30 años después de su magnicidio, la célebre frase de Luis Carlos Galán aún retumba en el alma de quienes creyeron en él.
Por Rafael Sarmiento Coley
Documental cortesía del diario colega El Heraldo, elaborado por Jeison Fernández con la reportería e investigación periodistica y coordinación de Eliana Álvarez.
Colombia no tendrá por todos estos años un político con la inteligencia, la honestidad, el pundonor, la entrega y credibilidad de Luis Carlos Galán Sarmiento, tal como lo reflejaba en cada acto, en una charla con amigos cercanos y en la plaza pública que lo aclamaba de manera estruendosa casi sin dejarlo hablar.
Venía mucho a Barranquilla. Aprendió a conocer el carácter, la alegría y espontaneidad del ser humano del Caribe colombiano y, esa forma de ver la vida sin preocupaciones ni amarguras, lo hizo pensar lo posible de hacer de Colombia un país como la costa.

Momentos en que uno de los sicarios del magnicidio remata a uno de los escoltas de Luis Carlos Galán en la tarima en la plaza de Soacha.
En buena parte los responsables de esa socialización de la región en el alma de Galán son Ginger Marino de Nule y Eugenio Díaz Peris, los mejores amigos que él siempre tuvo en Barranquilla, junto con el santandereano Marco Fidel Ramírez, Arturo Sarabia Beter y José Antonio Segebre Berardinelli, quien escuchando las tesis y los principios del galanismo, terminó en la arena política, después de ser un antipolítico genético.
Ginger en Bogotá

Ginger Marino de Nule, una de las líderes más cercanas de Luis Carlos Galán en toda la región del Caribe Colombiano.
Hija de una familia muy reconocida y respetable en Barranquilla y la Costa, Ginger Marino, después de hacer el pregrado en la Universidad del Atlántico, en donde de paso encontró el amor de su vida y su polo a tierra, el sincelejano Guido Nule Amín, con pinta de galán del cine italiano, se fue a especializarse a Bogotá a la Universidad Javeriana de los jesuitas, que con las ideas liberales y de avanzada, pocón, pocón.
Lo que no pudieron detener los rectores de la Javeriana fue ese turbión llamado Luis Carlos Galán Sarmiento, entonces el más joven de los estudiantes del grupo donde estaba Ginger. Era un botafuegos de ideas, de proyectos para mover el libre pensamiento, las ideas liberales. Contra viento y marea convenció a los curas rectores de permitir en los claustros universitarios la circulación de una revista estudiantil…política. Y más que política, claramente lanzada a rescatar de las garras del clientelismo y la corrupción el alicaído Partido Liberal, otrora glorioso movimiento de multitudes.
De repente el rector de la Javeriana comprendió que el alma inmensa de periodista portentoso no cabía en el estrecho margen de una revista universitaria. Habló con su amigo Hernando Santos Castillo, entonces director de El Tiempo, y Galán, sin aún tener título universitario alguno, terminó de editor económico del periódico más influyente del país en aquellos momentos.
A los pocos meses ganó el último candidato de la hegemonía impuesta por el Frente Nacional durante el cual liberales y conservadores se repartieron alternarse cada cuatro años la Presidencia de la República. El partido al cual le tocó el último turno de tan peculiar método, escogiere entre sus dirigentes a su candidato, lo presentaba al otro partido, como por protocolo, y quedaba ungido como candidato oficial del Frente Nacional. Eso fue en 1970, cuando el otro candidato conservador que se disputaba la denominación con Misael Pastrana Borrero era el sabanalarguero Evaristo Sourdis, quien a última hora fue traicionado por un importante dirigente conservador barranquillero, que le dio el voto a Pastrana y por poco produce una verdadera tormenta política nacional, ante la impopularidad del escogido. En esos momentos estaba redivivo el exdictador general Gustavo Rojas Pinilla respaldado por un amplio sector de la izquierda colombiana, que, según el propio Contralor General de la época, el Tigrillo Noriega, “Pastrana fue presidente por un fraude inocultable”. De ese ‘chocorazo’ nació el M-19.
