El sábado 13 de agosto falleció el padre Gonzalo Paz Cañadas, sacerdote cartagenero nacido y criado en la calle don Sancho.
Por: Padre Rafael Castillo Torres
El clima espiritual que acompañó sus exequias, como los testimonios de sus familiares, feligreses y hermanos sacerdotes nos hablaron de un hombre de vida sencilla y generosa que hablaba a Dios poco a poco y con paciente amabilidad.
Este año, una vez que Gonzalo estuvo libre de la responsabilidad que demanda el cuidado de una parroquia, compartí mucho más con él. Desde hacía 6 meses me colaboraba en la parroquia de Santo Domingo en confesiones, guía espiritual y era un gran apoyo en las celebraciones y el despacho parroquial.
Permítanme compartirles las memorias de nuestros últimos diálogos, en la sacristía de Santo Domingo; diálogos francos y abiertos sobre la piedad popular, nacidos del acompañamiento que hacíamos a las personas que cada día llegaban al altar del Santo Cristo de la Expiración.
Gonzalo siempre tuvo claro que hay muchas otras formas de orar a Dios, distintas a las que enseña el seminario. Formas que Dios escucha, entiende y acoge con amor.
Desde su tiempo como párroco en este santuario, estuvo atento a quienes se acercaban en silencio a rezar ante el Santo Cristo: “Aquí llega tanta gente apurada como contenta. También llegan aquellos que se les nota que viven bastante distantes de Dios, pero se acercan por algún motivo. Igualmente están los que no saben si creen o no creen. En todo caso la devoción al Santo Cristo es la oración sencilla de la gente de Cartagena que desde lo hondo de sus vidas le rezan a Dios con minúsculas.”
Sacamos dos conclusiones: la primera es que Dios entiende las lágrimas de esa madre soltera, humillada y sola, abandonada por su marido y agobiada por el cuidado de sus hijos, que pide fuerza y paciencia, sin saber siquiera a quién dirige su petición; y la segunda: Dios también escucha el corazón afligido del enfermo, alejado de Él que, mientras lo meten al quirófano, piensa en Dios sólo porque el miedo y la angustia le hacen agarrarse de lo que sea.
En algún momento me compartió el caso de un señor que le pidió que le bendijera un cirio. Todos sabemos cómo manejaba estos casos. No obstante, me dijo: “cuando lo escuché no pude ser indiferente ya que a su esposa le habían diagnosticado un cáncer y le habían pronosticado sólo un mes de vida. Ni se acordaba de las oraciones… ni sabía cómo hacerlas. Sólo sabía encender una vela. Yo bendije el cirio, lo acompañé a encenderlo, y oramos juntos. Antes de que se fuera, llorando, aproveché para decirle que esa luz era una oración muy buena que Dios escuchaba”.
No olvidemos a Gonza, que ha sabido recordarnos que Dios a todos nos escucha con amor.













