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Agustín Garizàbalo evoca recuerdos vividos donde Miguel Jiménez en el palacio de la música

Los sábados por la tarde brota como un hongo en el camino esa caja de canciones añejas que nos invita al recuerdo, que nos entrega al placer de una cerveza, a una melodía que intenta penetrar, no en vano, hasta el fondo de la nostalgia y dispara esa cápsula de sensaciones etéreas, ese platillo volador que se desliza sobre las notas de una guitarra que suena, un piano, una voz, un violín, una trompeta, un acordeón, justificando ese viaje hacia el pasado, lejos de este momento en el Palacio de la música.

Porque Miguel Jiménez, tiene sus secretos para programar los sets: cada tema va calado en el momento oportuno, cada complacencia nos remite irremediablemente a otra canción, a otro autor, a otra imagen evocada, a una sensación de alivio, pero que a la vez resulta el inicio de una nueva inconformidad, que nos impulsa a una nueva solicitud, en ocasiones apremiante (“necesito escuchar tal tema”) a otra Costeñita, a otra ansiosa espera… en realidad, uno nunca queda satisfecho del todo; queda siempre alguna canción por escuchar, alguna melodía que sigue rondando en la cabeza durante la semana, una resonancia reiterativa en la memoria y por tanto es ineludible el regreso…

Los domingos desde el medio día, para ampararnos del sol y las tensiones, para reencontrar las mismas caras sonrientes, los amigos de siempre, el propio Miguel dispuesto a complacernos a todos, pero a su debido turno, buscando y rebuscando con una memoria que asombra en ese baúl interminable (“ese tipo tiene un computador mental”) pero hallando en el sitio justo y casi el acto, la ranchera del abuelo, la serenata de la novia, el bolero de Daniel, el pasodoble de la Billos, la guaracha de Aníbal, la canción de la nueva ola, el paseo de los Zuletas, el vals de Strauss, los himnos de la ocasión, el happy Berthey to you, la salsa y el guaguancó, las versiones originales de grabaciones nuevas, un tango de Gardel, un homenaje a Alci, una palabras de agradecimiento a los presentes (“gracias, gracias”), un saludo a los nuevos clientes, una invitación para seguir perteneciendo a este club de amigos – el sueño de Miguel- cuya afición común es el goce de la música.

Y por supuesto, no puede faltar Leonardo, el chico con oreja de lápiz y cara seria apropiada para guardar las distancias, porque Miguel Jiménez es el anfitrión, el computador de la música, el amigo de sus amigos, el que acepta halagos y comparte su cultura musical bebiendo costeña con sus clientes, pero Leo es la “cuchilla”, el anotador implacable, el que se reserva toda emoción para otro ambiente. Porque también está el ayudante Bruno y además Carlos con su bacanería, sus shows mímicos, su cordialidad, su conocimiento musical. Otro al lado de Miguel que trabaja y se divierte con su cajita de música, tilín, tilín, tilán: Cuatro cirios encendidos, No voy a Patillal, Traidora mujer, dominiqui niqui niqui, Algo diferente, Aprende muchacho, Lejos de ti, Sed de oro, El cóndor legendario, Payaso soy un triste payaso, La pareja ideal, y muchísimos temas que incluyen desde un villancico hasta la Gaitas de las locas.

Pero Miguel sabe que juega con emociones, conoce el poder transformador de los recuerdos y por ello, sólo música y costeñita hermano, nada de tragos fuertes, porque a alguno se le puede ir el ron a la cabeza y ya hay problemas, aquí somos amigos y hay que respetar el gusto de los demás, si te gusta el vallenato tienes que esperar tu tanda, si te gusta la ranchera y no la salsa que suena en el momento, trata de aprender qué agrupación canta y cuál es el título de la canción y espera tu turno que ya tendrás ocasión para deleitarte…porque aquí no se viene sólo a conversar o a tomar cervezas, eso también podría hacerse en otro sitio; aquí la vida es un reencuentro, porque la música es significado para aquellos que le rendimos tributo a los recuerdos en el Palacio de la música.

Miguel no tiene ningún computador mental, amigo. Para escoger la música más bella o encontrar con exactitud el sitio donde se encubre cada canción, el misterio es un ángel que baja y le pulsa el arpa secreta de la memoria.

Sobre el autor

Comunicador y Periodista. Editor deportivo de Lachachara.co, tiene experiencia en radio, prensa y televisión. Se ha desempeñado en medios como Diario del Caribe, Satel TV (Telecaribe), RCN, Caracol radio, Emisora Atlántico, Revista Junior. Fue Director deportivo de la Escuela de fútbol Pibe Valderrama y dirigió la estrategia de mercadeo y deportes de Coolechera. Para contactarlo: Email: figueroaturcios@yahoo.es
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