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Sudán 

Se fue otro hermano más por existir en una época en donde la acumulación constituye el único criterio de respetabilidad. Poco importa el reguero de crímenes, material y humano, que contiene el éxito personal o social. Detrás de cada potentado se agazapa un temible delincuente.

Por Jorge Guebely

Se fue Sudán, el último rinoceronte blanco. Tuvo el privilegio de irse por el tiempo, no por las balas de cazadores furtivos. Sobrevivió a la masacre escalofriante, pero no pudo perpetuarse. “Se nos adelantó otro hermano más”, según Baudrillard, y, con él, se extingue otra especie en el planeta.

Se fue por la cultura voraz del mercado capitalista. Por la creencia obtusa de que sus cuernos contienen sustancias afrodisíacas. Esperanza absurda para las frustraciones viriles de una comunidad que sólo encuentra vida en el placer genital. Se fue por la codicia mercantil que todo lo prostituye, que todo lo vuelve mercancía, que a todo le pone precio y a nada le da valor. Precio al sexo femenino, a la astucia del político, al conocimiento científico del médico… Todos portamos en la frente el signo peso marcado en carbón con la cifra que creemos valer.

Se fue otro hermano más por existir en una época en donde la acumulación constituye el único criterio de respetabilidad. Poco importa el reguero de crímenes, material y humano, que contiene el éxito personal o social. Detrás de cada potentado se agazapa un temible delincuente.

Se fue el último rinoceronte blanco por la misma razón que se están yendo la tortuga cuyo caparazón sirve al comercio. Y el tití cabeciblanco que se negocia como mascota. Y el jaguar se compra por la belleza de piel. Y el cóndor por la comercialización de sus plumas. Porque todo lo que toca el comercio lo pone en vías de extinción. Nada aplaca la voracidad del capitalista ni el placer del consumista. Casi nadie entiende que “Hay suficiente mundo para las necesidades del hombre, pero no para su avaricia”, decía Gandhi

Hoy se extinguió Sudán como lo hizo ayer el sapo dorado, especie desaparecida en las garras del calentamiento global. Ese otro desorden ambiental provocado por la codicia del dividendo, que ha disecado la maravilla óptica de las coralinas marinas, y despareció la rana arlequín Carrikeri de la sierra nevada de Santa Marta. El planeta se calienta, nuevas especies desaparecen, pero nada detiene la avidez del mercado capitalista.

La moral voraz del comercio sigue carcomiendo vidas. El final de muchas especies sobrevendrá por su lugar en el mercado que se compone de felices víctimas y feroces victimarios. Un personaje de Nicholas Evans afirma: “Los lobos están en peligro de extinción”. El interlocutor le aclara: “¡No señora, la que está en peligro de extinción es usted!”. Entonces encuentro razón en Baudrillard, simplemente se nos adelantó otro hermano más.

jguebelyo@gmail.com

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