‘Popeye’ en entrevista a canal mejicano asegura que Fidel estaba al tanto de todo el negocio con los narcos.
Por Chachareros y Palemón
México.- El ex sicario de Pablo Escobar, líder del Cartel de Medellín, John Jairo Velásquez Vásquez, alias Popeye, relató al periodista Ricardo Canaletti (de Telenoche y TN) que los hermanos Castro eran los receptores de la cocaína de la organización en Cuba.

Palabras premonitorias de Fidel en 1973, al cumplir 14 años la Revolución Cubana. Lo único que no predijo el líder cubano fue la presencia del narcotráfico en sus narices, con o sin su consentimiento.
En una entrevista exclusiva, y que retoma el diario argentino El Clarín, Popeye asegura que Raúl Castro, actual presidente de Cuba, era quien recibía los cargamentos de la droga blanca, ya que él era el líder del Ejército en aquel entonces.
John Jairo asegura, además, que luego de que el capo colombiano saliera de Nicaragua debido a que un agente de la DEA estaba infiltrado en su organización, Escobar recompone el tráfico de cocaína hacia Cayo Hueso, Florida, con ayuda de Fidel y Raúl Castro.
«El que recibía la cocaína era Raúl, porque él era el jefe del Ejército, pero Fidel estaba al tanto”, relató Popeye.
El periodista cuestionó la veracidad de las palabras de quien llamó “un bandido”, pero John Jairo sostuvo que los hermanos Castro ayudaron al Cártel de Medellín en el tráfico de drogas.
«Estás diciendo, con los antecedentes que tienes, algo contra (…) un líder mundial como Fidel Castro. Quien lo acusa de haber tenido vínculos nada menos que con el Cártel de Medellín es uno de los sicarios del cártel, un bandido”, sostiene el reportero. “Sabes que mucha gente va a decir que es la palabra de un bandido contra el prestigio de un líder mundial”, añade.
«Ese no es un líder; es un dictador y es otro bandido”, sentencia fríamente el ex sicario. “Yo supe del tráfico de drogas, yo estuve en Cayo Hueso”, confiesa el asesino de casi 300 personas.
Popeye recuerda que cuando se descubrió el tráfico de cocaína en Cuba, más de 10 mil kilos de droga quedaron enterrados en la isla.
«Y aquí donde usted me está viendo, el bandido que usted llama porque a las cosas hay que llamarlas por su nombre, a mí Pablo Escobar me encarga que vaya al aeropuerto de la Ciudad de México que ahí me va a esperar el Premio Nobel de Literatura Gabriel García Márquez”, cuenta Popeye. “A él le entregué una carta de parte de Pablo Escobar, esa carta era para Fidel y Raúl Castro. Pablo Escobar le estaba pidiendo a Fidel un submarino ruso para llevar la droga desde México a La Habana y de La Habana a Miami», relata el ex sicario.
Escándalo histórico

Es posible que el peso de su conciencia por los cuatro altos militares fusilados en un juicio manipulado por él lo hayan obligado a confesarle la verdad al Papa Francisco en su reciente visita a Cuba. A lo mejor sí. Pero quedará en secreto de confesión.
Cierto o no, la verdad es que la agencia antidroga de Estados Unidos (DEA) recogió pruebas evidentes de que por el lado de Cuba se le estaba metiendo la cocaína, vía México. Y para ello necesariamente debía existir una complicidad al más alto nivel del gobierno cubano, pues bien sabido es que allí no se mueve una aguja por aire, tierra ni por mar, sin que Fidel y su hermano Raúl lo sepan.
En julio de 1989 cuando estalló el escándalo, todavía Fidel Castro gozaba de plena juventud y mando absoluto en la cúpula del Gobierno Comunista que preside desde 1959 cuando triunfó la Revolución. Desde entonces ha mantenido una férrea dictadura.
Por todas esas circunstancias nunca nadie creyó que el único implicado como cabecilla del mayor escándalo por corrupción en Cuba era el multicondecorado general Arnaldo Ochoa, quien en forma gallarda se defendió durante el largo juicio ante un jurado compuesto por 47 generales. En el banquillo de los acusados lo acompañaban el coronel Antonio De la Guardia, el mayor Amado Padrón y el capitán Jorge Martínez.
Ochoa fue quien más habló durante el juicio. Pronunció unas palabras premonitorias. “En Cuba siempre habrá narcotráfico y siempre se moverá una economía subterránea. Yo tengo unas palabritas que decirle a Fidel. Si es tan macho, que venga aquí a este juicio que yo se las digo en público o en privado”.
Ochoa y sus tres compañeros de infortunio fueron condenados a morir fusilados, lo que ocurrió en una fresca mañana de mediados de julio en una Habana convulsionada por algo que jamás pensaban los cubanos que sucedería: que fusilaran al general que había ganado dos guerras en el exterior en nombre de Cuba, al hombre más condecorado en la isla y el general de más alto prestigio en la isla.
Todo cuanto ocurrió en ese entonces ensombreció para siempre las imágenes de Fidel y su hermano Raúl, pues los rumores por la calle afirmaban que ellos no solo sabían de las andanzas del general Ochoa y otros numerosos oficiales, sino que también se lucraban del ilícito negocio. Verdad o mentira, ambos se llevarán ese secreto a la tumba. Incluso, con la reciente visita del Papa Francisco a Cuba, allegados al círculo más estrecho de Fidel aseguran que el líder le confesó en secreto la verdad sobre aquél sórdido episodio. Nadie sabe que dijo, pues si fue en secreto de confesión, se queda en la mente del Papa para siempre.











