Superar la pre-modernidad le ha costado a Colombia muchas vidas. Hay quienes quieren el progreso a punta de violencia primitiva.
Por Jorge Guebely
El asesinato suele ser el trágico destino de muchos de los que intentan superar la pre-modernidad colombiana. De quienes quieren superar este Estado con excesos de privilegios y vanguardia en desigualdades sociales y económicas. De quienes quiere dar un paso adelante a pesar de que, hoy, la modernidad liberal demuestra ser otro fracaso humano.
Asesinatos que proliferaron a lo largo de nuestra historia republicana. Asesinaron a Camilo Torres Tenorio, lo descuartizaron y expusieron sus partes en las entradas de la capital, por defender un Estado criollo, federal, opuesto al centralismo aristocrático pre-moderno. Y a Francisco José de Caldas por creer más en el conocimiento científico que en las construcciones dogmáticas de la pre-modernidad. Y a Rafael Uribe Uribe por su anticlericalismo y defensa de trabajadores y campesinos colombianos. Y a Gaitán quien creía que los ricos debían ser menos ricos y los pobres, menos pobres; pensamiento opuesto al de la elite colombiana.
Genocidio, el exterminio de liberales del común por creer en el programa liberal que, se suponía, construiría un Estado moderno. Liberales comunes que fueron pavorosamente masacrados durante la violencia. Pagaron, con sus vidas, la traición de liberales limpios que tenían conciencia de conservadores puros. Genocidio también el exterminio de la Unión Patriótica por aspirar a un país más moderno. Aspiraciones que tienen, hoy, visibilidad en los acuerdos de La Habana. Programa, en verdad, de estirpe liberal porque el liberalismo colombiano ha sido un auténtico fiasco histórico.
Hoy asesinan a líderes sociales: voceros de comunidades excluidas, defensores de los derechos humanos. Campesinos reclamantes de tierras arrebatadas por poderosos del campo, indígenas defensores de su cultura y de tratos poscoloniales. Afrodescendientes que batallan contra el racismo y la cultura esclavista, ambientalistas que quieren preservar una naturaleza sana y libre del saqueo voraz del mercantilismo nacional e internacional. Sindicalistas que trabajan por los derechos básicos de sus comunidades, colectivos lgtbi que luchan por el derecho personal a la orientación sexual. Seres humanos que batallan contra las intolerancias y desmanes de nuestra pre-modernidad.
Líderes sociales interesados únicamente en la dignidad. Población inerme, desprotegida, sin Estado y sin justicia para su existencia; decidida a liderar su propio destino social. Quieren, consciente o inconscientemente, construir un país más equitativo, más natural, más humano.
Superar esta pre-modernidad nos ha costado muchas vidas. Sin embargo, y parodiando a Ciorán, ‘No son los males violentos los que nos marcan sino los de la sordera social… aquellos que forman parte de nuestra rutina y nos minan meticulosamente como el tiempo’.











