La concentración en Barranquilla y el volcamiento de sus habitantes a las playas cercanas impide que se piense en la parte hermosa del Atlántico.
Por Rafael Sarmiento Coley
Atlántico tiene la particularidad de ser uno de los Departamentos más chiquitos de Colombia, con la insólita fortuna de contar con una larga costa por el Mar Caribe, un vasto límite con Bolívar a través del Canal del Dique y una ribera rica y bella por el Río Magdalena hasta su desembocadura en Bocas de Ceniza.
Por donde se le mire, el solo hecho de contar con ese privilegio de Bocas de Ceniza y de 22 kilómetros de zona portuaria más 800 hectáreas futuras para el puerto de aguas profundas, hacen del Atlántico un Departamento fortuito.

El loro de la palma de cera se salvo de vainas. Porque era la palma más perseguida para Semana Santa.
Sin embargo, tiene el Atlántico una riqueza aún más hermosa y enriquecedora, sus espaciosos bosques secos en donde conviven muchas especies en vías de extinción. Especies que los guardabosques custodian con admirable esmero, como si todo ese mundo animal y vegetal fuera la Corona de la Reina.
Bosques que hay que querer

Todavía en los bosques secos del Atlántico quedan muchos zaínos que, muy confiados, se cruzan en el camino del visitante.
El director de la Corporación Autónoma Regional del Atlántico (CRA), Alberto Escolar Vega, en el prólogo del magnífico libro que acaba de ser editado, sostiene con acierto que “como es evidente para las instancias departamentales, los bosques del Atlántico, con sus pendientes, sus caminos, sus recursos, no son de público conocimiento y ello hace más difícil para nosotros como autoridad ambiental, su conservación y adecuada gestión”.
Y explica que el libro “al surgir en medio de una de las etapas principales de la elaboración del Plan General de Ordenamiento Forestal del Atlántico, tiene la fortuna de reconocer de primera mano resultados, imágenes y conceptos producto de las visitas que las cuadrillas de ingenieros forestales, botánicos, biólogos y profesionales socioculturales hicieron a cada una de las zonas de bosques del Departamento”.
Fue un trabajo meticuloso de respetable esmero, en el cual el lector se reencuentra con la fauna que en su niñez pasó por su cabeza en los cuentos de cacería de sus abuelos, o fueron vivencias personales porque se criaron o pasaron largas vacaciones en montes agrestes. Conviviendo con las dantas, nutrias, armadillos, monos cotudos, micos, oso hormiguero, marimondas, culebras, tigrillos y el zaíno que está “en la rosa y se está comiendo el maíz, jui perro, ayayayay”.
Mundo bastante conocido para la editora del libro, la poeta y escritora Patricia Iriarte Díaz Granado, quien en su niñez disfrutó de sobrada manera de las delicias que aún quedaban en los montes secos cercanos a Sincé, su pueblo natal. Casi todas esas zonas boscosas en jurisdicción de Sincé, Sincelejo, Corozal y Betulia desaparecieron por la masacre sin control que se cometió contra acuíferos que nutrían arroyos y riachuelos que, a su vez, daban vida a una rica flora, a una hermosa arborización debajo de la cual se encontraba toda la rica fauna de la región. Ya todo eso es sueño del pasado.
Por fortuna el Atlántico se ha dado la pela por cuidar lo poco que le queda de sus bosques seco, de su flora y fauna, tal vez porque el grueso de la población no mira hacia allá, sino hacia las playas. Cuando mucho llegan hasta el volcán del Totumo que comparten (mitad y mitad) Atlántico y Bolívar.
Todavía en estos bosques secos atlanticenses se pueden encontrar los venados, morrocoyos, guartinajas, armadillos, nutrias, zaínos, toda una variada familia de loros, titíes, monos, micos, tigrillos, una fauna bien cuidada que camina libre por entre el follaje, mansa porque sabe que ya nadie la masacra como lo hicieron cazadores depredadores que se ufanaban de ganar de acuerdo al mayor número de presas que cazaban. Son ya tiempos idos. Como las historias de Luriza.
El General derrotado

Alejo Colina asegura que Luriza fue el refugio de los guerrilleros heridos en la guerra de los Mil días. «Aquí el General Uribe partió su espada y se dio por derrotado».
Refugio de guerrilleros heridos tanto del bando conservador como del liberal. Ambos se protegían y Luriza era, es, el rincón sagrado en donde hoy todos viven en paz, después de que a comienzos del siglo pasado, aquí en Luriza, el general de los Ejércitos Liberales Rafael Uribe Uribe, al encontrarse el panorama de heridos de ambos bandos en perfecta armonía, tomó su espada por la empuñadura y por la punta. Levantó su rodilla y partió su espada en dos: “esta guerra se perdió…no más derramamiento de sangre. Esta es una inutilidad”. Así se lo contaron los padres de Alejo Colina, y él lo tiene grabado en su memoria desde los tiempos de los tiempos.

Guillermina Bujato Colina tiene tantos recuerdos de infancia. No suelta nada. Vive feliz y Luriza. Precisamente porque no habla.
Guillermina Bujato de Colina, quien también nació en Luriza y conoce estas historias tanto o más que su marido, prefiere callar. Sabe que muchas cosas es mejor guardarlas para siempre en la mollera.
El libro de la Corporación Autónoma del Atlántico (CRA) hay que leerlo de Pe a Pa. El diseño de carátula es de Jorge Naranjo. Foto de carátula de Carlos Londoño. Fotografías: Carlos Londoño, Lorena Bolívar y Patricia Iriarte.
La dirección editorial del libro estuvo a cargo del director de la CRA Alberto Escolar Vega, con el apoyo del gerente de planeación de la CRA J. Emilio Zapata Márquez.
El equipo editorial lo conformaron: Priscila Celedón Consuegra, Lorena Bolívar, Natalia Sicua, Fabio Andrés Ávila y María Inés Moreno.
Se la abona a la Asamblea corporativa de la CRA presidida por el saliente gobernador del Atlántico José Antonio Segebre y al consejo directivo 2015 de la misma entidad, el haber dado el máximo apoyo para adelantar la investigación de campo, el trabajo fotográfico y la narración espléndida de una obra de consulta obligada.














