yo conducía por una oscura carretera, cerca de la medianoche.
—No —contesté—. Pero siento que debo hacerlo.
Había decidido reinventarme, salirme del mundo que había creado y que ya no disfrutaba. Los últimos años habían sido tiempos difíciles, de aprendizaje, de considerables pérdidas. Manejé toda la noche sin rumbo fijo; tan solo me detuve un par de veces a cargar gasolina, pero ya iba a amanecer y necesitaba encontrar un destino temporal.
En las primeras horas del día llegué a una ciudad que me sorprendió por sus espectaculares playas, un sitio ideal para dejar atrás el estrés y las responsabilidades que generan las grandes capitales. Alquilé una habitación en un motel de paso y comencé a explorar este nuevo mundo, tan sencillo, pero tan fascinante al mismo tiempo. No quería nada de lo vivido antes; ya había pasado por importantes empresas de comunicaciones, ya había viajado por el mundo, ya había ganado dinero, ya lo había perdido y ya lo había vuelto a ganar. Decidí, simplemente, tomarme algún tiempo para mí, para hacer lo que se me antojara, sin fijarme en horarios, jefes o grandes compromisos.
Y así, en un día cualquiera, abrí como por impulsomi viejo computador, y en un archivo en blanco comencé a escribir: “Carlos Valderrama, el camino más largo de Santa Marta a Barranquilla”. No sabía por qué me había decidido por ese tema, pero de un momento a otro empecé a recopilar y a redactar datos del ídolo de mi niñez, sin tener ningún tipo de pretensión. Nunca me imaginé publicarlo, nunca me imaginé ni siquiera mostrárselo a alguien en particular. Hasta ese momento, era un texto igual a tantos otros, que solo quedan en el archivo privado de los que presumimos dedicarnos a esta profesión.
Con el pasar de los días, me vi sentado por horas delante de mi computador, buscando más información, llamando a colegas, viendo videos de momentos especiales del equipo de mis amores. Algo me había reconectado con mi esencia: había vuelto a ser aquel niño que iba emocionado al estadio con su hermano Kike. Recordé de pronto imágenes mías con el uniforme del Junior, jugando solo en el patio de mi casa, tratando de recrear los goles que lograba ver en el noticiero. Por la manera como se dieron las cosas, confieso que mi propósito nunca fue escribir un libro sobre el Junior. La verdad fue que la idea me fue absorbiendo, me fue obsesionando cada vez más; veía por los ojos de ella, y al final, no me quedó más remedio que ejecutarla.
Inconscientemente, esta obra fue tomando forma, y cuando reaccioné, ya había escrito más de diez crónicas y biografías de protagonistas del Junior de Barranquilla, sin tener la más mínima idea de que derivarían en un libro de tales proporciones. Las tinieblas habían ido desapareciendo frente al camino de luz que nace desde la hoja en blanco. Allí fue cuando entendí que no podía continuar solo, y que, para mi fortuna, eran muchos los amigos con quienes comparto este sentimiento por el cuadro tiburón que, al igual que yo, tenían ideas e historias que contar, pero que por diferentes motivos no habían encontrado el espacio indicado para hacerlo. Fue en ese entonces cuando decidí invitar a cinco de ellos a unirse a esta aventura editorial, cinco amigos que luego fueron diez, diez que se transformaron en treinta y esos treinta, en sesenta. Un número increíble.
Lo que había comenzado como una serie de historias sueltas se transformó en un gran proyecto, que contó con el respaldo de la pluma salvadora del “pequeño gigante del periodismo”, el multipremiado Fausto Pérez Villarreal, quien me secundó desinteresadamente en cada idea, cada letra y cada imagen, que fuimos creando y recolectando. Y el ingrediente final de este sorpresivo inicio fue cuando encontré a Salwa Abdallah, una joven e intrépida reportera que, con amor maternal y un altísimo sentido de pertenencia, se convirtió en la gestora de este proyecto. Aún recuerdo cuando hablamos por primera vez: “Nunca he trabajado en algo similar, pero estoy segura de que lo voy a hacer muy bien”, me dijo. Lo que ella no sabía era que yo me encontraba exactamente en su mismo punto.
Con la obra en nuestra mente,empezamos a trabajar diseñando el hogar en el que viviríamos los siguientes doce meses: biografías, campeonatos, momentos especiales y material digital extra. Cada submundo tendría su propia forma, su propia historia y su propia vida. Y cuando parecía que ya nos encontrábamos en la ruta directa hacia el diseño final del libro, Salwa y yo lo volvíamos a cambiar, inconscientemente quizás, para hacerlo más divertido.
Reconozco que fue muy difícil encarar la responsabilidad de este proyecto, porque en el pasado varios antecesores realizaron un trabajo increíble armando las piezas de la hermosa historia de nuestro equipo, que se publicó en distintos años. Así que nuestra cuota de originalidad partió desde el puntode que esto no iba a ser la historia del Junior, sino las diferentes historias del equipo, desde la óptica de cada escritor, y las vivencias de cada protagonista.
A cada colaborador se le entregó una responsabilidad basada en su afición por algún jugador o técnico, con la única condición de haber compartido cosas con ese personaje, o haberlo visto en vivo y en directo. Con los textos terminados, empezó el otro trabajo, tan agotador como gratificante: Salwa, Fausto y yo analizamos cada idea, cada frase, cada letra y cada sílaba, respetando estrictamente el estilo y el mensaje de cada escritor, en una ecuación que jocosamente llamamos “Comience, pare, repita y comience otra vez…”.
Al final, logramos hacerles un diseño gráfico exclusivo a cada protagonista y a cada momento, sumándole a eso la nada fácil labor de recolección de fotos, que nos dejó sin dormir más de una noche. Y fue precisamente en un momento de esos cuando mi hermano Orlando me sugirió el nombre que les ganaría a todos los demás propuestos con anterioridad: Junior de Barranquilla: inédito. Y no encontramos nada más preciso que eso.
Este libro fue el producto de un trabajo arduo, constante y disciplinado, que gozó de colaboradores cuyas edades oscilan entre los veinte y los ochenta y tres años de edad, lo cual nos dio la posibilidad de entregar varias miradas y varias historias de un mismo amor verdadero. Se realizó con el objetivo de hacer feliz a nuestra gente, y para que varios de los jugadores y técnicos que han ayudado a hacer grande a nuestro equipo, gocen eternamente del reconocimiento que se han ganado a pulso, me relató Gabriel Jessurum, cada detalle como se forjó el valioso libro Junior de Barranquilla: inédito. Su relato fue emocionante de principio a fin.














