A mi hermana Nadys Esther.
“A medida que nos acercamos a la muerte, también nos acercamos a la tierra y no a la tierra en general, sino aquel pedazo, aquel ínfimo, pero tan querido pedazo de tierra en que transcurre nuestra infancia, en que tuvimos nuestros juegos y nuestra magia, la irrecuperable magia de la irrecuperable niñez. Y entonces recordamos un árbol, la cara de algún amigo, un perro, un camino polvoriento en la siesta de verano, con su rumor de cigarras”. Ernesto Sábato
Por: Ubaldo Manuel Díaz
Mientras mi natalicio ocurría en un pequeño poblado a orillas la Costa Caribe, del otro lado del mundo se desenvolvían nefastos y benignos acontecimientos. Hoy aún creo escuchar en sus playas, los lamentos de los negros que no han podido ser conjurados por el rap cacofónico de los turistas. Nunca logré comprender lo que mi abuela quería decir cuando señalaba con su limitado bastón el horizonte infinito de un mar verde y blanco que se avizoraba a nuestros ojos. Jamás pude entender lo que me recalcaba en sus delirios seniles que por ese mar habían aparecido hace muchos años hombres modernos que eran nuestros conquistadores.
Queriendo asentir algo que no comprendía, cerraba instintivamente los ojos e imaginaba que atracaba un barco con toda su tripulación, trayendo todas las plagas y horrores del mundo en el menor tiempo de lo que puede ocurrir una desgracia. Mi vida transcurría como cualquier niño de su época, retozaba con mi hermana por los áridos pastizales del mes de marzo, persiguiendo mariposas de colores que se agrupaban peligrosamente en los tremedales.
Cuando lograban posarse en nuestras manos, desaparecían y solo quedaba un volátil polvo de color. Nos mirábamos fijamente con temor y complicidad al evocar los consejos de nuestra abuela, de no frotar nuestros ojos en ese momento, sino queríamos quedar ciegos para siempre. Retozábamos hasta donde la aritmética y las matemáticas no podían calcular el espacio y el tiempo. Fugazmente pasábamos a la sombra de los grandes árboles, la breña se tornaba áspera causándonos roces que se martirizaban con la salinidad de nuestro sudor. El tiempo no tenía ninguna medida; nos sorprendimos al saber que el lobo estuviera enamorado de Caperucita y que en su nombre había tenido varios orgasmos; y que blanca nieves tuviera un complejo de soledad.
Vegetábamos días eternos sin ninguna preocupación, excepto una: estar bañados y peinados a las seis de la tarde en la puerta de la calle, uno a cada lado de nuestra abuela correctamente erguidos en nuestras sillas balanceando los pies en un vaivén indescifrable. El lazo de color de mi hermana me hacía rememorar con nostalgia las mariposas capturadas durante el día.
Fuimos creciendo y el tiempo pasado se rompió peligrosamente, llegaron las primeras letras, los primeros cuentos, historias plasmadas en hermosos libros que nuestra imaginación les hacía cobrar vida. Muchas veces vino a nosotros ese sentimiento de compasión y ganas de llorar al saber la suerte final del desobediente rana rin rin renacuajo. Con un gran desencanto veíamos que después de la última frase:- «Mamá, ranita solita quedó»-, quedaba una página en blanco y lo que nuestra imaginación podría agregarle. Afanosamente tratamos de recomponer y darle un final feliz a ese cuento de Rafael Pombo, nuestra madre nos intimidaba y nos decía que no debíamos cambiar el sentido de las historias. Cada vez que terminábamos de leer el cuento se decía a sí misma. ¡Ya saben lo que les pasa a los desobedientes¡.
Tratamos de ubicarnos en nuestro tiempo, nuestros primeros juegos se esfumaban poco a poco, la resignación de esta pérdida llegaba más por coacción que por convicción. Eran tiempos en que la resignación y el pudor mataban la imaginación, porque en mi mano izquierda leía las flores del mal y en la otra el cántico espiritual. De ese híbrido solo quedaba la risa desobediente de Baudelaire y los coloquios de San Juan de la Cruz.
