¿De qué nos sirve que sepan inglés y aparezcan en un cuadro de honor si no saben qué hacer con su ira, su tristeza o su dolor?
Por Mariangela Mercado Salas
Acostumbro consultarle a mi hijo sobre qué tema escribir, y hoy su respuesta fue: «Mami, habla sobre eso que dices tú de tratar y hacer».
Después de reírme un par de minutos sin saber de qué me hablaba, comprendí que se refería a aquellas veces en las que le pongo algún objeto a la mano y le digo que «trate» de sostenerlo, después de varios intentos fallidos le explico la diferencia entre «tratar» y «hacer». Tratar es esforzarnos a medias dando por hecho que no lo lograremos. Hacer es lanzarse como un huracán con la fuerza del alma y los sentidos hasta lograr lo que nos hemos propuesto, y a menos que circunstancias ajenas o la voluntad de Dios nos lo impidan, el resultado suele ser un: «¡Lo logré!».
También caí en cuenta de lo difícil que se ha hecho para mi enseñarlo a dominar su carácter cuando las cosas no salen como lo espera o sus emociones se le escapan de control.
No soy la más indicada para predicar sobre aquello de «terminar todo lo que se empieza» puesto que voluntaria y decididamente no he concluido muchas de las cosas que he comenzado en mi vida, simplemente cuando algo no me hace feliz, no me apasiona o me decepciona (como el Derecho y la política, por ejemplo) lo dejo olvidado en el camino, a menos que me paguen por hacerlo o sea una de mis responsabilidades ineludibles. No obstante, sobre perseverar en lo que se quiere, sí puedo hablar un poco.
A veces pienso que debido al sistema económico y la forma de vida que nos hemos impuesto estamos educando personas facilistas y con una bajísima tolerancia a la frustración, muchos padres intentan compensar su ausencia comprando bienes materiales a sus hijos sin esforzarse en enseñarles el camino que deben recorrer para conseguir lo que necesitan. Ese es un punto. El otro es que llegamos a veces tan cansados que frente a exigencias, pataletas o malos comportamientos, optamos por el camino más fácil: «Laissez faire, laissez passer» pero no refiriéndose al capitalismo y a los franceses, sino a la permisividad sin disciplina en nuestros hijos.
Ambos comportamientos los conducen a crecer convencidos de que todo se consigue fácil y a no saber manejar las emociones negativas que se desatan ante los obstáculos o las metas no cumplidas. Erramos, y en lugar de asumir la responsabilidad de nuestras falencias como padres, permitimos que nos inventen nuevos trastornos psiquiátricos y entregamos el asunto a psicólogos, psiquiatras o medicinas.
Cuando nos obligaban a colaborar con las tareas de la casa o nos daban unos correazos se lograban mejores resultados y excelentes seres humanos, porque si algo me enorgullece de mi generación es precisamente la fuerza para perseverar y la tolerancia ante las frustraciones que nos caracteriza, incluso a aquellos que en algún momento perdimos el norte.
¿De qué nos sirve que sepan inglés y aparezcan en un cuadro de honor si no saben qué hacer con su ira, su tristeza o su dolor?