Luis Carlos salta a la palestra
Ya posesionado Pastrana como Presidente de la República con todos los antecedentes negativos ya conocidos, anunció que daría una sorpresa llamando a las mentes menores de 30 años para transformar las costumbres políticas del país.
En El Tiempo aquella idea cayó como una de esas tantas frases de presidentes impopulares en afán de levantar las patas en las encuestas. Don Hernando, con un olfato periodístico brutal, le dijo a Luis Carlos: “mijito, vaya, corra, y sáquele las tripas a ese sonso para ver qué es lo que quiere decir”.
Galán fue a sacarle las tripas a Misael. Al terminar la entrevista de casi dos horas le dijo: “Oiga joven reportero, ya tengo todo mi gabinete de gente menor de 30 años, solo me falta el Ministro de Educación (MEN)”, Ingenuamente Galán le pregunta, “presidente, ¿y en quién ha pensado?”.
Cayó en la trampa. La respuesta fue contundente: “En usted, y en estos momentos mi secretaria llamará al doctor Hernando Santos para que le permita formar parte de este gabinete”. Por mucho que Galán le explicó que aún no tenía el diploma firmado y apuntillado por el Ministerio de Educación, el presidente le tapó la boca: “Pero si el Ministro será usted…y será usted mismo quien firmará su propio diploma de grado”.
Las alas para volar
Su breve paso por el MEN le desarrolló las alas para volar con autonomía en su propio proyecto político, con la buena suerte de que el expresidente y periodista Calos Lleras Restrepo anunció su retiro de la política activa para dedicarse al periodismo desde su trinchera de la revista Nueva Frontera, desde donde se convirtió en un cicuta (como Armando Benedetti ), crítico mordaz e implacable de lo que desde entonces se avizoraba en la suerte de Colombia, “un país descuadernado por una clase política desvergonzada y rapaz”.
Conocedor de las cualidades de Luis Carlos Galán, lo llamó para que fuera su segundo de a bordo como editor general de la Nueva Frontera.
Así empezó la más esperanzadora carrera política de un joven íntegro, serio, trabajador, incorruptible. Una carrera meteórica, que muy pronto superó en votos a todos los viejos caciques de la política nacional.
Su encanto por Barranquilla y la Costa
Sin duda Luis Carlos tenía una visión completa de todo el país. En sus últimos pasos por la redacción de El Tiempo conoció y se enamoró de Gloría Pachón una periodista perspicaz, estudiosa y bien informada, que desde entonces se convirtió en su esposa, compañera permanente y su polo a tierra. El suceso inesperado produjo otros amores y casorios en la redacción, entre ellos el de Daniel Samper Pizzano con Pilar Tatufar; el jefe de redacción nocturno Guarino Caicedo con la periodista Amparito; y Germán Medina con Lucy Samper de Medina…y otros tantos no publicables por respeto a los sentimientos ajenos.

Ex senador y actual concejal de Barranquilla, Eugenio Díaz Peris, uno de los primeros amigos que Galán tuvo en la Costa Caribe.
Ya en plan de recorrer el país y conocer de cerca el rostro de Colombia, Galán se aferró a sus amigos más sinceros y leales en la Costa. Fue en estos continuos escapes a esta región cuando Luis Carlos salió del acartonamiento y timidez para el baile. En una Batalla de Flores, Ginger, con la complicidad de Eugenio Díaz, Arturo Sarabia Beter y Guido Nule, le pusieron el capuchón de marimonda y desfiló a pie kilómetros interminables empujado por la multitud, bailando con unas morenazas que lo abrazaban y lo apretaban sin saber con quien se estaban amacizando. Lo besaban. Lo bañaban de harinas blancas, mientras los monocucos y cumbiamberos le daban ek trago de ron blanco a pico de botella.
De esa manera Luis Carlos Galán hizo el posgrado más vertiginoso en materia carnestoléndica. Por eso cuando José Antonio Berardinelli lo llevó al Club Campestre para que las reinas del centro social le enseñaran los primeros compaces de la ‘Burra mocha’ y ‘La revoltosa’, Galán terminó dándoles sopa y seco.
