Opinión

SÍ podemos vencer el miedo

Nos exige menos esfuerzo mantener el miedo que trabajar duramente para vencerlo.

Por Soledad Leal

Soledad Leal. Periodista, Coordinadora de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe.

Soledad Leal. Periodista, Coordinadora de Posgrados de la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad Autónoma del Caribe.

Equivocadamente he guardado silencio y no he replicado o reproducido en redes mi creencia en el Sí, porque creí en que ser coherente era dejar que los partidarios del No usaran todos los memes, la desinformación y los falsos rumores que quisieran para hacer su campaña. Eso es aceptar las diferencias. Pero veo que estoy equivocada.

Se ha conquistado un No a punta de rumores, desinformación y pereza mental. Y esto no es nuevo en un país en que lo mucho que se lee son los titulares, en que lo que se riega como pólvora es la sensación y el alarmismo, en que creemos lo que vemos en cualquier foto y en cualquier pantalla, porque lo vemos. Ignoramos que existen los montajes, las falsas realidades, las acomodaciones y las omisiones. A los colombianos nos gustan las certezas simples y la estrategia del avestruz ante las realidades. Rechazamos lo que nos exija pensar un poco más o hacer un análisis crítico. Somos además un país sin memoria, y selectivos para escoger lo que nos entretiene, no aquel camino más largo que nos forma.

Como bien dice la filósofa Martha Nussbaum, la incertidumbre, aquello que nos reta, que no es seguro, que nos exige, es lo que forma el pensamiento verdadero. Y es muy difícil que en un país en el que lo que ha quedado como rasgo principal de la firma de un acuerdo histórico que presenciaron varios Jefes de Estado, haya sido la cara de susto de Timochenko, para burlarse y decir que lo tiene merecido, seamos capaces de reflexionar que precisamente esa cara de susto primitivo refleja lo que estamos acostumbrados a vivir: el susto permanente.

Miedo si una moto frena en seco al lado nuestro, miedo si alguien sale de repente en una calle solitaria, miedo si escuchamos a nuestras espaldas unos pasos apresurados e insistentes, miedo si el teléfono timbra a medianoche, miedo si algún familiar se tarda más de lo usual en regresar a casa, miedo a la gente desconocida, miedo a quedarnos sin trabajo ante opciones tan escasas, miedo a caerle mal algún jefe, miedo a reclamar porque un policía nos intrató, miedo a coger un taxi en la calle, miedo a perder el sueldito que no nos alcanza para nada, miedo a que conozcan nuestra dirección de residencia, y así podría seguir dos páginas más. Vivimos en un eterno miedo y ni siquiera nos damos cuenta que eso no es normal, porque nos manipulan con la gestión del miedo.

De ese miedo viven muchos “dirigentes”: de hacernos creer que son nuestros salvadores, de que si no es por ellos, el miedo se va a convertir en realidad y estaremos peor de lo que ahora estamos. En estado de miedo. Gestionando y trabajando a su favor con base en nuestros miedos. Porque el miedo es más cómodo para nosotros, nos exige menos esfuerzo mantener ese miedo que trabajar duramente para vencerlo.

Y le tememos a la incertidumbre, a lo que viene desconocido, porque no estamos acostumbrados a pensar por nosotros mismos, no creemos en que seamos capaces de construir nuestro propio destino,  no creemos que la equidad, la igualdad de oportunidades ni la justicia, sean posibles en este país. En realidad nos resignamos al miedo, a depender del favor de los dirigentes de turno y nos paralizamos como agentes de cambio. Mucha burla y quejadera pero cero acción por parte nuestra. Por eso, ahora lucharé por el Sí.

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