Edición especial de la revista víacuarenta que compendia textos de poetas participantes en las edición 2015 a 2020.
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Y compartimos el texto Memoria de los que se fueron, de la poeta Tallulah Flores, que acompaña esta edición de víacuarenta en su presentación:

Luego de cumplida la realización de las fechas centrales de PoeMaRío 2020, y adoloridos aún por la muerte casi
sin pausa de los poetas Luisa Fernanda Trujillo, Álvaro Miranda y José Manuel Crespo, presencias que nos
habían acompañado en ediciones recientes de nuestro festival, Miguel Iriarte, director de esta revista y del
festival, me propuso hacer un Facebook Live especial con los diez poetas fallecidos que habían estado en
nuestra ciudad en las doce ediciones de PoeMaRío.
No lo dudé. Desde el fallecimiento de mi hijo Alejandro he querido comprender (si de comprender se trata),
que la vida y la muerte son la misma dádiva, el mismo “sacrificio”, el mismo fuego que se enciende y se apaga
cada día para volverse a encender.
De tal modo que la sola idea de encender la llama de los poetas que nos aportaron sus voces en vida (y a pesar de mi nueva y todavía inmadura relación con la muerte), me proveyó de una especie de “gozo” que agradecí.
Y así fue que inicialmente me aventuré en un diálogo con nuestros queridos poetas, releyendo en silencio y con una
pausa extraña algunos de sus poemas. Experiencia que literalmente —debo agregar— me permitió verme
cobijada bajo la sombra de sus sombras: como si fueran árboles. Un bello y nostálgico reencuentro como yo sé
que sólo puede ofrecer el bullicio o la serenidad ante la certeza de la muerte.
Y luego, vinieron los recuerdos: Un bar notable. Jorge Paolantonio, escribiendo mi nombre en una servilleta para rememorar a Hitchcock y a Tallulah Bankhead. Un buen vino; su manera fabulosa de compartir su pasión por el arte y por la vida. Erudición, sensibilidad, la alta poesía que era Paolantonio. Todo un caballero. Gracias, Marta Cwielong, por presentarme a este ser notable en ese bar de la ciudad de Buenos Aires.
José Manuel Crespo, leyendo en el auditorio de la Aduana, fue un encantamiento. Verlo y escucharlo fue corroborar que la poesía puede ser tan simple como enorme. Cuántas veces me he repetido desde entonces su verso Es el camino el que parece irse alejando de mis pasos. Es el camino el que parece irse alejando de mis pasos.
Fue en “Caza de Poesía”, el último bar de Aníbal Tobón en Barranquilla, donde Martin Txeis se acercó a mí para contarme esta historia: a pleno sol en Barranquilla, se dirigió a un “agáchate” para vender un viejo libro de Álgebra. Pero la respuesta no fue otra que: esos libros ya no se usan, pelao. Así que, mudo, decepcionado, urgido, y con la mirada perdida, de pronto lo vio sobre el pavimento: Poesía para armar (mi primer libro de poemas). Acto seguido, lo tomó, lo abrió, lo hojeó, lo cerró. Y segundos después, escuchó la voz del vendedor que le decía: ¿ese de qué es?, ¿de
versos? Esos sí están teniendo como salida, ¿cuánto pides por el librito? Y Martin le vendió al vendedor el libro que éste tenía para la venta. Nos reímos mucho esa noche.
¡Cómo lamento que no esté aquí con su hermosa juventud entre nosotros, viviendo en la poesía!

Luisa Fernanda y yo nos vimos pocas veces, pero fueron suficientes para saber que nos encantaba conversar y que estábamos unidas. Entre otras cosas, por la manera tal vez inquebrantable de ser críticas. Lo discutimos alguna vez desayunando en el hotel Génova, con algo de tristeza porque sabíamos que a veces se paga un precio alto por ello.
Un día nos encontramos en Medellín. Ella atendería una invitación de la UDEA, y, luego, iría a mi apartamento en San Diego a vivir lo que ella consideró una experiencia mágica: la esperaban los jóvenes del taller de El Río Poesía Contemporánea, que dirigía Gabriel Jaime Franco. Estuvo fascinada. Cerramos la velada con una cena que preparé y que le recordó los cumpleaños de los 60. Y nos reímos. Luisa no sólo nos donó una enorme voz poética, sino su valentía al asumir y definir su muerte, sin aspavientos, con dulzura. Mi querida María del Rosario Laverde lo sabe más que nadie, porque fue su sabia compañía antes y durante este trance entre la vida y la muerte.
