Opinión

La utopía viaja en el presente

Un aprendizaje y una visión nos lega el colapso de la situación política colombiana sucedida aquel 9 de abril de 1948, cuando fue asesinado el líder del partido político Liberal Jorge Eliécer Gaitán.

Por Mayra Martínez

[caption id="attachment_11646" align="alignright" width="300"]Jorge Eliécer Gaitán. Jorge Eliécer Gaitán.[/caption]

El hecho de que un hombre tuviera ideas diferentes a las plasmadas por otros caudillos terminó en eco hasta  nuestros días. Los conflictos civiles internos nos demuestran que somos un país de capas heterogéneas sumergido de cabeza en la única salida: la violencia.

Uno de mis profesores hace dos días le preguntó a un compañero de clases: ¿Qué se conmemora el 9 de abril? El joven agacha la cabeza y suelta una carcajada de desinterés que otros dos más repiten. El veterano mira al tablero y se responde él mismo: el asesinato de Gaitán y el inicio de la ola de violencia más grande del siglo XX en Colombia.

Un colega al cual visité en Montería, Córdoba, me dijo que para alimentar un sentimiento había que recordar siempre una causa y una fecha. Una productora radial y muy amiga me comentó al oído y casi en secreto que una vez por año los colombianos nos colocamos de acuerdo para ayudar al planeta ante la violencia humana ambiental del mundo obligados por agentes ajenos. Al parecer la violencia, la fecha, la causa y un fenómeno común conforman el motivo por el cual nos encerramos los colombianos para conmemorar que la violencia es la causa,  por el cual nos sentamos a dialogar sobre la paz.

Y es así: la violencia es la constante de un país desequilibrado  que cojea en el significado de diversidad  haciendo cada vez más énfasis en la causa que tan lamenta. La violación de los derechos es la violencia que se vive día a día alimentado por una visión filosófica que nunca ha tenido fundamento en la real situación del país. Y a la cual no se le encuentra otra salida que la violencia física.

Durante mi jornada estudiantil me encontré con un amigo que me recordó que faltaban pocos días para reunir el grupo de personas con discapacidad y le dije lo de siempre: «vamos a hablar la misma mierda». Sonrió y murmulló: lo mismo de lo mismo, la violación  de los derechos humanos de un grupo más grande y menos visible en el país, como lo es Colombia. Me preguntó ya en su oficina qué pensaba al respecto de violación de los  derechos humanos y le contesté: «Este país está gobernado por  los intereses de quienes están siempre en el poder. Y quienes se atrevan a plasmar diferencias políticas están condenados a la única y absurda salida: la  muerte, un asesinato».

[caption id="attachment_11645" align="alignleft" width="300"]El caudilla Liberal en uno de sus apoteósicos discursos dedicados a la libertad. El caudilla Liberal en uno de sus apoteósicos discursos dedicados a la libertad.[/caption]

Desde mis tiempos de estudiante de bachillerato había oído con gran atención hablar del asesinato de Jorge Eliecer Gaitán, entonces comprendí que estábamos dominados por la utopía, un escape a la crueldad de la realidad, una vivencia edificada en las consecuencias de guerras internas de hombres inútiles que desbastaron el país fundamentándose en sistemas lejanos.

Como suele suceder desde los tiempos de las cavernas, en nuestras casas, en el colegio y en todo espacio político, el líder es sinónimo de una felicidad de diferente color, e igual de sentido común, a la cual acompañamos con la utopía, esperanza de un mañana mejor donde no haya derramamiento de sangre, sin darnos cuenta que la violencia, el irrespeto a la vida es la derivada  de un país que sufre de un circulo vicioso, que vive una nostalgia colectiva utópica por aquello que nunca llega. Más que cierto es el ejemplo de la comunidad indignada aquel 9 de abril cuando un joven estudiante redactó en su memorias medio siglo después cómo fue la reacción de los colombianos que protagonizaron la lincha popular al asesino de Gaitán. «Los más exaltados obedecieron. Agarraron por los tobillos el cuerpo ensangrentado y lo arrastraron por la carrera Séptima hacia la plaza de Bolívar, entre los últimos tranvías eléctricos atascados por la noticia, vociferando denuestos de guerra contra el gobierno. Desde las aceras y los balcones los atizaban con gritos y aplausos, y el cadáver desfigurado a golpes iba dejando jirones de ropa y de cuerpo en el empedrado de la calle. Muchos se incorporaban a la marcha, que en menos de seis cuadras había alcanzado el tamaño y la fuerza expansiva de un estallido de guerra. Al cuerpo macerado sólo le quedaban el calzoncillo y un zapato. Los más exaltados obedecieron. Agarraron por los tobillos el cuerpo ensangrentado y lo arrastraron por la carrera Séptima hacia la plaza de Bolívar, entre los últimos tranvías eléctricos atascados por la noticia, vociferando denuestos de guerra contra el gobierno”, Vivir para Contarla, Gabriel García Márquez, año 2002, pág 336.

La violencia es la salida a toda oposición política, la eliminación de ese rival, del líder de la idolatría subjetiva de quienes quieren un mundo mejor donde se agoten los sentimientos malos del tren del pasado y se magnifique con la eliminación de ese  “estancamiento”.  Con las reacciones ante el asesinato de Gaitán se conserva la teoría de que volvemos a caer en la violencia física a la cual intentamos combatir de raíz  al igual que otros problemas inherentes  a este.

Una fecha especial es el lazo invisible que amara a los colombianos a recordar, vivir, un sentimiento pasado cuyo eco perdura en los escombros de un país sostenido con ideas europeas de desarrollo. Haciendo cada vez más denso esa identificación política ciudadana de la que tanto se especula su falta de conciencia.

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