«El trato actual a la Naturaleza es el peor elogio a la decadencia». Con esa frase inicia su columna el escritor y profesor Jorge Guebely, PhD en Literatura, para analizar
Por Jorge Guebely
El trato actual a la Naturaleza es el peor elogio a la decadencia. Nada queda de las anteriores visiones. Antes proyectaba lo sagrado sobre las tribus prehistóricas según Mircea Eliade. En la tradición bíblica, la expulsión del paraíso natural fue el castigo sobre Adán y Eva. Los muiscas adoraban al sol y a la luna, Xue y Chía. Juan de Castellano escribió que los Tayrona ‘adoraban los planetas y los sinos’. Había un respeto sacro por la Naturaleza. De la sacralidad se pasó al mito. Hindúes y griegos vieron el universo poblados de dioses míticos, forma metafísica de explicarse el mundo. Prometeo metaforizaba los enormes sacrificios para adquirir el fuego del conocimiento y Bachué significó el héroe civilizador entre los muiscas. Percepción sagrada y mítica que los poetas del siglo XIX trataron de recuperar. Byron escribió una oda a Prometeo y Baudelaire diría que: ‘La Naturaleza es un templo cuyos vivientes pilares, / dejan a veces escapar confusas palabras’. Enorme respeto por la madre tierra, origen de todos los seres que en ella viven o vivieron. Historia honorable que quedó rebajada a la producción.
La Naturaleza hoy sólo sirve para producir capital y muerte. Diferentes formas existen para hurgarle su vientre y esquilmarle su vida. Los capitales extranjeros no se sacian en su voracidad ni en la destrucción del medio ambiente ajeno. Las explotaciones mineras y energéticas sólo producen desolación. Descomponen el tejido social de los lugareños por el crecimiento insólito de la pobreza, las enfermedades y los grupos paramilitares. Las tierras del entorno minero se secan por el uso excesivo de agua. Superada la etapa de explotación sólo quedan desiertos. El cianuro, que separa el oro de los metales no precioso, queda esparcido en los alrededores mineros y persiste durante mucho tiempo como arma letal para los sobrevivientes. El drenaje acuático subterráneo se contamina con ácidos que luego brota a la superficie convirtiendo quebradas y ríos en inminentes peligros. La codicia de la producción ha convertido a la Naturaleza en industria de la muerte ambiental y humana. Horrendo precio pagan los países tercermundistas por el ‘progreso ciego’ de las élites económicas mundiales.
Ningún futuro luminoso se avizora en el horizonte. La producción minera y energética actúa como enfermedad instintiva. Imita a gusanos de una herida que, enceguecidos por la avidez, carcomen carne y hueso de la víctima hasta provocarse su propia muerte. Faltan muchas voces sensatas que detengan esta catástrofe ambiental, que devuelvan a la Naturaleza la sacralidad que unos mercachifles internacionales le han robado.












