Por: Francisco Figueroa Turcios
En las playas de Tolú, llegaban, mes a mes, los hermanos Figueroa Turcios de la mano de un personaje entrañable: Miguel, “El Mono” Iriarte.
EL Mono Iriarte, pensionado en la casa de la familia Figueroa Turcios en Corozal, mientras cursaba estudios en la Escuela Normal Superior de Varones, Miguel no solo cargaba cuadernos, también era cómplice sin proponérselo de sueños de niños rumbo al mar siendo testigo mudo las hermosas playas de Tolú.
Cada regreso de El Mono Iriarte a su tierra natal, Tolú, era un rito. Cada travesía, una iniciación. El primero en enfrentarse a esa inmensidad fue Filocaris, mayor de los hermanos Figueroa Turcios.
El asombro de Filocaris aún resuena como una escena detenida en el tiempo: el jovencito que, tras dejarse mecer por las olas, regresó con una pregunta a Miguel Iriarte tan inocente como eterna—¿cuántos bultos de sal le habían echado al mar?—. Aquella frase, más que una anécdota, fue el bautizo poético de toda una generación frente al Caribe.
El turno de Omar: la semilla de Turcios

Omar, el menor de los hermanos Figueroa Turcios, fue el último que llegó a conocer las hermosas playas de Tolú . Pero no llegó con la memoria vacía. Llegó con una memoria llena de historias, de advertencias, de risas heredadas. Ya sabía que el mar era salado, pero no sabía —todavía— que también podía ser tinta, trazo, metáfora.
A diferencia de sus hermanos (Filocaris, Francisco y Óscar), su encuentro no fue solo físico, fue íntimo. Acompañado por El Mono Iriarte y su madre, Narcisa Turcios, Omar no solo vio el mar: lo escuchó.
«Tolú (Sucre, Colombia) fue donde primero vi y disfruté del mar. Tenía 5 años cuando mi madre, Narcisa Turcios en compañía de Miguel Iriarte me llevaron a Tolú a conocer el mar.. El trayecto lo sentía muy largo, en realidad era una hora de camino, pero yo sentía que eran cómo 3 horas, porque me mareaba muy fácil en el carro. Valió la pena para vivir las experiencia de las historias que mis otros tres hermanos varones contaban del mar» revela Turcios sobre su primera experiencia cuando conoció el mar
Ahí, en ese borde donde la tierra se rinde ante el agua, nació algo más que una pasión: nació una mirada. La de Turcios.
El mar como escuela invisible

Porque el mar enseña sin hablar. Enseña a insistir, como las olas; a transformarse, como la marea; a no tener miedo a lo profundo. Y esas lecciones, silenciosas pero persistentes, suelen quedarse para siempre en quienes lo descubren a tiempo.
En la historia de los hermanos Figueroa Turcios, el Caribe no fue solo paisaje: fue maestro, cómplice y memoria compartida. Pero en Omar, ese aprendizaje encontró un cauce distinto. Mientras otros guardan el mar en los recuerdos, él lo convirtió en lenguaje.
«El mar para mí es medicina, distracción y despeje. Un buen baño de mar es cómo meditar, buscando la forma de acoplarse al movimiento de las olas. Somos 60 % agua, y por eso la atracción al mar» reflexiona Turcios sobre su atracción al mar
Dos mares: del frío europeo al abrazo cálido del Caribe
El mar no es un mismo relato contado en todas las orillas. Cambia de acento, de temperatura y de memoria según la latitud que lo abrace. En las costas de Colombia, el Caribe se presenta como una extensión cálida y luminosa, donde el agua parece prolongar el sol y la vida se mueve con la cadencia de las olas suaves.
En contraste, en España, especialmente en las riberas del Atlántico o incluso en tramos del Mediterráneo, el mar adquiere tonos más fríos, más sobrios, como si guardara historias más densas en sus profundidades.
«Si uno ve el mapa, el mar es uno sólo con diferentes nombres, pero acá es España es muy distinto por las estaciones que lo mantienen 8 meses frío, y aunque haya verano, no se alcanza a calentar toda esa masa de agua en tres meses de fuerte calor·» relata Turcios sobre las diferencias de las aguas del mar.

Por eso, cuando Omar Figueroa Turcios —el mundo lo reconoce como Omar Figueroa Turcios— pisa de nuevo Barranquilla, hay un gesto que se repite como ritual antiguo: buscar el mar.
No es un simple baño; es un reencuentro con una identidad que no se evapora con la distancia. En esas aguas tibias se disuelven los años, los viajes, los climas ajenos. El Caribe lo reconoce y lo recibe sin preguntas.
Allí, entre la espuma y la sal, no solo se refresca el cuerpo: se reconcilia la memoria. Porque hay mares que se visitan… y otros, como el de esta orilla, que nunca dejan de habitarnos
El trazo y la marea

Hoy, cuando el mundo reconoce a Turcios por su obra, pocos saben que detrás de cada línea hay un eco salado, una infancia con olor a brisa, una pregunta ingenua que todavía flota en el aire.
Porque quizás, en el fondo, nunca dejamos de ser ese niño frente al mar, intentando entender su misterio. Y tal vez el arte —como el mar— no sea otra cosa que eso: una manera infinita de volver a la orilla donde todo comenzó.
En el ir y venir de las olas encontró ritmo; en la línea del horizonte, una invitación a imaginar; en la espuma, quizás, los primeros bocetos invisibles de lo que luego sería su universo creativo. «Creo que el color en diferentes tonos azules en mi obra, son los que más utilizo, quizás por la influencia del paisaje de mi niñez y adolescencia vividos cerca al mar» reseña Turcios sobre la influencia del mar en su vida artística
Turcios se detiene en la orilla y, por un instante, deja de ser el artista universal para volver a ser el niño que aprendió a mirar el mundo desde la espuma salada de Tolú, desde la risa compartida, desde la brisa que no distingue entre riqueza o pobreza, pero sí entre pertenecer o estar de paso.
Turcios lo sabe. Por eso vuelve. Porque en ese azul no solo se baña el cuerpo, sino la memoria. Porque hay aguas que no se explican, se sienten. Y porque, al final, uno puede recorrer el mundo entero, pero siempre habrá un mar —el propio— esperándolo con los brazos abiertos, como si nunca se hubiera ido.











