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Murió el Boom: se fue Carmen Balcells

La agente literaria española nacida en 1930, fue la figura estelar en el llamado ‘boom’ de la literatura latinoamericana y mundial. Fue la ‘Mamá Grande’ de Gabo. 

Por Rafael Sarmiento Coley y El País

Con el fallecimiento de Carmen Balcells, la visionaria e intrépida agente literaria española, se cierra tal vez el capítulo que le faltaba al llamado ‘boom’ de la literatura latinoamericana y su irrupción ante un mundo ávido de nuevas aventuras y de textos frescos que se insinuaran como una alternativa fuera de lo común y distinta de lo que se encontraba en esos momentos en las librerías.

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La agente literaria española se convirtió en la Mamá Grande de sus escritores. Y hasta de mediadora en sus peleas y odios.

Que no era muy atractivo para una nueva generación de lectores cambiantes que, como ahora, estas ansiosos por encontrar en los portales de Internet narraciones que los emocionen y les mantengan en suspenso por un buen rato. ¿Qué Internet no es para eso? Ya lo veremos.

Por ahora es muy fácil meter fuertes sumas de dinero en un portal que ha sido promocionada como quien impulsa la venta de camisas mediante la radio. Es un truco sin visión y simple, primitivo. Sin embargo, hay ciertos portales que, de esa manera tramposa, logran atraer a inversionistas incautos atraídos por el señuelo de contar con un medio de comunicación fuerte, sólido, con indiscutible credibilidad.

Y eso, la credibilidad, no se consigue con propaganda en un noticiero de radio o de televisión así sean los de mayor sintonía en la comarca. Y no la consigue porque la credibilidad es otra cosa. Un noticiero de radio o televisión puede llegar a tener mucha audiencia, porque denuncia lo que le conviene y calla lo de quienes le pagan por no decir nada. Son, ni más ni menos, que sicarios morales incrustados, de manera vergonzante, en el periodismo de las nuevas tecnologías de la comunicación y las informaciones. Esos hacen bulla, pero no tienen credibilidad.

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Lo importante fue que Gabo, Fuentes, Boges, Arenas, hubiesen tenido la fe en la credibilidad de su agente literaria.

La credibilidad en un medio de comunicación o en una agencia literaria, es un tesoro que vale oro. Y se consigue a base de textos limpios, honestos, pulcros, bien escritos, con propuestas literarias novedosas y futuristas.

El lector de hoy no es bobo. Es mucho más inteligente de quienes tan temprano quieren hacer atractivos negocios a través de un portal. El lector de hoy quiere ver textos de calidad. Literatura pura que no la hay en la masa encefálica de dueños de portales que se pasean como pavo real en limusinas de oropel.

La credibilidad dura y pura fue la que logró amasar la agente Literaria española Carmen Balcells, quien tuvo el maravilloso acierto de no equivocarse en los genios que escogió para lanzar algo nuevo en un mundo deseoso de encontrar la diferencia con lo tradicional y primitivo.

Lo que decía Carmen

“Yo soy un diamante en bruto, soy una lectora pedestre, una analfabeta”, solía decir de sí misma. Nada más alejada de la realidad: era otra de las calculadas argucias que pergeñó, a lo largo de las casi seis décadas durante las que construyó su agencia literaria, de las más potentes del mundo y que cambiaron para siempre la situación de inferioridad del escritor en el mercado editorial. Fue sin duda la artífice del boom literario latinoamericano, al proteger a entonces semidesconocidos como Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa para que se preocuparan solo por escribir. La apasionada, discreta y contradictoria Carmen Balcells tenía razón en una cosa: era dura como el diamante, lo que explica que estuviera hiperactiva y al frente de su imperio literario hasta la noche del domingo, cuando falleció a sus 85 años.

2 Carmen Barcell y Vargas Llosa

El peruano Mario Vargas Llosa fue uno de los primeros en caer en su regazo. «Conversaciones en la Catedral» y «La ciudad y los perros» lo lanzaron al mundo literario para siempre, de la mano de Carmen Balcells.