Sin quererlo se entabló una callada lid con mi hermana al que mejor plasmara las letras con un lápiz oloroso que nos recordaba a nuestra primera maestra y a una fábrica de cuadernos que jamás conocimos. Mi letra era muy grande y sin gracia, pero me conformaba la idea que Dostoievski había tenido mala ortografía. Muchos años después descubrí que en mi desproporción podía caber toda la literatura del mundo. No queríamos admitirlo, se vislumbraba una nueva época en nuestras vidas: la secundaria. Nuevos amigos, nuevas preocupaciones, nuevos conceptos. ¿Cuántas veces quise tocar esas mariposas que volaban libremente alrededor de un aula de clases inundada por los aviones de papel y los suspiros prohibidos; cuántas veces quise tocar ese hermoso lazo de color en mi compañera de pupitre: la amiga de mi hermana; cuántas veces quise demandar a los astronautas como lo hizo aquel poeta de antaño?, porque nos habían pisado nuestra amiga y confidente de infancia: la luna. Se nos hizo creer tantas cosas, que preocupados por no poder aplicarlas a la realidad, cierto día luminoso nos ingeniamos el artificio para capturar mariposas con nuevas fórmulas físicas y los teoremas de Pitágoras. Se nos hacía creer tantas cosas, hasta llegar a ese limbo peligroso de no saber nada.
Cierto día lluvioso y frío que no quiero evocar, nuestra abuela partió para nunca volver, se iba a un tiempo que no existía para nosotros: la eternidad. Ante la impotencia de no presenciar su funeral, porque se nos había prohibido por la edad, nuestra imaginación voló hasta aquel triste cortejo fúnebre de aquella helada mañana del 5 de septiembre de 1791 el del gran Mozart. Con la diferencia que nuestra abuela no compuso cuartetos arias o sonatas, pero sí nos enseñó algo muy grande: escuchar la gran sinfonía: la sinfonía de la vida.
Al quedar solo con mi hermana, cierto día llegó de la escuela corriendo con su lazo desgreñado por la emoción y me susurró al oído que había escuchado a sus amigas que éramos “modernos”. Que los hombres se podían comunicar por medio de un dispositivo móvil desde cualquier parte del mundo. No sé por qué recibí con alegría y euforia esa frase. -Somos modernos-; pero al mismo tiempo me exaltaba la frase de la abuela, la pérdida de nuestros primeros juegos, el susurro con olor a menta de mi hermana. Intuía que había sido nuestra imaginación la que nos había llevado por esos territorios de la infancia o simplemente lo habíamos inventado.
Por segunda vez me pregunté:- Quiénes éramos en verdad: ¿Somos modernos?, ¿si todo es un continuo devenir como lo dijo Heráclito, en qué tiempo de la historia estamos? Todos esos interrogantes suscitaron en mí la búsqueda de la modernidad. Una tarde gris llena de mariposas le pregunté a mi hermana qué era la modernidad: Soltando una carcajada se levantó de la silla y luego colocándose seria, con autoridad de gurú incuestionable me dijo: -«No seas tonto, la modernidad no existe en el sentido cronológico, es la posición de una persona o grupo humano ante la historia. No sé qué clase de opio se fumaron los seguidores de Descartes para llegar afirmar que la modernidad comienza con él. No se puede hablar de etapas donde empieza o termina la modernidad.-. Mi hermana, en actitud clarividente que le envidié, me explicó que esa época de la humanidad abre sus puertas dando paso a eso que se llamó modernismo.
Alcancé a vislumbrar sentado al lado de mi abuela frente aquel verde mar el olor de la modernidad, esa búsqueda se hace acuciante ante el susurro de mi hermana. Ese intento, esa búsqueda no pudo ser más reveladora y -¡valla¡- me encontré con Baudelaire y con Marx que colocaban toda su confianza en los hombres nuevos como única alternativa para resolver las contradicciones de la vida. Observé que bajo el peso de la gran locomotora que fue Nietzsche arrasaba con todo lo establecido.
No me fueron ajenos los horizontes sociológicos de Weber y Durkheim, también quise hallarla en el último vestido a la moda de mi hermana. En esa búsqueda quise rebelarme y empuñar las espadas de las vanguardias nadaístas y surrealistas que luchaban en ese momento contra el puritanismo burgués de Europa. Comprendí que no era mi lucha. Mi lucha estaba acá, en mi tiempo.
Hoy que me pregunto qué es la modernidad, no sé qué decir, prefiero quedarme mudo, cavilando, observando cómo pasa la inmensa bola de nieve que arrasa con el hombre de hoy y su parafernalia. Quedo expectante, esperando como aquel joven Saint-Preux, de la novela de Rousseau; con la certeza de que yo sí sé lo que amo hoy y amaré mañana. Acaba de entrar mi hermana engalanada con el último vestido de la colección del emporio Armani. Pasa por mí para ir al novenario de la abuela. Vino contando muy extrañada que cómo cambian los tiempos, porque había escuchado a sus amigas que “Macho Man” era marica.
Montebrujas 6 de agosto de 1999.
* Ubaldo Manuel Díaz:Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio pluma de oro de periodismo 2018. Barrancabermeja. Email. sinuano1817@yahoo.es