“Ese negro sí toca”
En noviembre de 1988 Casa Clavería, una empresa familiar fundada por la familia de Eugenio Díaz Peris, cumplió 88, y como invitado especial Eugenio trajo a su amigo, ya en transe de ser candidato presidencial. Después de los actos protocolarios la parranda vallenata fue en la caballa de los Díaz Paris en Playa Mendoza, con la animación de siete reyes vallenatos: Alejandro Durán, Luis Enrique Martínez, Alfredo Gutiérrez, Miguel López, Calixto Ochoa, Colacho Mendoza y Julio Rojas Buendía.
De todos ellos, quien más llamó la atención, de Galán fue el negro Alejo Durán, especial cuando interpretó ‘El Mejoral’, de Rafael Escalona: “Hice un bien pero me fue muy mal/hice un mal pero me fue peor/ahora no hago bien ni mal/pa´ve´si me va mejor”, La estrofa logró sacarle una carcajada a Galán.
Al día siguiente Galán tenía una intensa gira por varios pueblos del Magdalena, desde Palermo, Pueblo Viejo, Tasajera, Ciénaga, Zona Bananera, Aracataca, Fundación y Bosconia. Cuando la caravana pasó por Aracataca, ya sus seguidores estaban a la vera del camino con pancartas y vítores. Ginger iba con él en el puesto de atrás de un carro blindado. “Galán iba adormitado, cansado de tanto agite, pero cuando sintió el fragor de su gente se enderezó como impulsado por un resortico, y agitó las dos manos para saludarlos con esa sonrisa encantadora con la cual atraía las multitudes tanto femeninas como masculinas. Pasamos Aracataca. Y, pum, cayó otra vez dormido, como un autómata”.
Eugenio Díaz Peris, exsenador de la República y actual concejal de Barranquilla confiesa que él se dedicó a la política por seguir a Galán. Y está seguro de que, si las mafias y las fuerzas serviles a los capos del narcotráfico no matan a Luis Carlos, “Colombia sería un país distinto, más vivible”.

Javier Pesca fue el humilde fotógrafo que ‘pescó’ la foto más famosa de Luis Carlos Galán, durante una manifestación en Socorro, Santander. Murió pobre y abandonado el 23 de julio de este año, en su pueblo natal.
Recuerda con tristeza que, la última conversación que tuvo con Galán fue pocas horas antes de que lo asesinaran en la Plaza de Soacha. «Lo llamé para decirle que estaba muy preocupado porque había hablado con amigos míos de los servicios de inteligencia y me aseguraron que las cosas estaban muy feas. Lo sentí muy acongojado, acorralado. Él tuvo la deferencia de venir a mi cumpleaños número 45 el 30 de julio de 1989. Tú también estuviste ahí. Hablamos con él sin micrófonos, cámaras ni libretas de apunte y nos contó, tu lo recuerdas, que lo estaban acosando por todos los costados».
Ese día la siempre inquieta Ginger comprometió a Luis Carlos Galán para que viniera el domingo 20 de agosto a presenciar el partido de Colombia contra Ecuador por las eliminatorias para el Mundial de Fútbol de Italia 1990. «Recuerdo que él me dijo: gracias por ese chispazo tuyo en la agenda. A mí me gusta mucho el fútbol y, claro, vengo a apoyar con todo a mi Colombia. Además, quiero que programes una breve visita a su concentración para darles ánimo para que el triunfo sea seguro». Todo eso se truncó por la falta de entereza de Pablo Escobar al dejarse convencer del marroñero pseudo poeta tolimense Alberto Santofimio Botero, obstinado en ser presidente de la república no siendo más que un despreciable ‘sacamicas de Pablo’, según la hermosa caleña Gloria Vallejo, periodista y presentadora de televisión,que estuvo más cerca y conoció los secretos más íntimos del temible capo de todos los capos que han existido en Colombia.
