Cuando los pueblos convierten algo en costumbre, es ley de leyes, por siempre y para siempre.
Por Rafael Sarmiento Coley/fotos Jairo Buitrago
A pesar de los ingentes esfuerzos de la curia barranquillera a través de intensas campañas mediáticas y con sermones desde el púlpito por parte de todos sus respetados y acatados sacerdotes de catedrales y parroquias, la gente sigue usando en el ‘domingo de ramos’, claro, como no, los ‘ramos de la palma en donde el loro piquito blanco hace el nido y se reproduce’.
Estudios serios han demostrado que el hermoso loro pico amarilla o pico blanco cada día es una especie en vía de extinción. Ya es una reliquia encontrar una de estas especies en zonas en donde antes eran abundantes y, a lo lejos, se escuchaba su alegre vocinglería. La triste realidad es que, por esos extraños caprichos de la especie animal de este mundo, ese loro (que, además, aprende con facilidad el sonido de muchas palabras), de fino pico y hermoso plumaje verde claro y nítido, hace su nido el copo de la palma cuyos ramos se usan, desde hace más de dos mil años, para conmemorar la entrada triunfal de Jesús a la tierra Santa.
Desde entonces no ha habido forma de que los feligreses cambien la palma por otro vegetal, ni que los loros hagan su nido, por ejemplo, en una palma de coco. Es una aparente terquedad en la cual nadie cede. Misterios de la vida.
Este domingo de ramo no fue distinto al de hace 2.015 años, cuando entró Jesús a Jerusalén en el burrito viejo y cansado, a paso lento, en medio de la multitud febril que lo vitoreaba y saludaba con alegría agitando los ramos de palma. No eran ramas de olivo. Era hojas de la misma palma que hoy, más de dos mil años después, está a punto de desaparecer por completo de la faz de la tierra porque la feligresía no cambia de costumbre así de buenas a primeras, como no cambia de fe.

Los niños gozan batiendo sus ramos de palma. Cogollos frescos.Los niños no saben que en esos cogollos los loros hacen su nido.

Hoy hay más fe y sinceridad en la feligresía. Hoy tal vez a Jesús no le hubiese ocurrido lo que vivió hace más de dos mil años, cuando Poncio Pilatos, como buen político, se lavó las manos.
Va pasando una señora con un niño de brazos. Va cansada, busca un sitio donde reposar. Encuentra un muro bajito y allí se sienta con su bebé. Es morena. Afrodescendiente.- Se le pregunta “¿por qué no buscó un ramo de olivo, o de matarratón, como aconsejan los sacerdotes? Su respuesta es rebelde, con un
dejo de resentimiento: “Mire, si a Jesús lo recibieron con ramos de palma, ¿por qué nosotros ahora vamos a andar con palos de matarratón o de mango? Eso es un irrespeto. Además, usted qué se cree, que porque soy negrita soy hija de menos madre y tengo que llevar ramos de matarratón cuando las señoras blanquitas llevan ramos de palma frescos y bonitos”.
De inmediato aparece en la escena una señora de piel blanca, muy mal vestida, con unas sandalias rotas y con cuatro niños que se supone son hijos suyos, son cabello rubio, y ojos verdosos, todos tienen algo en común: tienen gripa porque van moquientos. Se le formula la misma pregunta, y ella responde con un dejo de conformismo, de abandono: “¡anjá, y qué otra palma voy a conseguir, si esta es la que venden en todas las esquinas. Además, a mí no me cuestan nada porque uno de los vendedores me presta un cuarto de la casa para guardar su mercancía de ramos”. Vive diagonal a donde se le inquirió para este diálogo. Es una vivienda con patio escueto, un techo en forma de ramal. Un tugurio.

Los habitantes de estos sectores golpeados por la pobreza no pudieron salir a conmemorar el domingo de ramos.
Regala una sonrisa y se va con su prole acosada por la gripa. Pero van felices porque cumplieron con el deber moral de ir a misa el domingo de ramos con los cogollos en donde tal vez frustraron el nacimiento de una veintena de hermosos loros. Así es el mundo. En Jerusalén las multitudes eran tan manipulables como los electores de los barrios populares de Barranquilla. El domingo de ramos dieron bienvenida de héroe a Jesús. Díaz después esas mismas multitudes pedían que lo crucificaran. Que muriera en la cruz. Como en efecto sucedió.












