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Proemios de un circo social atlanticense

Por, William Castro Atencia.

Las artes escénicas como muchas otras expresiones ofrecen al artista la posibilidad de adaptarse al contexto social y cultural en el que se vea comprometido de acuerdo a la época, para desarrollar una labor práctica fundamentada en la apropiación de los espacios y elementos que le rodean, en fin de preservar un control y una seguridad de sí mismo ante toda clase de situaciones y circunstancias adversas que se le presenten.

Sumergidos en las profundidades del escenario encontraremos las artes circenses, entendidas como un vasto espacio educativo y de constante aprendizaje, con la particularidad de que en su núcleo dialogan múltiples disciplinas como el teatro, la danza y la música, entretejidas en pro de fortalecer y mantener en armonía las dimensiones humanas de lo físico, social, emocional, mental y espiritual.

Para ello, el payaso (por su acepción connotativa del inglés “clown”) se sirve de diferentes técnicas e instrumentos como los malabares, las clavas o el monociclo, en los que poco a poco halla las maneras de establecer una íntima conexión con el público asombrado, permitiéndole dejar de cumplir llanamente su función expectante para volverle partícipe de esas experiencias significativas que se comparten en escena.

Un sueño prefabricado

En el municipio de Puerto Colombia-Atlántico se respira un vivaz aroma a circo social desde que Carolina Duncan, artista barranquillera de amplia trayectoria en el área, retornara de sus itinerancias por el mundo en octubre del 2020, para construir a orillas casi del mar Caribe el sueño de todo clown: Su propia carpa, el hogar de tantas historias y enseñanzas que desemboquen en una sola pasión hacia un tipo de circo que, distinto al tradicional y el contemporáneo, se reconoce por sus objetivos de transformar la realidad de comunidades vulnerables y sumidas a veces en el conflicto, a través de la recreación de sus entornos y personalidades.

Carolina, quien es directora de la fundación Duncan Playful Circus en la que hace más de diez años imparte talleres de formación en circo social bajo la identidad de la payasa Coicoi, confiesa haberse visto a finales del año pasado en la necesidad de adaptarse a los nuevos retos de la virtualidad que la pandemia del Covid-19 trajo consigo, para hoy día proyectar en esa carpa “un trabajo llevado de la mano de la comunidad juvenil y niños de barrio, en el que también se extienda una invitación a otros artistas y talleristas de circo social”, que puedan participar enseñando sus conocimientos y experiencias al público cumpliendo con los protocolos de bioseguridad exigidos por los tiempos actuales.

Así mismo, Coicoi piensa en el espacio como “una casa que presta sus alrededores para la residencia de artistas provenientes de todos los lugares”, quienes llegan en elencos para acampar y encender una fogata frente a las mágicas vistas costeras, mientras se concentran en ensayar las diversas presentaciones y montajes que han de programarse con anterioridad.

Red colombiana de payasas

En ese sentido, la RED colombiana de payasas ha sido la entidad circense convocada para sostener un primer contacto con la carpa porteña durante los días 19, 20 y 21 de febrero, en los que seis de sus más antiguas integrantes se rencontrarían con Carolina para formalizar una mesa de trabajo colectivo, así como para ensayar una muestra de sus habilidades en la llamada “ciénaga de Balboa” ubicada en la zona mangle del municipio, y a la que se congregarían unos quince habitantes entre los que se cuentan niños, jóvenes y adultos.

Esta red nacional con enfoque femenino nace en el año 2017 como una iniciativa tomada desde Brasil por colectivos artísticos locales, para relacionar a payasas del mundo en el ánimo de unir esfuerzos y pasiones que fortalezcan su labor y oficio; y que ese mismo año, después de extenderse a México, incursiona en Colombia con una varieté realizada simultáneamente en las ciudades de Medellín, Cali y Bogotá, situando su sede principal en esta última.

A medida que las payasas salen a intervenir con sus respectivos números humorísticos de cantos, mímicas y malabares, resuenan en los oídos de la gente los nombres de Coicoi, Felina, Yo-no-sé, que junto a sus otras compañeras conforman el grupo Semilla, liderado por Tatiana Torres (payasa Petiza) directora de la RED, que entusiasmada por el hecho de que en el departamento del Atlántico se empiece a gestar un espacio de circo social, considera que “de esta forma es como se aporta a que los niños (sobre todo ahora en la pandemia), puedan tener espacios de esparcimientos, recreación y respeto. Por lo que hay que seguirle apostando a esta clase de encuentros”.

Por otro lado, respecto a las incomodidades que en el instante performativo subyacen de la arena enceguecedora, los perros ambulantes y las brisas huracanadas, Petiza plantea que “lo maravilloso del teatro es que tú puedes transformar tu entorno. Todo se trata de ser conscientes de los espacios que habitamos, acomodarnos a las circunstancias que se presentan y seguir llevando las artes a todas partes”. Realizando no obstante la salvedad de que “aun así, siempre es importante contar con espacios recreativos más convencionales, donde los niños y las niñas puedan estar libres del sol, del viento…”.

Finalmente, el público goza del espectáculo variopinto que de principio a fin aclimata las sonoridades folklóricas del grupo Los Bacanes de Puerto Colombia, quienes al son de la flauta de millo, la tambora y el tambor alegre, tocan un mapalé que les hace levantar de sus asientos para bailar y escenificar con las payasas la felicidad de estar vivos.

Una deuda con la cultura circense

En Colombia es sin dudas la falta de espacios formales de práctica lo que entorpece la preparación de profesionales en el ámbito circense, dando como resultado que la mayoría de las veces los conocimientos deban ser transmitidos por medio de breves talleres, y no, en cambio, por escuelas ciertamente equipadas con las herramientas necesarias para aprender, acompañado de un personal experto e interesado en darle continuidad a los procesos creativos.

“Lo que se necesita es apoyo estatal -dice Grace McCormick, payasa Bony-, apoyo de organizaciones privadas y públicas que quieran contribuirle al arte y a la formación para generar cada vez más procesos significativos en torno al circo social; que los niños y las niñas encuentren otras oportunidades para crear y apoyar realmente la cultura, y que desde allí se puedan gestar procesos educativos de emprendimiento”.

Las payasas coinciden en que existe un mal manejo de los recursos monetarios para la inversión en las artes atlanticenses, y que ello, sin embargo, ha venido enseñando su verdadero rostro durante la pandemia en otras ciudades como Bogotá y Cali de donde son oriundas. Por lo que “una organización voluntaria, sin ánimo de lucro y sí de encontrarnos entre mujeres payasas para crear y ver lo que están creando las otras payasas” resulta en Bony la mejor opción para seguir avanzando como grupo.

De resto y lo que compete a la carpa aún en construcción, se concuerda en que esta representa “un sueño hecho realidad” para toda payasa. A Ilana Levy (payasa Banana), por ejemplo, le parece que el tiempo sobre la misma ha transcurrido bastante rápido durante esos tres días, y piensa como su grupo en que necesitan volver pronto para compartir mejor con la comunidad. “Creo que todas necesitamos de un espacio tal para poder practicar circo y compartir con la comunidad, en miras de seguir creciendo en nuestra labor. Para ello escasean medios de financiación que avalen el esfuerzo de la artista, pero más allá de ello no le hace falta nada (a Carolina): su Norte está bien trazado”.

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