Por Jorge Guebely
Desconcertada y brillante Mafalda ante el fervor de sus padres por el advenimiento del Año Nuevo. Después de constatar la persistencia de los mismos problemas del Año Viejo, los mismos comportamientos adultos, las mismas guerras…, se pregunta retóricamente: “¿No sé por qué le llaman Año Nuevo si todo sigue igual?”.
Similar para Colombia si los años nuevos solo perpetúan los viejos: clasismo, racismo, machismo, conservadurismo, desigualdad…; si los banqueros y empresarios siguen en sus codicias y los políticos en su corrupción. ¿Por qué llamarlo Año Nuevo?
Brillante Borges cuando le preguntaron por el significado del Año Nuevo. Ya casi ciego, sonrió y respondió poéticamente: aquello le parecía otra superstición más del tiempo. No entendía la actitud de creer que algo comenzara exactamente a la medianoche como si el Universo llevara una contabilidad.
Contó una anécdota del primero de enero, cuando alguien lo felicitó con entusiasmo y le deseó un nuevo año de cosas nuevas. Él respondió: “Gracias, pero temo que todo será una repetición. Con suerte, una repetición con leves variaciones, como las de un buen verso”.
En la misma entrevista develó cuál era para él y cuándo comenzaba el verdadero año nuevo. Fecha memorable solo ocurría cuando una persona volvía a leer un libro querido y lo encontraba distinto. No porque hubiese cambiado de contendido ni de filosofía, sino porque la persona había limpiado un tanto sus sentidos materiales, espirituales y depurado su consciencia. Ahora era capaz de navegar un poco más en aguas profundas del libro querido. Solo en ese momento aceptaba la fecha de un año nuevo para esa persona por ser consciente de ser un nuevo ser aun cuando no ha acabado.
Leyendo la entrevista de Borges, entró en mi memoria la voz de mi profesor Antonio Iriarte, quien había leído “El Quijote” múltiples veces. Me referenciaba los diferentes niveles de lectura desde la inmediata o cómica, pasando por la paródica, la psicológica, la ética, la existencial, la política… hasta la lectura superior donde develaba la esencia humana.
Recordé entonces la frase del Quijote: “Yo sé quién soy”, del primer tomo, capítulo V, donde se reconoce a sí mismo. Poderosa certeza en un mundo donde casi nadie distingue su propio rostro por transitar perdido en sus propias máscaras, máquinas humanas programadas por la moral de cualquier poder.
“Mira, Guebely —me dijo aquella vez Iriarte—, “el Quijote es un libro divertido cuando se es joven y muy triste cuando se es viejo.”
Hoy solo deseo a mis lectores muchos Años Nuevos en sus vidas, más humanos y menos políticos.












