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Un gato raudo en la noche

De qué trata la obra del escritor Carlos Polo, ganadora del Premio Distrital Estuario 2018.

Por Yesid Torres R.

Es de noche cuando los gatos son pardos (Collage Editores 2018) es la segunda novela del escritor barranquillero Carlos Polo.

Ganadora del Premio Distrital “Estuario” de la ciudad de Barranquilla, narra la historia de un cronista judicial de un diario regional que descubre a través de su oficio la presencia de un asesino serial de mujeres en la ciudad de Las Distancias.

Desde el engaño de las autoridades hasta los malos tratos producto del acoso laboral que padecen los comunicadores, se ven reflejados en la voz desajustada de un personaje atormentado por sus penas y quien ha encontrado refugio en el alcohol, la soledad y la vida nocturna.

Desarrollada en un ambiente policíaco, la historia nos muestra un entramado complejo de tensiones que subyacen al interior de las relaciones de poder. En ella queda evidenciada la fricción que surge de forma inevitable entre oprimidos y opresores, incluso en las situaciones más cotidianas de la vida: una ex que no te deja ver a tu hijo, un policía corrupto que te impide hacer tu trabajo, un jefe intransigente y detestable que te agobia solo porque tiene el poder para hacerlo.

Su tono intimista refleja las angustias del autor, en un relato que construye una crítica sutil y bien elaborada. Es más, cualquier lector desprevenido o descontextualizado podría dejar pasar por alto aquellos detalles que van perfeccionando la cerbatana y el dardo. En la obra se vislumbra un mundo más allá de las epopeyas etílicas propias de la época de Carnaval, con la que solemos asociar al Caribe. Estamos ante una voz que revela una franja de penas escondidas bajo la alegre máscara de marimonda.

La novela se vale de diferentes herramientas literarias pertenecientes a varios géneros y subgéneros para construirse. Por un lado, falsea la novela negra, pues se prestan elementos como la intención de descubrir un asesino, la intriga, el ambiente policíaco. Así mismo, utiliza la crónica roja para presentar los casos, esto se evidencia en las descripciones, las circunstancias de modo tiempo y lugar, las interacciones con personajes testigos, los datos. También se usan elementos de la ficción autobiográfica, pues el autor construye una imagen de sí mismo en sus días como periodista judicial de El Heraldo. Es más, quien conoce a profundidad el área metropolitana de Barranquilla, podrá ubicar con facilidad los bares, los personajes, los casos, los prostíbulos e incluso los barrios y las ciudades a los que se hacen referencia. Y, por último, podemos anotar que se integran elementos del realismo sucio, evidenciados en el lenguaje coloquial, los personajes vencidos y el sinsabor de la urbe.

De esa fusión surge un experimento que construye una narración sólida, con polifonías dialógicas visibles de personaje a personaje y cargada con destellos poéticos por todos lados. Además, posee una play list variada y nutrida que va ambientando toda la obra.

La historia mantiene un ritmo narrativo sólido, aunque es justo mencionar que falla por momentos (muy pocos), cuando el personaje principal se detiene a explicar las escenas, pues la fuerza de los hechos debería ser suficiente para desarrollar las situaciones narrativas (como efectivamente sucede), por tanto sobran esas explicaciones.

Cada uno de los nueve capítulos se aborda como un microcosmos de la violencia. Siete de esos nueve capítulos inician con un personaje en situación “Felipe Marulanda escapó de una bruma pastosa, enmarañada, casi liquida, cuando Lobo, el quinto de los perros criollos que lo acompañan desde hace varios años, empezó a ladrar.” “Esther despierta de la borrachera aún atolondrada, un poco lenta y aturdida. Un rumor, un murmullo de voces, un llanto tal vez, la trajo de vuelta de su profundo sueño…”  Esta estructura permite ir conectando los capítulos a través de los casos. Es decir, los capítulos inician con los casos, presentados como una crónica judicial, luego aparece la voz del periodista, momento el que se desentrañan sus conflictos personales, familiares y laborales.

Los personajes que se desarrollan se construyen a partir de la sordidez de un mundo corroído por la tragedia, el inconformismo y la insatisfacción. Putas, antiguas estrellas del boxeo venidas a menos, ánimas que penan en la mente del periodista, conexiones intertextuales con grandes maestros de la literatura que han influenciado al autor. Todo esto va dándole ese tono desencajado e intranquilo a la obra.

El barrio, la calle, la verbena y la tienda son vistos en la medida de sus proporciones. En la novela no se idealizan estos espacios, no se apropian y se mitifican a través del discurso del “nuevo coleto del Caribe”, por el contrario, se revindican desde su condición más pueril, con sus glorias y malestares, con sus penas y fortunas. Es una narración que le da voz a quien no la tiene y que pone en evidencia esa franja de problemas que pareciera a nadie importarle.

Es de noche cuando los gatos son pardos constituye una alegoría a una de las tantas versiones del hombre contemporáneo, ese que no se ha dejado vencer por las falsas narrativas del progreso. Quizás lo más interesante de la novela sea que logra sustraer la idea dominante de un Caribe colorido, alegre y tropical, pues más allá de la risa fácil, del bullicio y el bembé con la que se caracteriza “al mejor vividero del mundo”, hay un territorio pobre y lastimado. Estamos ante el lado B, ese del que nadie habla.  “… Voy a escribir un libro, voy a contar tu historia, la historia de todas ustedes, la historia de las bellas estranguladas de Las Distancias, una historia que se sobreponga a la impunidad…”.

Con la novela queda claro que el Caribe de hoy ya no es el Caribe del Grupo de Barranquilla. Este es un trabajo que retrata un universo complejo y desajustado. Polo logra capturar uno de los grandes conflictos que afligen a nuestra generación. Ese deseo inmensurable de sentir que podemos cambiar el mundo, y nuestra incapacidad material y dolorosa de no poder hacer nada al respecto.

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