A las 3 en punto, cuando el calor se hacía más insoportable, Monseñor Tamayo empezó la misa para despedir a los tres angelitos asesinados por su propia madre.
Por Chachareros/Fotos Alex Lewis
El sol en Palmar de Varela parece más fuerte que en cualquier otro punto de la tierra, y este viernes se hizo más insoportable a partir de las dos de la tarde cuando centenares de personas se agolparon en los alrededores de la iglesia para despedir a los tres niños asesinados el miércoles por su propia progenitora, Johana Montoya Rosario, quien después de tan brutal acto, intentó quitarse la vida con el mismo cuchillo.
[caption id="attachment_27042" align="alignleft" width="192"]
Monseñor Víctor Tamayo ofició la misa en Palma este viernes.[/caption]
Ella ahora se recupera de sus heridas en el hospital ESE Cari de Barranquilla. Ni siquiera se enteró que una multitud lloró este viernes durante la misa y a lo largo del recorrido hasta el cementerio, en donde le dieron el último adiós a “los tres angelitos de Palmar de Varela”, como los llamó una anciana asistente a la hermosa misa oficiada por el Arzobispo de Barranquilla, Monseñor Víctor Tamayo, cuyas palabras retumbaron en el templo con vigor y con angustia. No podía ocultar su dolor debajo de su respetable sotana. De vez en cuando se le quebraba la voz, y entonces el pueblo más lloraba en medio de un vaho salobre y caliente como de olla hirviendo.
Wilson Díaz Reales, el padre de las tres inocentes víctimas, aún no sale de su estupor. No entiende qué pudo haber pasado por la cabeza de su compañera, quien hasta se dio el lujo de escribir previamente, en un pedazo de papel de libreta de colegio, lo que en su mente supuso que era una carta de despedida. Dejó escrito que mataba a los tres niños para que no sufrieran lo que ella padeció desde niña. Y recordaba a su esposo con cariño que “el 24 cumples los 40, amor, lástima que no podamos estar contigo”.
En su nota relata que ella en su infancia sufrió lo más cruel, por culpa del papá que la violaba tan pronto su mamá salía de casa a vender las empanadas que con tanto esfuerzo y sacrificio hacía para ayudar al sostén de la casa.
La tarde fue cayendo. Los tres pequeños ataúdes blancos como las nubes que en ese momento posaban sobre Palmar, danzaban en los brazos de una multitud adolorida y triste. Los tres bultos blancos se veían a lo lejos como si flotaran encima de la corriente de un manso río.
[caption id="attachment_27041" align="alignright" width="179"]
Nunca antes Palmar de Varela había llorado tanto.[/caption]
La atmósfera en el cementerio se volvió densa, con una tristeza profunda en el rostro de todos los que permanecieron en el camposanto hasta última hora. Era una tristeza colectiva tan profunda que hasta se podía tocar con las manos.
[caption id="attachment_27044" align="alignleft" width="300"]
El dolor colectivo era insufrible. El publico, cabizbajo, siguió despacio el desfile fúnebre.[/caption]
[caption id="attachment_27043" align="alignright" width="173"]
El cortejo fúnebre, rumbo al cementerio.[/caption]
]]>











