Brasil sigue con el más alto número de contagiado, 1.755.779. Cuba es el de menor afectados con solo 2.420. Siguen los testaferros de las multinacionales de la medicina prohibiendo remedios que sirven para amainar los efectos de la gente contagiada.
Ilustración de @naniopina
Por Rafael Sarmiento Coley/AFP/EFE
Brasil sigue en punta con el mayor número de contagios por el Covid-19, con un total acumulado hasta julio de 1.755.779, en el mapa de Latinoamérica y el Caribe, según reportaron autoridades sanitarias de las 33 naciones.
En su orden le siguen Perú con 316.448; Chile con 306.216; México con 282.283; Colombia con 128.638; Argentina con 90.697; Ecuador con 64.221; Panamá con 42.216; República Dominicana con 40.790; Guatemala con 26.658; Honduras con 26.384, y Haití, entre otros, con 6.831.
Se destaca en este mapa de contagios que Cuba aparece con apenas 2.420, siendo el país de mayor éxito en el control de la expansión de la pandemia. Y, según las autoridades sanitarias cubanas, las prevenciones y tratamientos han sido con medicamentos producidos en la isla, en su mayoría, remedios de venta popular hasta en las tiendas de barrio, y con un recurso humana altamente calificado y numeroso, de tal manera que se pueden dar el lujo de enviar ‘ejércitos’ de científicos, médicos, y personal paramédico, lo mismo que medicamentos, a países vecinos que lo requieran, como ocurrió con el caso de Perú.
Contrario a lo que se discute en Colombia por parte de ciertos científicos y altos funcionarios del sector salud, acá se ha cuestionado en forma dura y mendaz a expertos en distintas disciplinas de la medicina y a columnistas de los medios digitales y tradicionales que han investigado a fondo el manejo de la pandemia a nivel mundial y en regiones muy apartadas de los centros urbanos, que han acudido a remedios tradicionales como analgésicos, desinflamantes, descongestionantes, antigripales, antihistamínicos, antipiréticos y anticoagulantes.

Ilustración de @naniopina
Un conocido médico cienaguero especializado en infectología, ridiculizó a un columnista porque, luego de consultar con expertos de varios países y regiones de Colombia, se atrevió a elaborar un ‘kits’ anti-Covid-19. Mientras que un médico de Sahagún, Córdoba, que jamás ha ejercido su profesión porque siempre ha estado en altos cargos del Gobierno desde cuando su jefe político, Álvaro Uribe Vélez, maneja la Presidencia de la República, en pocas palabras ‘prohibió’ acudir a ‘empíricos’ que promueven tales kits, y regañó a todo colombiano que se automedicara, no importa que viviera en un lugar bien apartado hasta donde no llega la mano del Estado, mucho menos un médico o un puesto de salud.
En estos caso lo que se reafirma es el poder que ostentan los poderosos laboratorios farmacéuticos que dominan la medicina en el mundo, gracias a estrategias de manipulación y ‘estímulos’ al cuerpo médico, en particular a los de altas especializaciones, para que nunca receten remedios genéricos, sino los de marca registrada que tienen ya vencida la patente de propiedad intelectual, por lo tanto ya se puede fabricar en forma genérica como en sus buenos tiempos lo hizo el poderoso laboratorio estadounidense, MK, que nació como una industria de Estado para fabricar medicamentos psicosomáticos para tratar a los soldados en guerra y a quienes regresaban de la misma traumatizados por lo vivido. Es el mismo MK que fabricó los primeros psicotrópicos para contener la furia de la juventud rebelde que pedía reformas sociales en forma violenta, y fueron ‘amansados’ con medicamentos que los ponía a soñar con un mundo de color, lo que dio origen al ‘hipismo’ con su lema ‘hagamos el amor, no la guerra’.
Ahora dicho laboratorio es una multinacional, no del todo propiedad del Estado, pero sí dedicada en particular a aprovechar el vencimiento del tiempo restringido para fabricar un medicamento genérico sin que se haya vencido el tiempo legal de respeto a su derecho de marca registrada o derecho de autor.
El otro grave problema que enfrenta la farmacopea es que, funcionarios del Estado como el que prohibió la ‘automedicación’ y la compra del mejoral de tienda, y un buen número de galenos con alguna especialización, se dejan seducir por los más poderosos laboratorios farmacéuticos del mundo, que los ponen a viajar en crucero con toda la familia incluida; los invitan a numerosos simposios y seminarios en hoteles de lujo (hasta en los Emiratos Árabes), con el inocultable propósito de que a sus pacientes no le formulen un medicamento genérico, sino de marca, que cuesta hasta 10 veces más.
Son fabricantes monopólicos que además, cuentan con todo un aparataje de inteligencia para detectar, hasta en el último rincón del mundo, qué empresario aventurero o distribuidor de medicamento e instrumental médico adquiere productos fabricados en países como Cuba o Norcorea. A esos empresarios les cae un ‘ejército’ de abogansters, auténticos mercenarios que destruyen al médico independiente o comerciante que se arriesgue a montar una clínica que ofrezca tratamiento para cáncer con medicina barata o que venda productos para enfermedades como el Sida a precios mucho más baratos que los de marca. Y cumplen el mismo efecto, aunque el médico sahagunense lo niegue.