Todo lo que fue lo apuntaba ya de pequeña, mayor de cuatro hermanos criados en las curtidoras y áridas tierras de Santa Fe de Segarra (Lleida) donde nació en 1930, en una familia modesta, de un padre inculto pero de una inteligencia que heredó y de una madre refinada que la obligó a estudiar peritaje mercantil —se graduó llena de matrículas de honor en 1949— por si se arruinaban. Y así fue: trabajó de secretaria del gremio textil de Terrassa.

Una visita de un empresario brasileño que quería hallar un editor en portugués la llevó a conocer al rumano Vintila Horia, que tenía una agencia literaria en Madrid, ACER. Ella le haría la representación en Barcelona. Cuando el escritor ganó el Goncourt y se instaló en París (1960) se quedó con su cartera de autores y se instaló por su cuenta. La relación con el poeta Jaume Ferran le permitió ver la literatura por otro lado: la entonces seminal ventana de Seix Barral de los Carlos Barral, Josep María Castellet, Jaime Salinas y, sobre todo Joan Petit, “la persona de la que más aprendí en mi vida, junto, años después, con Nélida Piñón, vital para mi formación intelectual y para mi confianza”, confesaba.

El mito se forjó pronto

3 Barcell

Jamás ostentó el poder que tenía entre sus manos, siendo la agente de cinco Premios Nobel de Literatura.

Tras estudiar como una entomóloga el sector editorial, vio un campo prácticamente virgen si se ponía a defender los intereses de los escritores, en especial los de aquellos que creía que tenían valía literaria y no podían dedicar todas sus energías a ello por tener que preocuparse de cuestiones materiales. Así captaría a su último Nobel, Vargas Llosa: leyéndole, yendo a buscarle a Londres y ofreciéndole de su bolsillo (préstamo mediante) los 500 dólares que necesitaba mensualmente para dedicarse tan solo a escribir y a acabar una novela, que sería Conversación en la Catedral. Se ganó así una amistad de acero.

El escaso dominio del inglés la abocó a leer todo lo que pudo en castellano y en especial de escritores de América Latina, por donde en 1965 hizo un periplo contactando con la mayoría de los que conformarían el boom. Una mina. Ahí contactó con García Márquez, con unos inicios no muy prometedores: cuando, ufana, le dijo que le había conseguido un acuerdo con la norteamericana Harper & Row para que le publicara en inglés por 1.000 dólares, le espetó el autor colombiano: “Es un contrato de mierda”.

Lograrlo todo

Parecía conseguirlo todo: desde folios para que escribieran, a buscar colegios para sus hijos y organizar fiestas de aniversario pasando por buscar médicos especialistas o incluso adelantar un préstamo para que Ana María Matute pudiera comprarse un piso. Pero no solo era cuestión de factor humano: fue una pionera en su sector, implantando las cláusulas de cesión por tiempo limitado de derechos y dividiéndolos a partir de derechos electrónicos o por adaptaciones al cine o al teatro o televisión. Los editores la temían.

Lo podía controlar todo porque todo lo anotaba en unos ya míticos cuadernos de hojas amarillas cuadriculadas. Esa misma inquietud y afán la llevó a fundar en los setenta RBA, hoy una gran editorial. Luego optó por quedarse con su agencia y sus autores, haciendo de Mamá Grande, como la bautizaron parafraseando un libro de Gabo. Y creó una superagencia, que llegó a tener cuatro decenas de trabajadores. La nómina a los que ayudó supera el centenar de nombres, con seis premios Nobel entre ellos: García Márquez, Vargas Llosa, Cela, Miguel Ángel Asturias, Vicente Aleixandre y Neruda, y autores como Cortázar o Manuel Vázquez Montalbán. Ese catálogo fue su mayor gloria y, en estos últimos años, su pesadilla puesto que sobre él acecharon muchos competidores.

Sobre el autor

Director general de Lachachara.co y del programa radial La Cháchara. Con dos libros publicados, uno en producción, cuatro décadas de periodismo escrito, radial y televisivo, varios reconocimientos y distinciones a nivel nacional, regresa Rafael Sarmiento Coley para contarnos cómo observa nuestra actualidad. Email: rafaelsarmientocoley@gmail.com Móvil: 3156360238 Twitter: @BuhoColey
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