A las 3 en punto, cuando el calor se hacía más insoportable, Monseñor Tamayo empezó la misa para despedir a los tres angelitos asesinados por su propia madre.
Por Chachareros/Fotos Alex Lewis
El sol en Palmar de Varela parece más fuerte que en cualquier otro punto de la tierra, y este viernes se hizo más insoportable a partir de las dos de la tarde cuando centenares de personas se agolparon en los alrededores de la iglesia para despedir a los tres niños asesinados el miércoles por su propia progenitora, Johana Montoya Rosario, quien después de tan brutal acto, intentó quitarse la vida con el mismo cuchillo.
[caption id="attachment_27042" align="alignleft" width="192"]Wilson Díaz Reales, el padre de las tres inocentes víctimas, aún no sale de su estupor. No entiende qué pudo haber pasado por la cabeza de su compañera, quien hasta se dio el lujo de escribir previamente, en un pedazo de papel de libreta de colegio, lo que en su mente supuso que era una carta de despedida. Dejó escrito que mataba a los tres niños para que no sufrieran lo que ella padeció desde niña. Y recordaba a su esposo con cariño que “el 24 cumples los 40, amor, lástima que no podamos estar contigo”.
En su nota relata que ella en su infancia sufrió lo más cruel, por culpa del papá que la violaba tan pronto su mamá salía de casa a vender las empanadas que con tanto esfuerzo y sacrificio hacía para ayudar al sostén de la casa.
La tarde fue cayendo. Los tres pequeños ataúdes blancos como las nubes que en ese momento posaban sobre Palmar, danzaban en los brazos de una multitud adolorida y triste. Los tres bultos blancos se veían a lo lejos como si flotaran encima de la corriente de un manso río.
[caption id="attachment_27041" align="alignright" width="179"]La atmósfera en el cementerio se volvió densa, con una tristeza profunda en el rostro de todos los que permanecieron en el camposanto hasta última hora. Era una tristeza colectiva tan profunda que hasta se podía tocar con las manos.
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