Por: Francisco Figueroa Turcios
Hay canciones que nacen para alegrar una parranda y hay otras que nacen para impedir que el olvido. La canción que Diomedes Díaz le dedicó a Consuelo Araujo Noguera pertenece a estas últimas.
Se llama simplemente “Consuelo”, como si el nombre bastara para convocar una vida entera, una mujer, una historia y también una ausencia que todavía duele en Valledupar y todo el folclor vallenato. Han pasado 25 años desde aquel septiembre oscuro en que la violencia arrancó de la vida a la mujer que Colombia aprendió a llamar La Cacica. Veinticinco años después, cuando Valledupar vuelve a preparar homenajes para recordar su legado, la voz de Diomedes regresa como un eco que atraviesa el tiempo.
Canción para la eternidad…
Porque Diomedes no necesitó grandes discursos para despedir a Consuelo Araùjo Noguera: le bastó una canción.
“Le voy a cantar a un alma que está en el cielo”, dice al comienzo de la composición. Y desde ese primer verso la canción adquiere el tono de una conversación entre la tierra y el cielo. El cantante mira hacia arriba buscando una señal entre las nubes, mientras abajo queda un pueblo intentando entender cómo una mujer que parecía destinada a vivir eternamente pudo marcharse de repente.
Diomedes Dìaz, con esa manera suya de convertir el dolor en melodía, encontró en las nubes una metáfora sencilla y poderosa. Las nubes pasan. Se van. Desaparecen detrás del horizonte. Así quiso explicar la partida de Consuelo. Pero las nubes no se llevaron su historia. La dejaron aquí. En Valledupar. En el Festival de la Leyenda Vallenata. En las voces de los juglares.
En las generaciones que aprendieron que el vallenato podía ser mucho más que acordeón, caja y guacharaca: podía ser también identidad, memoria y patrimonio. Por eso, cuando Diomedes Dìaz canta que las nubes le traen recuerdos y que por mirar hacia arriba termina llorando, no está llorando únicamente por una amiga o por una mujer querida. Está llorando por una época. Por la partida de una de las grandes arquitectas de la historia moderna del vallenato.
La Cacica, vive !!!

Por eso la muerte no consiguió llevarse completamente a Consuelo Araùjo Noguera. Se llevó su cuerpo. Pero dejó intacta su obra. Y allí aparece Diomedes. El hombre que tantas veces convirtió sus propias penas en canciones entendió que la mejor manera de despedir a La Cacica era cantándola.
Diomedes Dìaz, no escribió una elegía distante. Escribió una canción cercana. Humana. Dolorosa. Cuando le dice: “Adiós Consuelo, te fuiste del Valle”, pareciera que toda la ciudad estuviera pronunciando esas mismas palabras.
Porque Consuelo no se fue solamente de una casa. Se fue del Valle. Se fue de sus calles. De sus reuniones. De sus conversaciones. De las esquinas donde seguramente su nombre todavía aparece cuando los mayores recuerdan los tiempos en que ella empujaba el Festival hacia adelante.
Pero Diomedes sabía que había una manera de hacerla regresar. La música. Y entonces la puso entre las nubes….
«Las nubes que van pasando me traen recuerdos
Por eso cantando lloro al mirar pa’ arriba
Porque así como esas nubes se fue Consuelo
Y allá entre nubes quedó su vida«…
Allá donde, según la inspiración de Diomedes Dìaz en su canción, quedó su vida. Quizás por eso “Consuelo” vuelve a tener vigencia cada vez que el calendario marca septiembre y el recuerdo de La Cacica vuelve a estremecer a Valledupar.
Porque las canciones verdaderas no envejecen. Esperan. Esperan que una fecha, una fotografía, una celebración o una ausencia vuelva a abrirles la puerta. Y 25 años después de su asesinato, la canción de Diomedes parece haber encontrado nuevamente esa puerta abierta.

Foto: Consuelo Araùjo y Diomdes Díaz
Hoy, cuando las nuevas generaciones preguntan quién fue Consuelo Araujo Noguera, quizá no sea necesario responder solamente con fechas, cargos o reconocimientos. También se puede responder con música.
Con la voz de Diomedes. Con el acordeón de Cocha Molina sonando a lo lejos.Con una nube atravesando lentamente el cielo de Valledupar. Porque hay mujeres que mueren una vez y otras que, gracias a la memoria de un pueblo, consiguen seguir viviendo muchas vidas.
La Cacica pertenece a las segundas. Diomedes lo entendió aquella vez frente a su dolor. Por eso la despidió cantando.Y quizá sin proponérselo, convirtió la despedida en permanencia.Veinticinco años después, Consuelo sigue caminando por Valledupar.
Camina por las páginas de la historia. Por las calles que alguna vez defendió. Por las notas de los acordeones.Por la memoria de los juglares.
Y, sobre todo, por aquella canción en la que Diomedes levantó los ojos hacia el cielo para buscarla entre las nubes. Las nubes siguen pasando. Consuelo, en cambio, se quedó. Se quedó en el vallenato. Se quedó en el Festival. Se quedó en la memoria.
Y cada vez que Diomedes vuelve a cantar desde algún rincón del Caribe, parece decirle al Valle lo mismo que dijo hace 25 años: Adiós, Consuelo. Pero esta vez la despedida ya no suena a muerte. Suena a eternidad.











