Por: Francisco Figueroa Turcios
Hay equipos que atraviesan una crisis de resultados. Hay otros que atraviesan una crisis de identidad. Y hay momentos en que ambas cosas se juntan hasta convertir el fútbol en un laberinto sin salida. Eso parece estar ocurriendo con Junior.
Junior, actual bicampeón del fútbol profesional colombiano se ha divorciado de la victoria. Siete fechas han pasado y el equipo barranquillero todavía no conoce el sabor del triunfo: cuatro derrotas y tres empates. Apenas tres puntos que lo tienen en el puesto 19 de la tabla, solamente por encima del Deportivo Pasto, que acumula dos unidades y también permanece atrapado en un ayuno interminable de victorias.
¿Crisis?…

Para Junior, un equipo acostumbrado a caminar por la alfombra roja de los títulos, la fotografía resulta casi surrealista. El campeón parece haberse quedado sin corona.
Y lo más preocupante no son únicamente los números. Es la sensación que transmite el equipo cuando la pelota comienza a rodar. Hay partidos en los que Junior parece buscar una respuesta que no encuentra. Los pases pierden precisión, las ideas se hacen escasas, las individualidades no alcanzan para rescatar al colectivo y el gol, ese viejo amigo que tantas veces apareció cuando más se necesitaba, parece haberse marchado sin dejar dirección.
La camiseta sigue siendo la misma. La historia también. Pero el fútbol ya no parece reconocerse en el espejo. Ni siquiera el cambio de director técnico produjo la esperada ruptura sicológica. La llegada de Sebastián Viera, convertido ahora en entrenador después de haber sido durante años uno de los grandes guardianes de la historia reciente del club, no consiguió hasta ahora sacudir las estructuras emocionales de un equipo que parece jugar con el peso de sus propios fantasmas.
El partido ante Jaguares fue una muestra dolorosa de la realidad de Junior . Tres goles marcados. Tres goles recibidos. Un 3-3 que dejó la sensación de que Junior podía ganar, pero también de que podía perder. Un equipo que por momentos encontró la rebeldía, pero que volvió a mostrar las mismas heridas defensivas y la misma incapacidad para cerrar un partido.
Y la ruptura sicológica?

La famosa ruptura sicológica con la llegada de Sebastián Viera quedó entonces convertida en una pregunta. ¿Dónde está?
Porque cambiar al hombre que se sienta en el banco no significa necesariamente cambiar la mentalidad de quienes saltan a la cancha. Sebastián Viera heredó mucho más que un equipo. Heredó una urgencia. Y el tiempo comienza a convertirse en su principal enemigo.
La clasificación entre los ocho mejores ya no puede mirarse desde la comodidad de las primeras fechas. Cada jornada que pasa es una hoja menos en el calendario. Cada empate sabe a derrota. Cada derrota convierte en más pesada la próxima obligación. Y cada oportunidad desperdiciada aumenta la presión sobre un grupo que necesita recuperar, antes que nada, la confianza.
Aquí aparece la metáfora de la Piel de zapa, aquella novela de Honoré de Balzac en la que la piel mágica se reduce cada vez que su dueño satisface un deseo, mientras también se acorta su propia vida.
Junior parece vivir una versión futbolística de aquella historia. El deseo es la clasificación. La piel es el calendario. Y cada fecha que se consume hace más pequeña la posibilidad de alcanzar el objetivo. Ya no se trata simplemente de ganar el próximo partido. Se trata de comenzar a ganar porque las fechas se están agotando.
Penúltimos!!!

La tabla de la liga Betplay II tampoco perdona. Junior está en el puesto 19, con apenas tres puntos de 21 posibles. El margen de error comienza a desaparecer. Mientras otros equipos construyen su camino hacia los cuadrangulares, Junior todavía está buscando el primer ladrillo.
Y esa es quizá la paradoja más grande: un equipo que hace apenas unos meses celebraba un nuevo campeonato hoy está obligado a explicar por qué no puede ganar. El fútbol colombiano tiene memoria corta. Los títulos de ayer no ganan los partidos de hoy.
La estrella que adorna el escudo no corre, no marca, no recupera, no hace goles. Corren los jugadores. Marcan los jugadores. Deciden los jugadores. Y ahí está el verdadero desafío de Sebastián Viera: conseguir que sus futbolistas vuelvan a creer en ellos mismos antes de que la matemática termine de cerrarles la puerta.
Porque Junior todavía tiene tiempo. Pero ya no tiene tiempo para perder tiempo. Junior necesita recuperar el carácter, la intensidad, la concentración y, sobre todo, la alegría de jugar al fútbol. Necesita que sus figuras vuelvan a aparecer, que los goles regresen y que cada jugador entienda que el escudo no puede vivir de los recuerdos de diciembre ni de las celebraciones recientes.
La historia de Junior está llena de noches en las que parecía condenado y terminó resucitando. Pero esta vez el milagro no puede esperar demasiado. La Piel de zapa continúa encogiéndose. Una fecha menos. Un partido menos. Una oportunidad menos.

Y mientras el calendario se hace pequeño, la pregunta comienza a crecer en Barranquilla como una sombra sobre el viejo Romelio Martínez: ¿Será capaz Junior de despertar a tiempo, o el bicampeón terminará convertido en prisionero de su propia crisis?
Porque en el fútbol, como en la vida, hay momentos en que ya no basta con recordar quién fuiste. Hay que demostrar, antes de que sea demasiado tarde, que todavía puedes volver a serlo.
Como en La piel de zapa, la novela de Honoré de Balzac, cada deseo cumplido hacía que la piel mágica se encogiera y, con ella, se redujera el tiempo de vida de su dueño. A Junior le está ocurriendo algo parecido, pero con el calendario: cada fecha que transcurre sin victoria achica su margen de vida en el campeonato.
Junior todavía tiene la posibilidad de sobrevivir, pero la piel se está haciendo cada vez más pequeña y las jornadas comienzan a desaparecer del almanaque. Si no encuentra pronto la senda del triunfo, si no recupera el fútbol, la confianza y el carácter que lo llevaron a levantar dos títulos consecutivos, llegará un momento en que ni la historia, ni la camiseta, ni el recuerdo de las estrellas conquistadas podrán salvarlo. La piel de zapa se encoge, Junior; y con cada empate o derrota, también se encoge el sueño de volver a ser campeón.











