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Al policía le cuesta ser porrista

¿Por qué quien motiva no puede ser el mismo que impone la disciplina? alentar y exigir parecen dos verbos excluyentes entre sí, pero no es así…

Por Jairo Castañeda

La gran incógnita para los expertos en coaching, aplicado al liderazgo, es la siguiente:  ¿Por qué el que motiva no puede ser el mismo que impone la disciplina?

¿Por qué es necesario buscar a un consultor externo que le hable animadamente a nuestro equipo de trabajo, y no usamos a alguien de la casa?

El grupo puede cansarse de ver al mismo líder, y todo lo que este diga, de tanto repetirlo, puede sonar a sermón. Como el hijo que está cansado de escuchar a su madre insistir en el orden de su habitación.

El trabajo de una porrista consiste en alentar incansablemente, en las buenas y en las malas, ¡Y dale! ¡Y dale! ¡Y dale equipo dale! pero no sería lógico que esa misma porrista se coloque en el rol de auditor, haciéndole ver al equipo los aspectos en los que está fallando. Sobre todo si la retroalimentación se hace con crudeza, como suele darse entre las personas que comparten mucho tiempo juntos (familia, compañeros laborales, entre otros). Cuando permaneces mucho tiempo ante la gente con la que rompiste el hielo, ¿puede que decaiga la emoción? … y las correcciones se hacen sin sonreír.

Teóricamente, sería difícil fusionar el rol de una porrista con el de un policía. Animar y ajusticiar parecen verbos que se conjugan de forma excluyente, pero ejemplos excepcionales se han visto y uno de ellos es Pep Guardiola, ex DT del Barcelona en sus épocas doradas: Motivaba a su equipo, defendía a sus jugadores pero no les perdonaba que hicieran algo en contra de los intereses de la institución. Una cosa es defender al recurso y otra es alcahuetear.

Al padre de familia, con correa en mano listo para reprender, no se le asocia con el hincha sabio que te da el espaldarazo motivador en el momento clave. Se ha creído que “un padre no puede ser amigo del hijo”, o que “el líder no puede ser tan alcahueta con los miembros del equipo”. El que corrige inspira miedo. El que alienta despierta esperanza. Sin embargo, con un alto grado de inteligencia emocional, un jefe o líder puede desarrollar habilidades con las que logre animar a su equipo, sin perder el nivel de exigencia necesario.

Dando el ejemplo, claro está: “seré exigente con ustedes como lo soy conmigo mismo”, ejemplares palabras iniciales de Pep Guardiola en su debut como director técnico, que para todos sonaron alentadoras. Sólo los sabios logran mezclar elementos teóricamente incombinables.

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