Gloria Vallejo, además de poseer un cuerpo espectacular de reina de belleza, una cabellera, unos ojos, un trasero y unas piernas imponentes, era muy hábil en las pasarelas, con dominio de escena, dominio de micrófono e inteligente como pocas. Sabía perfectamente para qué su dios la dotó de tanta lujuria pecaminosa.
Pablo Escobar la adoraba, a pesar de que, como buen paisa con sangre de tigre cruzada con mapaná, a veces la maltrataba. Sus rabietas eran como el alcazelkser. A poco rato le estaba pidiendo perdón. Porque Virginia, sus hijos y su esposa la gordota, eran sus debilidades.
Virginia Vallejo fue tan útil para el entorno que manejaba su amante Pablo Escobar, que, cuando estaba en el punto más álgido la persecución de los carteles de la droga por parte de la DEA, la CIA y las autoridades locales presionadas por los gringos, determinaron hacer una convenció de urgencia y ultrasecreta y el lugar escogido fue el bunker del hoy difunto Iván Lafaurie en un escondite en jurisdicción de Puerto Colombia.
Para eliminar toda sospecha de la presencia en las propias barbas de las autoridades barranquilleras, de El Mejicano, Pablo Escoba, los Mejía Múnera, los hermanos Galeanos, los Popeyes y demás mercenarios del múltiple cartel, se inventaron hacer en Barranquilla en lo que era la Caseta de José Matías Primo, un verdadero Festival de Orquesta Internacional con el Gran Combo de Puerto Rico, la Dimensión Latina con Óscar De León, Andy Montañez,, Orquesta Los Melódicos, Billos Caracas Boys, Celia Cruz, y para qué más.
Lo bueno del cuento es que los dos únicos animadores eran el difunto Edgar Perea Arias, quien a cada instante promocionaba el partido del domingo con «Junior tú Papá».
Mientras tanto la perversa y provocativa Virginia Vallejo, vestida con un traje blanco relumbrante, largo de coctel, desde el cuello hasta los tobillos, sin brasieres ni pantix, cada vez que se paseaba por los reflectores del a tarima dejaba veer con toda nitidez sus encantos más íntimos, que aparentemente era propiedad exclusiva del capo para acabar con sus preocupaciones y el estrés.
De lo que ocurrió en la casa-finca de Iván Lafaurie, nadie se enteró. De lo que sí hubo abundantes comentarios generosos y morbosos fue de los atributos físicos de la Virginia que brillaban como cabellos de oro debajo de aquel cómplice traje blanco transparente como un papel de celofán.
Después, cuando las indagatorias empezaron a arrojar claridad sobre los determinadores y ejecutores del magnicidio, se descubrieron un sinnúmero de burdos mensajes como el que le montaron al barranquillero Hubiz Hazbum, a quien retrataron como la conexión árabe que perpetró el homicidio, y hasta lo hicieron posar con periódicos de Arabia Saudí, Hazbum y los demás inocentes con los que querían ocultar la verdad de los hechos lograron demostrar su total inocencia. Hazbum demandó a la Nación por una multimillonaria cifra, pleito que ganó, pero como todas las cosas en Colombia, los encargados de administrar justicia en ocasiones son más canallas que los mercenarios y matones de las mafias. Dilataron el pago de la indemnización y Hubiz murió sin recibir un peso.

Semanas antes de la fatal nueva presentación de Galán en Soacha, Cundinamarca, hubo otro acto, al cual sí asistió con su esposa Gloria pachón.
Luego uno de los sicarios, que sí participó en el operativo, tras refugiarse en la embajada de Estados Unidos, contó a la CIA con pelos y señales que quien de verdad convenció a Pablo Escobar para que ordenara el magnicidio de Galán fue el político corrupto tolimense Alberto Santofimio Botero, al servicio de Pablo Escobar como su perrito faldero. El argumento del diabólico Santofimio era que, si Galán ganaba la Presidente, al día siguiente estaban todos ellos en una infernal cárcel en Estados Unidos. «¡Mátalo Pablo!…mátalo, que no te tiemble la mano! y así puedo subir yo y tendrás un presidente de tu absoluta confianza». La participación del entonces director del extinto DAS, Miguel Maza Maza, fue debilitar al máximo el esquema de seguridad de Galán, para garantizar una fácil acción para liquidarlo.
