
Aunque Colombia ha mantenido contra viento y marea una democracia estable durante 67 años, no se puede ignorar que en algunos periodos de ese lapso se ha producido una especie de «dicta blanda».
Es decir, periodos en los cuales no ha faltado quien haya intentado prolongar de manera ilegítima ( o por lo menos con métodos poco democráticos), su estancia en la Casa de Nariño.
Como ocurrió con el llamado caso de la «Yidispolítica», cuando con votos fraudulentos se aprobó en el Congreso de la República la reelección inmediata del mandatario de turno (Álvaro Uribe Vélez).
Un episodio que por fortuna no pasó a mayores, pero que alertó a varios sectores sociales colombianos acerca de las ambiciones desmedidas de ciertos sectores políticos por perpetuarse en el poder por encima de la voluntad popular y de las tradiciones políticas en Colombia.
El último caso de ir en contravía de la democracia se dió en 1957, con un contragolpe al dictador Gustavo Rojas Pinilla, un general del ejército colombiano que se vió obligado a asumir el mando debido al desgobierno existente por rebatiña del poder entre dos sectores del Partido Conservador.
Ante la grave situación política con amenaza de desembocar en una cruenta guerra civil, las fuerzas militares del momento asumieron el mando. Se produjo así el «gobierno de los quíntuples»: cinco generales de las fuerzas aérea, de la Policía, la Naval y la Aérea.
Hasta 1957 cuando se produjo el contragolpe a Rojas Pinilla.
El contragolpe dio paso al llamado Frente Nacional que estableció una alternancia en el poder durante 16 años: cuatro años en el poder para el Partido Liberal y cuatro para el Partido Conservador. Periodos que inició el periodista (fundador de la revista Semana), estadista y diplomático+fundador de la Organización de Estados Americanos, OEA, Alberto Lleras Camargo.
Así las cosas vemos que, a pesar de momentos críticos, la democracia colombiana ha sobrevivido a momentos mucho más críticos que los actuales.
Que Gustavo Petro ha dado muchos palos de ciegos. Que se ha rodeado mal. Que no ha sacado a tiempo a colaboradores indeseables. Que no se ha desmarcado de personajes turbios y con antecedentes de dudosa ortografía. Que para llegar al poder tuvo que aliarse hasta con el diablo. Todo eso es cierto.
Lo que se puede rescatar de la tormenta pasajera es que la entraña democrática del pueblo colombiano está ahí, a flor de piel, y consciente de los peligros como para no quedarse cruzado de brazos.
Los agoreros, aves de mal agüero, arúspices de malas intenciones, presagian tragedias, pero olvidan que el ciudadano de la calle no traga entero y sabe en qué momento sacar el arma más eficaz para mantener la vida política: salir a la calle para sacar a sombrerazos al inquilino de la Casa de Nariño que esté defecando fuera del inodoro.











