Por Jorge Guebely
Un burro nunca pone minas antipersonales, ni vuela oleoductos, ni secuestra personas. Solo hay paz y sabiduría en sus negros ojos ovalados. Ningún dios ha podido expulsarlo del paraíso terrenal.
Es también más inteligente que el Ejército Nacional, carece de instinto pendenciero. No ejecuta falsos positivos para ganar prebendas, ni viola niñas del campo y asesina a sus hermanitos. Nadie como él respeta la vida ajena.
Su honestidad supera la moral de magistrados. No trafica con tutelas, ni se hace cómplice de paramilitares, ni usurpa tierras a campesinos pobres, ni tima las pensiones de viudas indefensas, ni comercia con la justicia. Ofendería al burro meterlo en los recintos de las altas cortes.
Lo humillaríamos si lo comparáramos con el expresidente Uribe. Sus labios sólo ofrendan rebuznos, deliciosos cánticos a su dios, no belicosos discursos para promover absurdas guerras. Tampoco aspira a la presidencia, ni urde trampas a la constitución para re-elegirse, ni utiliza políticamente fuerzas oscuras de ejércitos privados. Prefiere vivir en vez de ambicionar poder.
Peor ofensa si lo equiparáramos con el procurador. Natural es el dios del jumento y limpia es su lengua. Ninguna mentira sale de su corazón. Jamás afirmaría que las Farc se fortalecieron militarmente mientras dialogaban en La Habana si el ejército estuvo siempre en plenitud de sus funciones.
Sería tortuoso ponerlo en el congreso. Su honradez no le permitiría tramar artilugios para ganar en las trampas del Estado. Y su capacidad de trabajo le impediría sentarse años, décadas, para no hacer nada. Largas son las distancias entre el animal laborioso y el animal político.
Admirable porque no lo corroe el celo, ni siquiera con el ‘caballo fino’. No le importa si éste funciona como artículo de vanidad. Ningún parecido con el ministro de hacienda y el vice-presidente de la república, ambos celosos por afanes presidenciales. Más altura humana hay en el burro que en la conciencia de los pre-candidatos.
Si hablara, nos enrostraría la estupidez de la guerra colombiana, confrontación de cuatro voraces Goliat contra un terco enano. Negocio electoral de candidatos y justificación programática de presidentes. Vaca que siempre carga la culpa de las incapacidades del Estado. Si la élite colombiana lo imitara, por fin sería inteligente. Estaríamos de retorno a la tierra prometida bíblica.
Pero basta oír un discurso político para certificar que aún circulamos inútilmente los laberintos del infierno.
¡Defendamos al burro que también es otra víctima como casi todos!
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