Juan Manuel y su casta

El sepelio de Luis Carlos Galán fue uno de los más concurridos que jamás se tenga antecedente en la historia de estos acontecimientos en el país. No hubo violencia, ni desórdenes. Hubo un dolor que se podía tocar con las manos.
Cuenta Gloria Pachón, quien después del magnicidio tuvo que irse a vivir por la seguridad de sus hijos aún muy jóvenes y la suya propia, a Paris.
Ya superado el duro momento de ese dolor demoledor, se hizo al compromiso de escribir un libro que es el reflejo de una vida gloriosa truncada por dioses miserables del mal.
Ella allí recuerda que, cuando por fin llegaron a la clínica en donde tenían el cuerpo de Luis Carlos Galán tras ser mortalmente herido en la tarima de la plaza pública de Soacha a las 7:30 de la noche del viernes 18 de agosto de 1989, notó que su hijo mayor sacó de una gaveta del escritorio médico, y con un bolígrafo que sacó de su bolsillo, garrapateó unas letras que ella no supo su contenido. Se metió el papel en el bolsillo de su chaqueta.
Los minutos, las horas y los días y las noches siguientes fueron agotadoras en extremo. El público llenó el salón del Capitolio en donde el cadáver permaneció en cámara ardiente para al día siguiente llevarlo en un carruaje hasta el camposanto. La gente no permitió. Quiso cargar el féretro a hombre a través de kilómetros y kilómetros, en uno de los sepelios más concurridos y dolidos de toda la historia de los mártires de Colombia. No hubo el mínimo desorden. Pero la frustración y la desesperanza se sentía en el aire espeso y con poco oxígeno del medio día bogotano.
Ya al momento de introducir el cadáver en la tumba del prócer, Juan Manuel Galán, el mayorcito de los tres hijos de Luis Carlos con Gloria (porque antes de casarse con ella tuvo un hijo con una compañera ocasional, llamado Luis Alfonso), sacó su papel, y con voz firme como si un extraño sortilegio le hubiera quitado del pecho el peso irresistible del dolor por la muerte de un padre que fue para él, su mamá y sus hermanos, un todo, leyó:

Gloria Pachón con sus hijos Juan Manuel Carlos Fernando y Claudio Galán Pachón, refugiados en París. A la derecha portada del libro de la autoría de Gloria Pachón.
“Colombia acaba de perder su guía, su líder. Una vez más Colombia ve frustrada su esperanza de salir de esta hecatombe que solo ha traído sangre, lágrimas y dolor para todos los colombianos. Qué triste es ver cómo un hombre, como fue mi padre, que vivió, luchó y murió por Colombia, no haya podido lograr su ilusión y anhelo de ver al país en paz. Con sus instituciones modernizadas y fuertes. Qué vida tan pura y transparente. Qué honestidad única”.
“En estos momentos es cuando no logro entender lo que siento. Amo a Colombia y sé que los criminales que acabaron con la vida de mi padre no son colombianos. Y también sé que los narcotraficantes no son colombianos…”.
“El pueblo se levanta y pide justicia, le ruego a Dios que este sacrificio sirva por fin para que la sociedad reaccione… Mi padre no es un segundo Gaitán… Es Galán”. Agradeció: “En nombre de mi familia, la solidaridad que han tenido con nosotros el Gobierno y las autoridades”, y en seguida acudió a las palabras escritas allí mismo en el cementerio:
“(…) y quiero decirle al doctor César Gaviria, en nombre del pueblo y de mi familia, que en sus manos encomendamos las banderas de mi padre y que cuenta con nuestro respaldo para que sea el presidente que Colombia quería y necesitaba; salve usted a Colombia”.
Gloria Pachón de Galán afirma en su libro biográfico que “fue tan grande mi sorpresa, que con la mirada le pregunté a Claudio y a Carlos Fernando: “¿Qué está diciendo Juan Manuel?”.











