Por: Hernán de la Ossa
La identidad es el valor intrínseco con lo que se nace, más si hablamos de la identidad cultural que es labrada a fuerza de la historia de un modus vivendi que trascendió por generaciones desde tiempos de otrora. La identidad del costeño, el hombre caribe, en todas las subregiones, deviene de la antiquísima formación de la sociedad producto de la mezcla de culturas que fluctuaron en la conquista, de ahí que en cada subregión de la costa se empleen distintos acentos y comportamientos, siendo todos, miembros de un mismo litoral. El caribeño por naturaleza es jovial, campechano, desparpajado en su hablar y en su modo de vestir, caluroso y fiestero, esencia misma que fue establecida por la costumbre de todos los antepasados que tenemos en común, y tal vez por las condiciones del ambiente, y por qué no, del clima. Del mismo modo podemos hablar de las culturas del resto del país, opitas, llaneros, santandereanos o antioqueños, que también son producto de sus condiciones sociales y geológicas.
En los últimos siglos, con la irrupción de la modernidad afincada en las esferas centralistas de la nación, los fenómenos culturales que devinieron del extranjero representaron para el colombiano (sobre todo para el costeño) un complejo de inferioridad, simplemente por el sofisma de la “estética”, provocándole un aislamiento social y así, el problema de la des afirmación de la identidad cultural. Resultó que el costeño por “negrito” y “chabacano” no merece un lugar en las altas cumbres, que tiene que quitarse el sombrero, las abarcas, las camisas coloridas y ponerse sacos, corbatas, sombreros de fieltro y hablar refinadamente ante sus coterráneos, empezar a escuchar pop intentando parecerse al bogotano o reggaetón para ser como el paisa, y sobretodo, avergonzarse de ser lo que es simplemente porque, eso que es, costeño, no se adapta a los cánones de la correcta estética predeterminados por una cultura americana, europea, o incluso propia de otro lugar del país.
“un costeño es aquella persona que no es capaz de comerse solo un gajo de mamón” esta frase casi proverbial de David Sánchez Juliao, define lo que somos los caribes, solidarios, compañeros y amigos. Debemos empezar a comprender que por el hecho de ser caribes también somos merecedores de un reconocimiento nacional, que no necesitamos ser como… para ser importantes dentro de la nación. Mil ejemplos tenemos para contar, personajes de la farándula mundial que emergieron de la tierra costeña y que, aunque se vistan de lentejuelas, llevan en alto el nombre del caribe colombiano; Shakira, Carlos Valderrama, Álvaro “joe” Arroyo o Gabriel García Márquez entre otros exponentes de la cultura, el deporte y las letras, ejemplos de la grandeza del sol caribeño.
Hemos empezado a evocar la canción de Facundo Cabral “ni soy de aquí, ni soy de allá” inmersos en una dualidad que nos provoca la intensión de encajar en la sociedad moderna y no fallarle a nuestra idiosincrasia. Mancillar nuestros orígenes y la esencia que este nos heredó, es negar las propiedades y nuestro exótico modo de ser, pero enorgullecernos de nuestra raza significa dignificar el legado ancestral que nos cobija, como estandarte altivo de la importancia de nuestra región.












