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Alta joyería nacional

Los indígenas tenían magia en la orfebrería con delicadas filigranas en oro. Ahora hasta la Policía los quiere imitar, con anillos de poco brillo.

Adlai Stevenson Samper

Adlai Stevenson Samper.

Adlai Stevenson Samper.

Los ancestros indígenas presentan, para gloria de la posteridad, su talento en la orfebrería con delicadas filigranas en oro, piedras preciosas y toda la parafernalia que volvió locos a los españoles que, adonde quieran llegaban con su marcha de atropellos, señalaban –es un decir; mataban-, en qué sitio de la intricada geografía se encontraban ubicados los míticos territorios de El Dorado. Creo que fue la primera vez en nuestra historia que surgió el acosador interrogante: “¡El anillo o la vida!”.

Se preguntaran ustedes: a estas alturas del partido, qué extraño bicho me ha picado para que salga con semejante tema manido de antropólogos y arqueólogos, propio de los folletos turísticos del Museo del Oro, de delicadas elucubraciones de académicos de esos que nunca han soltado la sartén por el mango en estas cuestiones –como si ellos lo soltaran-, (gracias Cepeda!), en un tema absolutamente de moda en estos días en que todos hablan de la secreta ‘comunidad del anillo’ como receta mitológica sexual de procedimientos administrativos.

Para qué, insisto a manera de excusa, devolver la película si ya todos saben que se trataba de un círculo rosa al interior de la policía, que constaba de lindos alféreces con igualmente lindos congresistas y funcionarios del Estado.  Todo pura lindura, pero también materia ampliamente desgastada en los medios de comunicación durante estos días por los defensores del derecho a la intimidad, a la libertad sexual, libertad de expresión y a Libertad Lamarque. Libertad, ¡cuántos crímenes estéticos, periodísticos y sexuales se comenten en tu nombre!

Lo nuevo, que se rumora en la alta burocracia bogotana, es la continuidad del legado estético de los indígenas a través de otras comunidades con nombres igualmente relativos a la joyería. La del brazalete, como el inmortal porro de Pacho Galán. La de la cadena, cada vez entiendo menos estas alusiones sexuales con joyas, y la del arete. A esta última le he tirado seso –sexo-, a ver cómo funciona en la práctica siguiendo la misma idea morfológica sexual del anillo, con la final confesión de parte que mi imaginación no llega a tanto.  Ni taladro que fuera.

Así que gran parte del modelo de ascensos en la policía se encontraba centrado en las anilladas de motor. Todos andando con suma gracia después del procedimiento produciendo un solaz de innegable coquetería enfundados en el rígido uniforme verde, negándose uno a creer que después de todo un día combatiendo el crimen en las calles se sentaran en delicada pose de peluquería a comentar sus andanzas y mucho menos tratándose de “niña”, de “ella”, de arrebatamachos y de loca vieja. ¡De espanto y Almodóvar, lo juro!

En cuanto a la comunidad del brazalete, funciona con las damas. Perentorio el requisito: Lo da o no lo da y la que no vuela no sube, como diría el piloto Rafa Escalona.  Respecto al de la comunidad del arete ya les mencionaba que no pude descifrarlo pues me niego rotundamente a creer que el hoyo del oído sirva para algo más que para servir de receptor de la escucha y cuya máxima habilidad erótica, en lo que a respecta a mis modestos conocimientos, consiste en saber echar bien el cuento pues ya lo dice el refrán que a los hombres les entra el sexo por los ojos y a las mujeres por los oídos. Nada nuevo.  De lo que sí estoy plenamente seguro es que a nivel administrativo político estamos regresando a la edad de los metales, lo cual habla muy bien de los alcances de las políticas culturales del Estado en la defensa de nuestros más nobles ancestros culturales.

El problema son las instituciones e institucionas de nuestro sistema político con esas andanzas. Pueden malograr el alma del estado y la estada, cosa terrible y terribla por donde quiera que se le mire. Un naufragio colosal del que no se encuentra exento el Das si lo Das, la policía y polillos, Ministros y ministras, las cortes y los cortes; en fin, la estabilidad moral de la república en materia de sus más preclaros y preclaras miembros y miembras en materia sexual. Saludos, Nicolás, por tu aporte a la sintaxis de género.

Y usted: ¿Se dejaría anillar? ¿Soltaría el brazalete? ¿Misión imposible con el arete? Ya lo sabe, estamos en alta joyería nacional.

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