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Adriano Samaniego, un amor intacto con Junior

Por: Francisco Figueroa Turcios

Hay amores que no se desgastan con el tiempo, que no entienden de calendarios ni de distancias. Amores que se quedan a vivir en la memoria de Barranquilla como una canción que nunca deja de sonar. Así fue —y sigue siendo— el vínculo entre Adriano Samaniego y el Junior .

Adriano llegó desde Paraguay con la fuerza de los delanteros que no piden permiso para hacerse notar. Era 1993, y Barranquilla vibraba con un equipo que se tejía entre talento y coraje.

Adriano Samaniego no tardó en entender el idioma invisible de la hinchada rojiblanca: ese que se habla con goles, con entrega, con el alma puesta en cada pelota.

Fue campeón, sí, pero más que eso, se convirtió en un recuerdo imborrable, en una historia que aún se cuenta en las esquinas del Metropolitano.

No era casualidad. Es amor.

Porque hay jugadores que pasan sin dejar huella… y hay otros que, sin proponérselo, se quedan para siempre.

Años después, cuando el calendario marcaba otro tiempo y la Copa Libertadores volvía a cruzar caminos, ocurrió una escena que no sale en las estadísticas, pero que define el tamaño de un sentimiento. En Asunción, previo al duelo de Junior ante Cerro Porteño, fue Adriano Samaniego quien llegó primero al hotel donde se hospedaría Junior en territorio paraguayo.

No llevaba uniforme ni estaba convocado, pero su presencia era la de alguien que aún se siente parte del equipo. Como si el escudo de Junior siguiera latiendo en el pecho de Adriano Samaniego.

Foto: José Marìa pazo y Adriano Samaniego

El destino, le tenía guardado otro guiño: entre la delegación rojiblanca estaba José María Pazo, aquel compañero de batallas, aquel guardián del arco con quien compartió la gloria del 93. Dos piezas de una misma historia reencontrándose lejos de Barranquilla, pero cerca de todo lo que fueron. En ese instante, el tiempo se dobló sobre sí mismo.

Porque el amor de Adriano Samaniego por Junior no se marchó con los años ni se diluyó en la distancia. Sigue intacto, como un gol recién celebrado, como un abrazo que no termina. Vive en los recuerdos, en los gestos silenciosos, en esos regresos que no necesitan anuncio.

«Quiero muchísimo a Colombia. Digo que es mi segundo país y quiero muchísimo a la gente de Barranquilla. Fueron momentos inolvidables que viví en Barranquilla. Llevo a Junior en mi cerrazón. Siempre estoy pendiente de los partidos de Junior. Sigo todas las páginas de Junior . Es un amor de verdad » revela Adriano Samaniego por el amor a Junior.

Porque el amor de Adriano Samaniego por Junior no se marchó con los años ni se diluyó en la distancia. Sigue intacto, como un gol recién celebrado, como un abrazo que no termina. Vive en los recuerdos, en los gestos silenciosos, en esos regresos que no necesitan anuncio.

Y quizás ahí está la verdadera grandeza de un futbolista: no solo en los títulos que levanta, sino en los corazones donde decide quedarse para siempre.

 Samaniego y Paiva: el acento guaraní que conquistó al Junior

Hay un hilo invisible que une a los pueblos con el balón, una cuerda tensa de memoria que atraviesa el tiempo y aterriza, siempre, en el mismo puerto ardiente: Junior.

El nombre de Adriano Samaniego todavía se pronuncia con ese respeto que solo despiertan los héroes que no pidieron permiso para quedarse. Llegó desde Paraguay con el acento intacto y el corazón dispuesto, y en 1993 sembró goles como quien deja semillas en tierra fértil.

No fue solo un delantero; fue una conexión. En una ciudad donde el fútbol se vive como un carnaval permanente, Samaniego entendió que la camiseta rojiblanca no se viste: se siente. Y la sintió hasta bordarse en la historia, hasta convertirse en campeón, hasta quedarse para siempre en la memoria popular.

Tres décadas después, otro paraguayo cruzó el mismo umbral, como si el destino hablara guaraní en voz baja. Guillermo Paiva llegó con la responsabilidad invisible de quienes heredan historias sin conocerlas del todo.

Y sin embargo, las escribió.

En 2025, cuando el ruido del estadio Metropolitano Roberto Meléndez volvió a convertirse en ola, Guillermo Paiva apareció como esos delanteros que entienden el instante exacto donde el gol deja de ser posibilidad y se convierte en destino. También fue campeón. También dejó huella.

Entre Adriano Samaniego y Guillermo Paiva no hay solo años: hay identidad, hay fuego compartido, hay una manera de jugar que parece entenderse con el alma barranquillera. Dos épocas, dos títulos, dos nombres… y un mismo origen: Paraguay.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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