Por Héctor Cabarcas
Seguro fue la rosa de los vientos la que lo trajo a la ciudad en los años 70 a estudiar ciencias sociales en la Universidad del Atlántico.
Su aplicación a los estudios duró unos cuantos semestres que solo le sirvieron para darse cuenta que llevaba una ruta equivocada. La dirección del viento cambió su vida desde que la veleta que señaló su destino comenzó a girar en sentido contrario. Le puso el pecho a la brisa y comenzó a remontar la corriente sin tregua.
Desorientado, alucinando en medio de la embriaguez por encontrarse a sí mismo, habitó la noche deambulando como un poseído, navegó por las aceras, se hospedó en hoteles de mala muerte, se emborrachó en bares y cantinas ocasionales donde negoció el amor con la falsa moneda de sus versos.
Así aprendió a pagarse con la palabra escrita y su verbo que lo hizo conocer en las esquinas. Esperaba el amanecer encaramado en algún balcón cuando se tomaba por asalto la casa de los amigos que le tendieran la mano, y que después se la retiraron. Supo ganarse el odio, pero también ha sido perdonado hasta setenta veces siete.
Se asomó en las murallas, ascendió las cordilleras, se extravió en la selva y naufragó en los mares. Hasta que descubrió que esa era su verdadera vocación. La literatura era su tabla de salvación.
Con la euforia de esa certeza abordó la lectura del Grupo Barranquilla, el Boom latinoamericano, la literatura psicológica norteamericana, los poetas suicidas, los poetas malditos, el siglo de oro español, los clásicos griegos.
Cuando por fin encalló en la arena, quemó sus naves; hizo una hoguera para fundirse en el crisol de su búsqueda. Hoy, después de ponerle punto suspensivo a la muerte que lo asechó, nos enseña los moldes de su devenir, pavoneándose airoso frente a la adversidad mientras asimila su idea de que ser artistas es una cosa difícil.
]]>











