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Una pequeña evolución

Escrito por: Alejandro Sarmiento C.

«Una pequeña evolución»

Pez humanoSiempre se ha insistido en que el origen del ser humano y de la vida en general está en el agua. Pues bien, es verdad. Cientos de hipótesis han circulado por muchas cabezas pensantes acerca de esta afirmación, y normalmente la pregunta que quedaba era: ¿Qué ocurrió bajo el agua para que un pez llegara a ser este ser? Ahora las personas responden con una bonita palabra que resume unos 4000 millones de años de ajetreo: evolución.
Ahora que ya no es tan importante, ni mucho menos necesario, me dispongo a narrar una de esas tantas hipótesis con esta historieta.
«Estaba entonces nuestro protagonista, un singular pez de agua salada, nadando en una playa poco profunda de vaya usted a saber dónde. Y digo singular porque aún habiendo muchísimos peces de su especie, no existía ninguno tan diferente como él. La verdad es que el resto de los peces lo miraban como si de un bicho raro se tratara, no podía relacionarse con el resto por su grave enfermedad, de todos los cientos y cientos de peces que habitaban en esa playa era el único que no podía respirar por mucho tiempo bajo el agua.
Nuestro protagonista tenía la urgente necesidad de salir frecuentemente a la superficie, cosa a la que los peces temían más que a nada, para inhalar el aire. Tampoco era consciente ese pez, con su primitivo cerebro, de que era el origen de una revoltosa y he de decir un tanto atolondrada especie, pero eso sería en unos 3500 millones de años, así que no adelantaremos acontecimientos.
El caso es que este pez no sabía que allí arriba, en esa enorme e intimidante superficie, él estaría más confortable. Después de todo era un pez y no iba a salir a la superficie definitivamente así por las buenas, bueno al menos de momento…
Harto el pez de ser ignorado por sus congéneres, decidió salir a nadar por otras aguas en las que sentirse más agusto. Nada, eso era lo que veía a cada metro que recorría a nado: nada. Entonces a nuestro pececillo le invadió un sentir nuevo y extraño, la soledad.
Desde luego el pez no se esperaba esta situación tan incómoda, y no conseguía entender del todo qué era lo que le ocurría. Así que miró la arenosa playa, oscura ya que era de noche, y con un gesto de valor nada usual entre las criaturas acuáticas del lugar, fue a ella.
En un principio le costó llegar a la costa a causa del galopante oleaje, pero una vez allí, adaptarse no le costó. Se sentía sorprendentemente cómodo y le gustaba sentir la tierra, respiraba sin problema por primera vez, no sentía la constante angustia al respirar. El aire nocturno le acariciaba las escamas y de nuevo, le gustó. Por descontado que le costaba moverse por allí, pero allí estaba, siendo espectador en primera fila de algo maravilloso: la evolución».
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