Rectores inanes que, para iniciar sus aspiraciones, se dirigen primero el directorio político, al partido de gobierno, al jefe paramilitar. En vez de orientar, son orientados.
Por Jorge Guebely
La educación pública, de origen liberal, generó escasas perspectivas humanas. Resultó tan alienante como la tradicional. Se masificó, durante los siglos XIX y XX, sólo para preparar obreros y fríos burócratas de un país. Nada que dignificara al ser humano. Nada que educara para la vida, la primera tarea de la educación según María Montessori. Todo para la nueva esclavitud, la esclavitud del mercado.
Fraude educativo advertido plenamente por espíritus aguzados. Por León Tolstoi, quien creó su propia escuela para educar en el humanismo a niños campesinos de su región. Por Alexander Sutherland Neill, quien fundó la Escuela de Summerhill, cuya pedagogía aspiraba a la convivencia comunitaria. Por el sacerdote católico, Iván Illich, quien creía que el peso de la escolarización achataba el espíritu humano. Por Paulo Freire, quien veía en la institución educativa la extensión del poder para oprimir y amaestrar estudiantes.
Lo advirtieron también los estudiantes de la Universidad de Córdoba, Argentina, en 1918, y los de París en mayo del 68. “Fue la sed de vivir”, según Daniel Cohn Bendit. Estudiantes que pensaban como Plutarco: “La mente no es un recipiente para llenar, sino un fuego para encender”.
Hubo, sin embargo, rectores universitarios con lucidez. Rectores que tenían algo que decir cuando el liberalismo tenía algo que decir. Lúcido Andrés Bello, quien, desde la universidad de Chile, divulgó la importancia de la convivencia panamericana. Y Gerardo Molina, tan cercano a Gaitán, quien insistió en un liberalismo socialista.
Pero el liberalismo de hoy, fundido con el conservatismo y podridos ambos en el neoliberalismo, producen rectores calanchines, fichas políticas. Rectores inanes que, para iniciar sus aspiraciones, se dirigen primero el directorio político, al partido de gobierno, al jefe paramilitar. En vez de orientar, son orientados; en vez de iluminar, son iluminados. Absurda paradoja: la yegua que orienta al jinete.
Rectores que opacan la universidad. La enmudecen por sus excesos políticos, por su escasez científica. Ninguna voz universitaria ante los problemas álgidos del país y el mundo. Nada sobre el calentamiento global, nada sobre la democracia en descomposición, nada sobre los estragos sociales y humanos del neoliberalismo, nada sobre los peligros que ya generan la tercera y cuarta revolución industrial a los sectores menos favorecidos… Silencio sospechoso ante el asesinato de líderes sociales y ante la podredumbre política. Sobre todo, silencio ante la acelerada descomposición del ser humano.
Rectores que, como sus mentores políticos, sólo brillan por los escándalos de corrupción, por las triquiñuelas administrativas y por la pobreza de su humanismo.
jguebelyo@gmail.com











