Por: Fidel de la Rosa (Q.E.P.D).
Pasan las hormigas entre las paredes oscuras, divisando el ajedrez entre toneladas de basura y sangre, las hormonas de este aire contaminado no sacia de regar huesos mojados y luciérnagas muertas; discriminado cada vez más por el sexo natural de la inconciencia. Perturbaciones oceánicas: los espejos que nada entre aguas descoloridas, cenizas de un ritual de baile nocturno entre gritos y frustraciones que se confunden entre el placer. La luna ha hecho el amor con el vacío y la luz, toda la flora es testigo de su orgía nocturna y no siente culpa, asimismo la vegetación derrocha en el incesto todo el sexo, y la luna es testigo, les habla mientras sucede y murmura mientras todos huyen; acerca el insomnio de aquellos espantos, de sangre envuelta entre sortijas, de incineraciones macabras de memorias que viven intensamente como describen el infierno y sin aviso terminan anclados entre la ceguera de un interminable vicio.
Los árboles en una sede macro empresarial de serpienten labran su bondad entre el opio y la marihuana cuando ya la hipocresía ha cerrado su producción y los pétalos en orfandad lamentan lo que en sí resulta un engaño magistral, las frutas podridas en el piso, lágrimas corriendo en el espectro de lo que no tiene nombre, de lo absurdo, de lo inhabitable. Los roedores nadan hacia la profundidad de las sabadas, del sudor nacido entre disonancias, perversidades que convergen hacia un rótulo de lápida que resucita entre todo un escenario de cumbres marginadas y ambiciosamente alejadas por las pobres corrientes de fuerzas desmembradas entre la pestilencia de un caño, olores que en los labios solloza el temblor de lo avisado, que no teme a la muerte, es como una vértebra indispensable para la voz, para la paralítica serenidad que no repone sus extremidades.
Los ríos corren intensamente a las estrellas secándose en el camino y las rosas, hojas y lunas, buscan ser seducidas y amadas, buscan el sexo, la contemplación de la libertad, el alineamiento de una plenitud distorsionada y desconocida: murmura la luna con aires de tristeza y asco entre la nada y el todo, entre ronquidos desenfrenados y gritos de intensa búsqueda de luz, semen y sangre.
No cesa el silencio entre calles de vinagre envenenado, no cesa un grito desesperado de palmeras ensimismadas y palomas decapitadas ante la frívola comedia de un esquizofrénico soñador. Según aquel sabio, cuarto meguante lleno de lástima el tesoro del ensueño cabalga en nuestra mente, tanto como la cósmica fórmula incógnita que se intenta con caras imbéciles de la fidelidad, tanto como la muerte, como la hipocresía, el deseo y todo lo que el ojo les robó a la serenidad y el ensueño o tal lo que los rige: la imaginación. La luna después de tanto murmurar me preguntó: ¿Quieres hacer el amor conmigo hasta que cierres tus ojos? ¡Lleno de plenitud y, casi sin aliento, asentí sonriendo!