No conocí personalmente a Alberto Rodríguez Tosca. La vez que visitó PoeMaRío fue el único año que no pude llegar a Barranquilla. Tenemos amigos comunes, leo sus libros, y debo decir que recurro a su voz cada tanto, porque creo saber, como él, que la desesperanza humana es inevitable. Que las madrugadas pueden ser largas. Que el dolor nos puede decir más de lo que suponemos. Que la multitud agobia. Que la rutina
nos cansa y nos arrebata la voz. Y que la poesía, si bien no nos salva, de tanto en tanto nos abraza. Quiero creer que los días que antecedieron a su muerte, pudo escuchar el eco de la voz de sus amigos que lo estaban recordando con amor. Todos, de una u otra manera, estuvimos en La Habana junto a él.
Quiero mucho a René Rodriguez Soriano. Amo su poesía, valoré su vitalidad y me hizo feliz su conversación. Fue un gestor cultural con mayúscula. Su voz fue la del ser humano que reconoció la fuerza de la poesía del Caribe para llevarla con él y ofrecerle un espacio entre todos los espacios posibles. Me sucede que de pronto lo veo sentado en el lobby del hotel Génova, buscando algún libro de algún autor que quiere compartir. En la terraza del Nombre de la Roza en Salgar, con la gata Gramática en sus piernas, conversando en casa con Miguel; escucho su risa y me conmueve su amor por la vida. La irreparable pérdida de su hijo sobre la que sostuvimos una difícil conversación, lo convierte hoy,
además, en mi hermano en el mismo dolor.
Rémy Durand no fue mi amigo personal, pero me maravilló siempre su interés por conocer la poesía latinoamericana y su compromiso con la labor de editar, promover y traducir la poesía; ese oficio maravilloso que significa entrar en la tradición, el lenguaje y las lenguas para interpretar el espíritu del creador. Fue Rémy un gran amigo de nuestro festival
y de Barranquilla, y fue Julio Olaciregui quien nos propició su presencia inolvidable.
Álvaro Miranda es un grande. Un ser del Caribe colombiano y del mundo que supo desde muy temprano que la escritura y la poesía eran su destino. Alguna vez conversamos en el Gran Hotel de Medellín sobre nuestra insistencia en el mar, en esa necesidad de observarlo ir y venir. Y así fue que coincidimos en que podían transcurrir años sin que ninguna montaña pudiera apaciguar este anhelo nuestro por la mar. Y también bailamos. Y supe de la elegancia de su cuerpo y de su espíritu ante la belleza de un porro de las sabanas de Sucre. Entonces me dijo: Una aventura es esto de
bailar. Así también hay que escribir, arriesgándose.
De mi apreciado poeta panameño, Arysteides Turpana, aprendí mucho. Propicié conversaciones con él durante el festival, y me honró con su correspondencia durante algún tiempo. Espero visitarlo a orillas del río Azúcar, y escuchar el eco de su voz en los cantos de la nación Dule. Quiero pensar que su arduo trabajo antropológico, lingüístico y por los derechos humanos, así como su poesía, son ya un legado para nuestros pueblos. Buscaré ese documental filmado por un francés en su comarca nativa a mediados de los 70, en el que no sólo se ocupó de asistir al director sino para el que se lanzó como actor. Quedó en mi memoria su relato también fílmico, mientras íbamos en un bus hacia un evento del festival, sobre la desaparición de algunos rollos de esa película que felizmente fueron encontrados.
Breves y sencillas palabras las mías. Son mis recuerdos.
Finalizo estas semblanzas, tomando algunas palabras de T.S. Eliot: Ningún poeta, ningún artista posee la totalidad de su significado… no debería ser valorado en sí mismo… Se le debe ubicar entre los muertos.
¡Larga vida a los nuestros!
Talulla Flores es poeta, ensayista, traductora. Adelantó estudios de Lingüística en la Universidad Popular de Bucarest, Rumania. Es licenciada en Educación de la Universidad Javeriana y Especialista en Pedagogía de la Lengua de la Universidad El Bosque de Bogotá. Tiene una Maestría en Estudios Multidisciplinarios de Buffalo, New York State University. Cofundadora y subdirectora de PoeMaRío y miembro del Comité Editorial de la revista víacuarenta.











